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domingo, 21 de junio de 2026

Rothenberg y Nauman

Susan Rothenberg y Bruce Nauman son mi pareja favorita del mundo del arte.  Tienen algo muy difícil,  en mi opinión.  Ninguno de los dos ha fagocitado artísticamente al otro. 


Admiré mucho a Nauman,  y lo sigo admirando.  La obra de Rothenberg me ha entrado poco a poco. Yo me aficioné a la pintura que derivaba de la fotografía.  Rothenberg parecía quedar anclada en los expresionismos de los ochenta. Poco a poco se ha hecho evidente su alcance conceptual y, digamos,  metafísico. Algunos de sus dibujos y cuadros parecen una versión pictórica de las instalaciones de Nauman. Fragmentos de cuerpos de humanos o animales en disposiciones que parecen evocar extraños rituales.  Como las pirámides o ruedas de animales de Nauman. 


¿Fue Rothenberg la inductora de la obra de Nauman o, al contrario,  fue Nauman inspirador de los cuadros de su mujer? En otra época,  el hecho de que Rothenberg usara pintura al óleo quizá pareciese retrógrado o excesivamente tradicionalista.  Hoy ya da un poco igual.  Su escueta narrativa casa perfectamente con la histeria conceptual de su compañero. Flexiones y gestos geométricos. Extrañas gimnasias que parecen querer medir el espacio que las circunda. 


Mujer menuda,  no quiso adscribirse al gesto poderoso y rotundo,  de brocha gorda, de alguno de sus contemporáneos. Prefirió el pincel nervioso e insistente,  que otorga ese aspecto trémulo a sus composiciones. 


He encontrado alguna fotografía de la pareja,  pero muy poca información de su relación personal.  ¿Cómo fueron? Que se deduzca cualquier cosa de la relación complementaria de la obra que han dejado...







domingo, 31 de mayo de 2026

Benito y la sala vip

Antiguamente había una diferenciación entre las intenciones mercantiles y la integridad. Esto es, se entendía como poco íntegro declarar la necesidad de vender lo que uno hace (con una intención expresiva). Esta fórmula procedía,  sin duda, del romanticismo. 


Hay que entender el avance del mercado,  que apenas deja un reducto para cualquier intención crítica.  Fundamentalmente a partir de la consolidación de internet y las redes sociales como espacio cultural.  Una cultura filtrada por las redes sociales se difunde anestesiada,  desprovista de la antigua dicotomía.  Ya no hay mercado versus arte. Quizá se haya visto demasiado el arte corromperse. Las aspiraciones de integridad se perciben como ingenuas,  bajo capas de ironía.  Las experiencias minoritarias se ven como un fracaso. 


Para mí resulta curioso.  Por un lado se han derribado las barreras que separaban al público de sus ídolos.  Por otro lado se han potenciado las manipulaciones mercantiles; hasta el punto de que cualquier cosa que se difunde parece formar parte de una estrategia publicitaria.  


Bad Bunny,  Benito, vende hasta cuando duerme.  A veces, parece liderar una revolución latina,  enfrentándose al poder norteamericano en el feudo de la final de la Súper Bowl. Pero,  también,  se le ve codearse con naturalidad con la pléyade de multimillonarios del mundo del espectáculo invitados por el dueño de Amazon, en una fiesta a puerta cerrada en el Museo Metropolitano de Nueva York.  Benito es así.  Puede pasar de la intimidad de un vídeo que parece grabado en su cuarto de baño con un teléfono móvil al lujo más suntuoso, en un santiamén.  Y todo parece formar parte del mismo proyecto. 


Bad Bunny es al mismo tiempo Bob Marley y Michael Jackson.  Es decir, el puertorriqueño se ve capaz de aunar el aliento redentor de Rubén Blades y la experimentación formal de, digamos, Aphex Twin. Tranquilamente.  


En otra época el éxito popular y mercantil tensionaba al individuo,  hasta el punto de necesitar sumergirse en adicciones y aditamentos.  Benito ha integrado el disfraz en su naturaleza.  Puede aparecer bajo cualquier apariencia. Bad Bunny es en estos momentos el perfecto producto capitalista,  del capitalismo global.  Puede serlo todo,  puede significar cualquier cosa.


En sus conciertos, sin embargo,  se apunta un resquicio de lo que, quizá,  sea en un futuro su decadencia.  Como todo espectáculo multitudinario en sus conciertos en directo hay una zona vip,  para gente pudiente.  No obstante,  Bad Bunny ha tenido una ocurrencia warholiana.  Ha integrado a los vip en el espectáculo.  Construyendo una caseta donde exhibir a los personajes vip (futbolistas, actrices, influencers) disfrutando del espectáculo.  El vip, antes oculto,  cómodo,  en un reservado que protegía su privacidad,  ahora baila y disfruta a la vista del público.  Hasta el punto de que parte del público prefiere presenciar a los vip bailando,  haciendo recuento de celebridades, que disfrutar de un concierto incómodo,  con Benito haciendo piruetas para llegar a todos los puntos de un escenario abierto. 


Alguna vez he entendido en Andy Warhol esa fascinación por la celebridad como una debilidad, como parte de su decadencia.  El camino de The Velvet Underground hasta Elizabeth Taylor acababa en Elizabeth Taylor.  Quizá a Benito le esté ocurriendo lo mismo. 


No sé  si se puede ser del pueblo y de la élite al mismo tiempo.  Popular y experimental.  Revolucionario y capitalista.  No sé si es posible aceptar sin problemas todas las contradicciones posibles.  El inconveniente,  quizá,  es la falta de inconveniente.  En los ídolos de antaño uno podía adivinar, como espectador,  las tensiones que se producían en la persona. El peso de sus máscaras.  Esas tensiones llenaban al personaje de significados. 


¿Qué puede haber en una naturalidad sin límites sino la ausencia de significado? ¿Es Bad Bunny un misterio o solamente una broma? Me temo que,  generacionalmente, yo no estoy capacitado para comprenderlo.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Valcarcel Medida y Albert Serra

Valcarcel Medina es de los que rechazan las formas tradicionales de expresión artística.  Yo diría que no tanto por una razón ideológica sino generacional.  Podrá hacer cualquier cosa en un espacio expositivo excepto utilizar pigmento y aglutinante sobre una superficie plana.  Generalmente la expresión de su idea se produce mediante tinta o lápiz sobre papel.  Bajo la idea del proyecto ingenieril.  En sus entrevistas Valcarcel Medina dice que el motor de sus realizaciones es la idea de progreso.  Esto es, llevar a cabo,  todavía,  lo no hecho. En ese sentido,  tiene un punto de ingenuidad que remite a la época moderna.  Es un Duchamp en precario.  Aunque a mí me recuerda más,  por el lado místico y porque no siendo músico lo entiendo musical,  a John Cage. 

El cineasta Albert Serra no tiene problemas con la tradición.  El cine, en general,  no tiene problemas con la tradición.  Porque el cine es fotografía y la fotografía es pintura. Para mí la culminación de todo lo logrado por Albert Serra esta en Pacifiction.  No he escuchado demasiado hablar a Serra.  Su estampa remite,  en cierto sentido,  a determinado perfil catalán muy en la línea de Salvador Dalí.  Si hay algo de modernidad en Serra es una modernidad daliniana.  Retorcida y cínica.  Como si solamente creyera en la perversión del ser humano y armase su discurso en la contemplación de esta forma de relación basada en el engaño y la corrupción.  

Valcarcel Medina es un creador limpio.  Albert Serra encuentra su arte en la corrupción del espíritu. 

lunes, 27 de abril de 2026

Bruce Nauman y Michel Stipe

Michael Stipe estrena canción y anuncia un álbum en solitario.  ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años? Me siento tan abandonado por el mundo de la cultura popular que he acogido la noticia con un halo de esperanza.  Geese,  la última banda por la que me he interesado, ahora resulta ser fruto de una gigantesca operación de marketing en redes sociales,  amplificada mediante bots y mierdas de esas.  ¿Dónde ha ido a parar la honestidad de la gente? ¿Fueron mis viejos ídolos populares aupados a la fama por medios precarios gente honesta? ¿Mantiene el hoy barbudo y envejecido Stipe algo de la integridad que le atribuí en otro tiempo?

Encontrar esta noticia sobre Michael Stipe me ha llevado, no sé por qué,  a buscar cosas sobre Bruce Nauman en YouTube.  Hacía mucho tiempo que no me interesaba por la obra de este escultor,  que me fascinaba décadas atrás.  Encuentro entrevistas de un Nauman octogenario,  con un aspecto físico que apenas recuerda al de sus acciones grabadas en vídeo más famosas.  En una charla con el pintor Eric Fischl explica sus últimas performances. Tanteos en la geometría del suelo de su propio estudio muy parecidos a los que hiciera en los años sesenta del siglo pasado; sin embargo,  esta vez apoyado en una silla y ayudado por una persona para mantener el equilibrio. La dificultad,  si cabe, lo hace más árido o categórico.  Está claro que ya no hace lo que hace por la atención que suscita.  Sino por una especie de inercia que lo obliga a continuar,  a pesar de la dificultad o de la decrepitud. 

Al escuchar y ver a Nauman pienso que el artista americano es, en cierto modo,  el mismo tipo de persona que debía ser el escritor Samuel Beckett. Casi resulta un milagro que todavía haya alguien así,  tan, digamos, fuera de lo contingente del ser humano y, por tanto, todavía sumergido en una especie de histeria metafísica.  Repasando la obra de Nauman me parece aún una obra nuclear y poderosa. Preocupada por recoger con desesperación lo esencial que queda del ser humano.  Si es que al ser humano le queda algo esencial. 

Nauman permite que haya estudiantes que le hagan preguntas.  Se le pregunta por qué vive desde hace años aislado en Nuevo México,  lejos de los grandes centros artísticos de Los Ángeles o Nueva York. Estoy bien allí,  dice.  Beckett no hubiera sido más escueto...

martes, 24 de marzo de 2026

Isabel Coixet y el sufrimiento real

Jorge Baron Biza escribió una única novela sobre un suceso espeluznante.  Su padre desfiguró el rostro de su madre y él, el hijo,  la acompañó a ella en el proceso de recuperación y reconstrucción del rostro.  Este suceso real contiene multitud de implicaciones simbólicas.  Multitud de significados,  en sí,  y por la intervención del hijo.  Más  allá de preguntarse uno a sí  mismo qué soy yo,  nacido de ese padre que ha cometido ese acto horrible contra una persona,  mi madre, a la que supuestamente amó. La novela se titula El desierto y su semilla. No hubo otra novela; allí está todo.  Al poco de ser publicada,  el autor se suicidó. 


Este tipo de historias,  a mi modo de ver, este tipo de desgracias que le enfrentan a uno con los límites,  están en la órbita que la cineasta Isabel Coixet maneja en la ficción.  En problema es que en la ficción suelen verse las costuras,  el engranaje teledirigido a la representación del sufrimiento.  Pasa como con Tarantino y la violencia.  El americano convierte la violencia en un chiste,  un golpe gracioso.  La catalana convierte el sufrimiento en un artificio,  una elucubración. Generalmente ha sido así en sus películas.  Sin embargo,  en esta última,  titulada Tres adioses, hay algo que me ha convencido.  La banda sonora no es especialmente molona.  La protagonista no baila ni dice chorradas queriendo aparentar trascendencia.  ¿Qué ha sido esta vez? ¿Quizá la historia original,  escrita por una persona que vivió de primera mano lo narrado?

Michela Murgia. Me apunto el nombre. 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Trump y la amabilidad

El mundo es atroz.  Dejamos pasar las atrocidades por delante nuestro.  Como mucho,  organizamos uno y otro aspavientos. ¿Qué puede hacerse? ¿Contemplarlo con pavor? Las atrocidades del mundo penetran en las grietas de lo cotidiano.  Empañan la mirada de la gente. El fascismo es una marca de refrescos y un modelo de zapatillas deportivas.  Son las salidas nocturnas. Los correos electrónicos.  Lo llaman ahora plataformas televisivas.  Reels en Instagram.  Toda esa densa red de actitudes.  De ironías sobre lo real.  Va calando.  Nos hace ver lo nunca visto como una novedad atrevida.  Asentir sin quererlo.  Hasta caer atrapado.  


Qué pasa.  No pasa nada. Uno sale a la palestra y declara que la educación no es un derecho.  Por qué no. Porque vale dinero.  Y ya está.  Necesitamos Groenlandia.  Por dónde lo cogemos.  La Nueva Gaza de Trump es un proyecto tan descabellado que podría parecer una parodia.  Se llevará a cabo y nos acostumbraremos a ello.  Como nos acostumbramos a las películas de superhéroes y a los videojuegos.  Al lento fragor de las benzodiazepinas y al sigilo de los automóviles eléctricos.  Al diminuto teclado de los teléfonos móviles y a la imagen perdida de familiares nuestros en la pantallita del WhatsApp.  


Qué se esta fraguando.  Qué está aún por llegar.  Qué nueva atrocidad será justificada de una manera aún más descabellada.  Qué nuevos descaros serán interpretados delante nuestro,  como un teatro vulgar,  inmune al sufrimiento humano. Sin que sepamos cómo reaccionar. 


El mundo es atroz y está gobernado por psicópatas. La violencia se ha instalado en nuestras casas.  En el lenguaje que empleamos.  En los horarios laborales.  En la premura de unas próximas vacaciones. El signo es la violencia y nuestro destino el sometimiento. 


A partir de entonces,  no deseo nada más que una pizca de amabilidad como forma de resistencia en contra del mundo.  Irme tranquilamente a la mierda. 

domingo, 11 de enero de 2026

Tolkien y el mundo natural

Hace tiempo rechacé un libro porque hacía mención a El señor de los anillos. De la aversión que el mundo literario de Tolkien me generaba.  Toda esa fantasía de seres simpatiquetes, con orejitas puntiagudas,  magos fumando en pipa y mandangas.  En aquel libro un editor leía a su madre enferma las novelas que, según él,  conformaban el Club de lectura del final de tu vida.  Entre esos últimos libros figuraban numerosos clásicos indiscutibles,  del llamado canon occidental,  y El señor de los anillos.  ¿Cómo podía pertenecer a esa selección de lecturas terminales semejante bodrio infantil?


En general he rechazado siempre la fantasía.  La imaginación,  quizá.  Desconfiando de todo aquello que me alejase de un análisis más o menos idiota de lo cotidiano.  


No obstante,  y a pesar de ello, siempre he sentido cierto apego por un subgénero de la fantasía,  que es el que se refiere a las fantasías generadas por lo tecnológico; es decir, la ciencia ficción.  Philip K. Dick sí,  Tolkien no.  


En la ciencia ficción hay a veces paranoias producidas muy consecuentemente por el capitalismo; otras veces, hay sublimación de lo que el mercado capitalista,  tecnológico por definición,  viene a traer.  Con el tiempo he aprendido a despreciar toda esa fascinación que producen las utopías del mundo tecnológico. 


Ha tenido que venir el pequeño V, con sus ansias lectoras de fantasías literarias,  para hacerme ver que quizá las elucubraciones de Tolkien no son en ningún modo despreciables.  Ya tuve un aviso de lo idiota que puedo llegar a ser cuando me enfrenté a la incursión en el género fantástico de una escritora realista,  Ana María Matute en Olvidado rey Gudú. O cuando,  a través de la ciencia ficción,  pude comprobar cómo Ursula K. Le Guin la trascendió en obras fundamentales como Los desposeídos o La mano izquierda de la oscuridad. 


No me he enfrentado aún a El señor de los anillos.  Le he regalado a V una edición de lujo,  con reproducciones de dibujos del propio Tolkien.  Sí he visto la trilogía cinematográfica de Peter Jackson.  La historia comienza con un grupo multirracial (hobbits, elfos, enanos) poniéndose de acuerdo para destruir una herramienta que permite concentrar y acaparar el poder del mundo.  La idea no puede ser más inspiradora.  


Al parecer,  Tolkien era católico y tradicionalista.  (En un país anglicano.  Nunca he percibido el orgullo de la religión católica como cuando viajé a Irlanda.) Como su amigo Chesterton,  que parecía insistir en la fe católica como una forma de polemizar y hacer la contraria. 


V también es aficionado a la mitología griega y romana.  No obstante,  el imaginario de Tolkien mira a la tradición nórdica,  según parece.  Los mitos grecolatinos intentan explicar el cosmos,  los elementos,  el origen de las cosas. El imaginario de Tolkien, en su reinterpretación de figuras nórdicas,  se pliega en una especie de microcosmos,  que no interpreta sino que convive con el mundo natural.  Los figurantes de Tolkien son una emanación de la naturaleza.  Y su imaginario inventa formas de organización social totalmente dependientes e integradas en el mundo natural. En ese sentido,  creo que su ficción es profundamente valiosa.


Las películas de Peter Jackson caen a menudo en la pirotecnia del último cine hollywoodiense. Supongo que la inversión económica que requieren exige una equiparación con franquicias cinematográfica y blokbusters del estilo de Star Wars o Harry Potter.  A mí la serie de Peter Jackson me gusta por comparación con Star Wars.  Hay una encarnación del mal que combatir,  igualmente,  pero el trayecto pedestre de Frodo a través de la floresta de bosques y montañas me parece mucho más agradable.  


Hay quien ha llegado a interpretar que Tolkien,  en el fondo, está queriendo hablar de sucesos y avatares de la primera Gran Guerra.  No lo sé.  Mi incultura es aquí una traba para dilucidarlo.  


No obstante,  los que leen el libro dicen que la obra literaria contiene mucha menos acción que las películas.  El libro, al parecer,  es fundamentalmente descriptivo.  Lo que supone un dato a su favor. 


Libro y películas se oponen al horror y a la ambición territorial.  Un tema que en estos momentos,  desgraciadamente,  está muy de actualidad.  Puede parecer maniqueo.  Pero ya llevamos mucho tiempo en que las ficciones más populares (series en plataformas televisivas,  blookbusters), por no parecer maniqueas, caen en ambigüedades verdaderamente perniciosas,  convenciendo al personal de que ser un asesino puede resultar simpático o medrar para hacer fortuna es un acto poético. No está mal, de vez en cuando, tener claro de qué lado está la luz y de qué lado la sombra, dónde puede uno encontrar el bien y dónde encontrar el mal,  la concordia y el horror.  Quizá así nadie se permita defender un genocidio sin que se le caiga la cara de vergüenza. O los delirios de grandeza de un dirigente de un país invasor como si se tratara de las gracietas de un clown en un espectáculo circense. Como si nada de ello tuviese una trascendencia moral. 

sábado, 27 de diciembre de 2025

Harry Bosch y Renée Ballard

Michael Connelly es, probablemente,  el mayor autor de novela negra de los últimos años. Un escritor de estilo sencillo y naturalista,  de hechuras clásicas. Demasiado prolífico,  quizá.  Pero con buen instinto para la verosimilitud en sus ficciones. La novela negra sigue siendo, desde sus inicios,  el mejor escenario para radiografiar los defectos de lo social,  las trampas del sistema, sus excesos y oscuridades.


El detective Hieronymus Bosch tiene como modelo,  como es evidente, al Philip Marlowe de Raymond Chandler. No obstante,  a qué viene citar el nombre de un reconocido pintor flamenco. En mi opinión,  Connelly intensifica a Philip Marlowe,  lo barroquiza y, tal vez, lo convierte, encarnado en Harry Bosch, en un moralista mayor.  El detective Bosch,  desde su atalaya en una colina,  divisa toda la ciudad de Los Angeles, como un súper héroe de corte realista.  Su labor es discernir el bien y el mal,  la luz y la oscuridad. A menudo se impregna de lo malo, se ensombrece.  Afectado por la barbarie,  muchas veces parece actuar como venganza. ¿A qué se puede parecer el escenario de un crimen si no a la oscura fantasía del moralista pintor flamenco?


La referencia ineludible aparece en la fiscal Honey Chandler. La implacable abogada apodada "Dinero".


Renée Ballard aparece como contrapunto a Bosch.  Él es rudo y huidizo,  vive en lo alto de una colina,  observándolo todo "a vuelo a pájaro". Ella es delicada, pero igualmente tormentosa.  Vive,  al contrario,  junto al mar. ¿Es la detective Ballard un nuevo homenaje de Connelly,  esta vez al escritor J. G. Ballard? Al fin y al cabo J. G. Ballard es un moderno El Bosco, un moralista nuevo, de todo el aparataje moderno: las catástrofes naturales y los accidentes aéreos,  los males de la velocidad y las taras de los sueños científicos.  Es conocido que Ballard adoraba el surrealismo y no es descabellado pensar su afinidad por las fantasías de El Bosco.  ¿Qué representa,  por tanto, la detective Ballard en el universo policial creado por Michael Connelly? ¿Será una especie de actualización en clave femenina del moralista Connelly? ¿Se cansó Connelly de representarse como el duro y amargado Philip Marlowe?

martes, 9 de diciembre de 2025

Jandek y The Residents

Un artículo en algún diario online que todavía ofrece literatura gratuita advierte de la homogeneización de la crítica cultural.  No hay independencia,  no existe apenas el disenso. Al contrario,  existe una mena de consenso mundial en torno a productos como Lux, de Rosalía,  o Sirat,  de Oliver Laxe. 


Si la crítica ha perdido vigencia y sentido (crítico), el gusto de la gente viene determinado por el artilugio,  la máquina,  el algoritmo.  ¿Cómo conformarse con ello? Al adolescente que tengo en casa le cuesta entender que haya habido otra cosa. El algoritmo le manda canciones y él las consume, sin más.  


Buscaba yo las cosas de un músico antiguo,  Jandek.  Y tras la segunda tonadilla, el algoritmo me envía un resorte estruendoso del grupo musical The Residents.  Qué tendrá que ver Jandek con The Residents.  Quisiera ponerle cara al algoritmo para poder preguntarle qué asociación de ideas le ha llevado de uno a lo otro,  por qué se le ha ocurrido esta recomendación.  ¿Es por el anonimato de los músicos? ¿Han compartido una época,  un ambiente musical? ¿Han coincidido en algún concierto?


Pero el algoritmo calla. Va a la suya.  Impone un criterio que a veces es obvio,  a veces misterioso.  Como en una cárcel,  uno no puede dejar de imaginar alguna maniobra para poder escapar. 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Kathy Acker y el aborto

Un aborto es un rechazo,  bueno es saberlo.  También puede entenderse como desvío o deformidad.  Valga deformidad como desvío de la forma. 

En estos tiempos nos hace falta Kathy Acker.  Más allá de la lectura coyuntural de sus ficciones.  Del mismo modo diría que nos hace falta Thomas Bernhard,  más allá de sus diatribas contra el nacionalismo austriaco. 

Bernhard era culterano.  Acker prefería estereotipos mundanos.  Ambos pueden servirnos de guía,  aún ahora,  para identificar  y deshacernos de las estructuras del deseo,  que nos atenazan desde las atalayas del poder más infame. 

El aborto es, según Acker, una imagen detestable del amor.  No amarás,  dice Acker.  

No obstante,  frente a estos dos modelos. Acker, Bernhard.  ¿Cómo esquivar la más pura misantropía?

domingo, 9 de noviembre de 2025

Rosalía y BB Trickz

No entiendes el mundo, amigo. Te sorprende, para mal, lo que va llegando.  Sexo cuqui,  sexo de usar y tirar, sin significado, banal como una hamburguesa con cebolla caramelizada.  Ya el perreo del reguetón te hizo sentir viejo.  Ahora viene esa tal BB Trickz y dice que tiene el toto limpiecito y ya.  A dónde va a parar todo esto.  Darte un paseo por Instagram te hace añorar el celibato.  No era esto la revolución sexual. 

Entonces llega Rosalía y dice que se ha pasado años leyendo hagiografías de santas y ya. Uno nunca hubiera supuesto que el nombre de Simone Weil sirviera para apuntalar un hit de la música popular globalizada.  Aquella anarquista que hizo voto de pobreza y vio en la idea de lo religioso una forma de oponerse a la explotación capitalista. También la Santa de la columna Durruti ha sido engullida por la gran maquinaria del dinero. Aquí todo vale para seguir trincando,  una cosa y la contraria. 

martes, 30 de septiembre de 2025

La lectura y la soledad

Hay por ahí un amigo con el que comento, a veces, algunas lecturas.  Él se empeña en compartir libros,  no siempre a posteriori,  sino como lectura programada.  Leamos el mismo libro, casi al mismo tiempo,  y comentemos lo que leemos mientras lo vamos leyendo. Como un club de lectura. Incluye a otros alguna vez. Lectura en grupo. No suele funcionar,  al menos no conmigo.  Lectores que se descabalgan de una lectura que consideran aburrida. Diversas velocidades lectoras que dificultan comentar en tiempo real lo que se va leyendo.  Ya llegarás,  dice el más rápido. La cuestión es no sentirse solo,  pensando que eso que lees solamente te interesa a ti. 


Mi hijo pequeño es lector (todavía,  hasta que el teléfono móvil haga estragos en él). Le gusta el género fantástico.  Quise leer con él El Hobbit. Para acompañarlo.  Pero no me atreví y ahora ya se lo está acabando. Nunca he hecho nada para que él lea.  Sin embargo,  milagrosamente,  le gusta leer.


Al contrario,  con mi hijo mayor hice esfuerzos por que se aficionara a leer. Leí con él de pequeño.  Le leí cosas antes de dormir.  Luego, más mayor, le obligué a leerse al menos un par de libros en verano.  Supervisé sus lecturas,  busqué lecturas entretenidas que le enganchasen a leer. Supongo que mi insistencia acabó por hacerle odiar la lectura y los libros. Aún más cuando cayó preso de las redes sociales y las micronarrativas audiovisuales vía tiktok. Leer, así en general,  es aburrido para él. No creo que deje de serlo en adelante. 


Encontré un fragmento de una entrevista al escritor David Foster Wallace.  El escritor dice que conoce gente muy inteligente que no lee; busca una explicación para ello: leer les hace sentirse solos.  La lectura es una relación muy extraña con alguien que, habitualmente,  en la mayoría de mis lecturas,  ha muerto.  Se parece a visitar un museo.  En cierto sentido, te distancia de la vida.  Te aleja de la gente. 


A mí me importa poco todo ello. Voy a seguir leyendo en soledad,  eligiendo la siguiente lectura según mi propio criterio,  a menudo equivocado.  No preciso sociedades lectoras.  Pero me ha gustado encontrar esa reflexión del escritor Foster Wallace sobre la lectura y la soledad.  He creído entender a mi hijo,  el que no lee, el que no desea sentirse solo. 

martes, 19 de agosto de 2025

Las artes y la libertad

En occidente las artes se tienen como el epítome de la libertad.  El genio artístico indaga para desmarcarse de la reiteración. Hay toda una tradición del experimento formalista, espeleología del extrañamiento, éxtasis colorista.  La diáspora de la libertad vende discos, dibujos, películas,  chistes, memes,  provocaciones varias. La libertad contra lo establecido, como bandera, como máscara y pose. Sin embargo,  cuando el poder aprieta el nudo a muchos adalides de la libertad les cuesta significarse en contra de la barbarie.  No vaya a ser que se seque el chorro del negocio. 

miércoles, 14 de mayo de 2025

Michael Andrews y Robert Walser

Llevo años indagando sobre quién podría ocupar el lugar de Robert Walser en el mundo de la pintura (el mundo de la pintura escindido del arte). Porque quién era Walser sino alguien que pretendió pasar por la vida sin que nadie lo advirtiera, como si no hubiera tenido existencia.  Articuló su paso por el mundo como un recurso contemplativo. Su no participación era un método de escritura. Si no era nadie podría verlo todo,  sentirlo todo, registrarlo todo, esto es, escribirlo todo. Si no era nadie podría establecer distancia con todo. 

Michael Andrews resulta un personaje difícil de conocer.  A pesar de que en algunas fotografías aparece rodeado de personas ilustres, como Francis Bacon o Lucian Freud, o Frank Auerbach. Se le pasa por alto,  como si su imagen hubiese sido difuminada.  Como si no quisiera estar ahí.  Andrews presenta siempre un aspecto etéreo.  Natural, no incómodo,  pero sí anodino.  Su presencia en la imagen parece un asunto superfluo; podría no estar y no pasaría nada. Los demás,  Bacon, Freud, reivindican su lugar,  con fuerza, muestran su singularidad con arrogancia.  Qué le puede quedar a Andrews.  Ni siquiera sus cuadros expresan deseo alguno de destacar.  Son descuidados y realistas,  cotidianos,  a menudo tan anodinos como él mismo. 

Los adolescentes llaman a este tipo de personajes npc.  (Non playing character.) En relación a los personajes que aparecen en los videojuegos casi de atrezzo,  sin intervenir en el juego.  Llamar a un niño npc es un insulto; al fin y al cabo están siendo educados por las redes sociales para estar llamando la atención todo el tiempo. 

Walser y Andrews son npcs perdidos ya en otras épocas.  Con aventuras vitales consistentes en adelgazar su existencia para,  agazapados en ningún sitio,  sin ningún protagonismo,  tener el privilegio de observar. 




martes, 13 de mayo de 2025

Catherine Millet y Bonnie Blue

Probablemente siempre habrá esa pugna entre mujeres y hombres,  aunque se logre que desaparezcan las situaciones de maltrato. Aunque ya no haya odio entre algunos y algunas.  Siempre habrá eso nuestro y eso suyo. 

Se habla, quizá con razón,  del fin del intelectual blanco, occidental y heterosexual.  Ya no tiene nada que decir un individuo así.  Ya se ha ido mucho de putas y ya se ha emborrachado demasiado. Ha explorado ya todas sus aristas, aunque aún pretendan mantener su hegemonía a golpe de reel,  los Llados del mundo.

Siempre me da la impresión de que lo que sucede en corrillos intelectuales acaba por popularizarse,  de una manera más o menos burda. Cuando Catherine Millet publicó sus hazañas sexuales me dio cierto pudor leer algunas cosas,  como una escena en que Millet se entrega a una horda de camioneros.  Por qué lo hacía.  Yo no podía dejar de pensar que el provecho era de ellos,  que eran ellos quienes se servían de ella y no al revés.  Poco sé de la sexualidad femenina,  a pesar que unas poca mujeres hayan tenido a bien compartir la suya conmigo. 

Bonnie Blue es una usuaria de Only Fans,  la red social de contenido adulto,  que se ha hecho famosa por acostarse con 1000 hombres en un día.  Lo que deja en nada la aventura de Catherine Millet con sus camioneros. Como no estoy suscrito,  yo solamente he podido ver imágenes de las largas filas de hombres enmascarados que esperaban pasar a follarse a Bonnie Blue.  La chica dice gustar de dar uso a todos sus agujeros.  Dice que con esta acción pretende reivindicar una capacidad, una voracidad,  muy superior a la de cualquier hombre. 

Ya está bien de hazañas -físicas- masculinas.  Más allá hay un territorio,  una frontera,  en la que ningún macho va a poder adentrarse. 


sábado, 22 de marzo de 2025

La profesora y dos buenas alumnas

Los últimos años uno está  viendo un incremento preocupante de bajas por depresión.  Quizá uno es más consciente,  hay más atención.  También hay más presión.  Todo el mundo se lava las manos; administración,  familias.  La responsabilidad y la culpa del problema,  el fracaso de la educación,  recae inexorablemente en el profesor. 


La antigua libertad de cátedra se ha diluido.  Instalándose una programación teledirigida; destinada, en mi opinión,  a ejercer el control,  esto es, a que el profesional de la enseñanza se sienta controlado. La burocracia se extiende cada curso un grado más,  hasta el punto de tener que levantar acta de una simple reunión con una madre o un padre,  para hablar de cómo su hijo se saca los mocos en clase. 


Digo yo si todas esta dificultades e insatisfacciones tienen que ver con el aumento en la depresión del profesorado. En el trato con el alumno cada vez se producen más fricciones,  cada vez más violentas.  El nivel de exigencia cada vez más bajo.  Y las familias,  cada vez más alerta reivindicando las necesidades y derechos de los alumnos,  no tan dispuestas a incidir en sus obligaciones. No es difícil encontrar entre el profesorado individuos con baja autoestima,  cansados,  haciendo equilibrios frente a un sistema (educativo) que se sirve de ellos para perpetuar los intereses del sistema (social, económico) acercando la educación al entretenimiento y lejos de cualquier conflicto  (político) que suponga el levantamiento de las sensibilidades particulares.  Cada vez me encuentro más compañeros que lo que dicen, en todo momento,  es: no quiero tener problemas.  Condicionando la práctica docente según esta máxima: evitar problemas,  con las familias,  con la administración,  con lo alumnos. 


Conocí a Dolores porque vino a sustituir a una compañera que se jubilaba.  Dolores parecía una persona alegre,  de cierta edad,  supuestamente con experiencia.  Interina,  sin embargo.  Me contó que había trabajado hasta hace poco en la concertada.  La llevé un par de semanas yo a su casa,  en mi coche,  pues el suyo estaba averiado,  no vive lejos de donde yo vivo,  y nuestros horarios coinciden.  


Descubro en esos viajes en coche varias coincidencias.  En el colegio concertado donde trabajó trabaja un compañero y amigo mío de universidad que, para colmo,  es el director. Dolores no tenía una buena opinión de mi amigo. Pero no solamente eso.  Su mejor amiga,  de la infancia,  se fue a trabajar a Mallorca y allí se quedó.  Su amiga coincidió conmigo en la isla,  hace ya veinte años,  y formaba parte del grupo de compañeros y compañeras con quienes yo salía,  entonces,  los fines de semana en Palma de Mallorca.  Gracias a Dolores recupero el contacto con mi amiga, que me manda por foto la imagen de uno de mis cuadros,  que le regalé y yo había olvidado,  que todavía cuelga de una de las paredes de su casa en Mallorca. 


El buen talante y carácter de Dolores me hace pensar que le debe ir bien.  Sólo recuerdo un comentario que me pareció extraño.  Dolores dijo,  en un momento determinado,  que ella preferiría dar clase en segundo de ESO,  y no tanto en cuarto.  Segundo es mi nivel favorito.  Entonces me pareció una excentricidad. 


Dolores era profesora de castellano en un grupo de cuarto.  De pronto,  deja de venir.  Pregunto a la directiva y me cuentan: otra baja por depresión.  Dolores no contesta a mensajes o llamadas de teléfono. 


Este curso no doy clases a alumnos de cuarto.  Pero mi compañera de departamento falta una semana y la sustituyo en una de sus clases.  Me encuentro allí a un par de exalumnas,  alumnas que tuve el curso anterior.  Buenas alumnas,  educadas, aplicadas, trabajadoras.  Me paso la sesión hablando con ellas.  Por casualidad,  me cuentan un problema que habían tenido con Dolores,  según ellas el detonante de que la profesora estuviera hoy de baja por depresión.  No puedo dar crédito a lo que estoy oyendo.  Lo cuentan con regocijo,  como si hubiera sido un juego para ellas derribar a la profesora.  Poniendo en cuestión sistemáticamente y sin motivo razonable todo lo que la profesora decía en clase (como ejemplo, llegaron a quejarse de que la profesora utilizase siglas,  CD, CI, para referirse a los complementos del verbo, en lugar de escribir la referencia completa,  ¿cómo voy a saber yo que CI es complemento indirecto?, decía una de ellas,  alumna de cuarto de ESO)... Trato de hacerles una pequeña,  mínima,  reflexión: ¿os parece bien haber jugado así con una persona que lo único que pretende es ejercer,  mejor o peor,  su trabajo?


En una cena con algunos compañeros,  en las copas, soy testigo de la declaración orgullosa de una profesora, parte del equipo directivo,  que alude a que No todos los que entran a trabajar en la enseñanza tienen las cualidades necesarias para ejercer este trabajo.  Y cita nombres de compañeros y compañeras que ella sabe,  como miembro del equipo directivo,  que tienen problemas.  Rubrica su opinión con una comparación nefasta: Yo, que soy fea y bajita,  no podría trabajar de modelo... A lo que se me ocurre añadir (por sentirme del lado de los agraviados): El problema de que tú no puedas trabajar de modelo no es tuyo,  es de la sociedad... Mi comentario queda diluido entre bromas y chistes. No tiene ningún calado. 


Ha acabado la segunda evaluación y he tenido un par de correos de padres quejándose de mis calificaciones.  No puedo evitar que se dispare la alarma.  Cómo evitar tener problemas.  Qué hacer para mantener la autoestima a flote.  Si soy feo y bajito,  por qué me metí a trabajar en esto...

martes, 18 de marzo de 2025

Desmaterialidad

Cuando éramos pequeños el dadaísmo y el arte conceptual reaccionaban contra el mercantilismo del objeto artístico,  negando su materialidad.  Esto era bueno como argumento.  La materialidad de las cosas como elemento de consumo.  Hacer de lo performativo una obra artística. (Ya se encargaría el mercado de pervertir esta idea,  hasta el punto de vender como antes se vendieron cuadros y esculturas,  por ejemplo,  un plátano pegado a una pared con cinta adhesiva.)


En mi opinion,  lo que inicialmente se pone en marcha dentro de una minoría elitista, más tarde acaba contaminando el tejido social.  


La desmaterialización ha acabado con la industria discográfica.  Y con la manera de consumir y entender la música popular.  Como consecuencia,  se produce el monopolio de las plataformas de streaming,  y un desprecio en mi opinión por el trabajo de los músicos,  puesto en circulación sin rédito alguno.  


Que la música deje de ser un producto comercial no sería mala idea,  si no fuera porque el beneficio de su difusión se lo llevan,  casi en exclusiva,  las plataformas.  


Algo parecido esta sucediendo con el cine,  a mi modo de ver, siendo su desmaterialización el vaciado y la decadencia de las salas donde, otrora,  se solía consumir.  Sin la experiencia del cine en una sala oscura,  junto a otros muchos espectadores,  el monopolio pasa a las plataformas. 


A nosotros nos gusta viajar.  También en la cultura del viaje se produce un proceso de desmaterialización.  Antes uno iba a un hotel o un hostal,  regentado por personas.  En la cultura del viaje el hotel era como las salas de cine.  El hotel era el dispositivo que permitía materializar el viaje.  


Ahora te alojas en una habitación camuflada en una casa particular.  Para colmo,  en nuestro más reciente viaje,  ni siquiera hemos tratado con una persona que nos haya explicado el uso de las instalaciones en las que alojarnos,  o sus accesos.  Nos hemos tenido que descargar un tutorial,  lo hemos estudiado como buenamente podíamos,  y a través de una aplicación (nada de llaves o tarjetas), las puertas del inmueble se abrían para nosotros. 


En caso de haber algún problema,  a quién acudir. 


¿Para cuándo la desmaterialización de la enseñanza?


Vaya mundo,  concluimos. ¡Menos mal que ya no nos queda mucho de estar en él!

martes, 4 de marzo de 2025

John Currin y Odd Nerdrum



Odd Nerdrum es un pintor noruego con un ego enorme, tanto como su nostalgia de la tradición de la pintura barroca europea. Ha formado una especie de escuela taller en la que obliga a sus seguidores a reproducir con extraordinaria precisión sus modos de hacer y a llevar un estilo de vida ludita en el que ni tan siquiera pueden usar aparatos eléctricos.  A modo de secta, todos ellos llevan un estilo de vida apartados del mundo,  en el campo,  preparando y pintando sus óleos tal y como se hacía en el siglo XVI. 

No obstante, Nerdrum se preocupa de dejar constancia en redes sociales grabando una serie de películas documentales sobre su actividad docente y su modo de vida.  Probablemente estos documentales tienen como objetivo atraer nuevos seguidores para su granja escuela, todos ellos jóvenes y guapos,  dispuestos a reproducir fielmente los preceptos del maestro, y entregados a difundir el mensaje de que Nerdrum representa el culmen de la pintura occidental,  a la altura o incluso por encima de los grandes maestros del Barroco,  Caravaggio o Rembrandt, los dos grandes referentes del propio Nerdrum.




No hay constancia de que en ese aislamiento Nerdrum y sus seguidores reproduzcan prácticas extrañas,  más allá del cumplimiento estricto de sus preceptos luditas y la actividad pictórica tal y como la dicta el maestro.  Nerdrum alimenta su ego; nada advierte que en su escuela alimente otra cosa. Inclusive,  según parece,  acceder a participar en ella no exige el desembolso de ninguna cantidad económica; más allá,  formar parte del grupo es decisión exclusiva del propio Nerdrum y sólo él sabe qué exige de cada uno de los futuros integrantes de su escuela. 





Podría ser el argumento de un filme de terror nórdico.  Tiernos adolescentes invitados a participar en ritos ancestrales. Me acuerdo de la película Midsommar.  ¿Qué hay en los escandinavos que los hace proclives a este tipo de cosas? ¿Podría ser Nerdrum la versión artística del black metal noruego?




Una de las películas más difundidas de Nerdrum está dedicada a su visión del autorretrato.  En ella el propio Nerdrum compara sus autorretratos, sin pudor, con los de Rembrandt. Nerdrum alega que Rembrandt,  como él,  jugaba a disfrazarse, a autorretratarse con abalorios,  como un juego teatral y alegórico. Esto me ha dado qué pensar.  Nunca he visto al natural un cuadro de Nerdrum.  Parece imitar bien la calidad de la pintura del barroco.  El uso del material podría equipararse.  No obstante,  ¿puede desvincularse una práctica de todo su armazón social? 

En mi opinion,  admitiendo, como probabilidad,  que Nerdrum haya adquirido una habilidad con los materiales similar a Rembrandt,  la gran diferencia entre su pintura y la de Rembrandt es la franqueza.  La franqueza de quien se enfrenta a algo como una búsqueda,  como una indagación original. Lo que en Rembrandt es franqueza, en Nerdrum decae en jactancia. 

Al parecer Odd Nerdrum tuvo el privilegio de estudiar con Joseph Beuys.  Inclusive,  el noruego tiene su propio manifiesto,  llamado On Kitsch. En su manifiesto,  Nerdrum recupera el concepto de lo kitsch tal y como se empleaba en el siglo XIX para, en los albores del arte de vanguardia, atacar al arte anterior,  considerándolo ridículo.  Esto es, con todo su aparataje ludita,  Nerdrum es, en realidad,  un pintor postmoderno.  




A mí me recuerda en algunas cosas al norteamericano John Currin. No solamente en que Currin bucea abiertamente en el concepto de lo kitsch,  sino en una recuperación similar de los modos de hacer de la pintura barroca (en el caso de Currin quizá habría que hablar de rococó). 




Estas prácticas serían como una actualización del prerrafaelismo del siglo XIX. Como los prerrafaelistas,  Nerdrum y Currin recuperan con notable habilidad los modos de hacer de sus referentes pretéritos; sin embargo,  al resultarles imposible contextualizar las condiciones de la pintura anterior,  la envuelven de una nueva retórica,  de una narrativa que hace hueca una maestría técnica.  El caso de Nerdrum sería el oscuro brote,  en el siglo XXI, de una especie de prerrembrandtismo; con elementos luditas e inclinaciones rituales al estilo black metal. El caso de Currin sería un alegre brote,  en el mercado norteamericano del arte contemporáneo,  de una especie de prefragonardismo, con vueltas y más vueltas de tuerca alrededor del concepto de ironía, como una mueca dentro de una mueca dentro de una mueca. Hasta tal punto que ya no se sabe dónde está la broma. 





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