lunes, 27 de abril de 2026
































 

Bruce Nauman y Michel Stipe

Michael Stipe estrena canción y anuncia un álbum en solitario.  ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años? Me siento tan abandonado por el mundo de la cultura popular que he acogido la noticia con un halo de esperanza.  Geese,  la última banda por la que me he interesado, ahora resulta ser fruto de una gigantesca operación de marketing en redes sociales,  amplificada mediante bots y mierdas de esas.  ¿Dónde ha ido a parar la honestidad de la gente? ¿Fueron mis viejos ídolos populares aupados a la fama por medios precarios gente honesta? ¿Mantiene el hoy barbudo y envejecido Stipe algo de la integridad que le atribuí en otro tiempo?

Encontrar esta noticia sobre Michael Stipe me ha llevado, no sé por qué,  a buscar cosas sobre Bruce Nauman en YouTube.  Hacía mucho tiempo que no me interesaba por la obra de este escultor,  que me fascinaba décadas atrás.  Encuentro entrevistas de un Nauman octogenario,  con un aspecto físico que apenas recuerda al de sus acciones grabadas en vídeo más famosas.  En una charla con el pintor Eric Fischl explica sus últimas performances. Tanteos en la geometría del suelo de su propio estudio muy parecidos a los que hiciera en los años sesenta del siglo pasado; sin embargo,  esta vez apoyado en una silla y ayudado por una persona para mantener el equilibrio. La dificultad,  si cabe, lo hace más árido o categórico.  Está claro que ya no hace lo que hace por la atención que suscita.  Sino por una especie de inercia que lo obliga a continuar,  a pesar de la dificultad o de la decrepitud. 

Al escuchar y ver a Nauman pienso que el artista americano es, en cierto modo,  el mismo tipo de persona que debía ser el escritor Samuel Beckett. Casi resulta un milagro que todavía haya alguien así,  tan, digamos, fuera de lo contingente del ser humano y, por tanto, todavía sumergido en una especie de histeria metafísica.  Repasando la obra de Nauman me parece aún una obra nuclear y poderosa. Preocupada por recoger con desesperación lo esencial que queda del ser humano.  Si es que al ser humano le queda algo esencial. 

Nauman permite que haya estudiantes que le hagan preguntas.  Se le pregunta por qué vive desde hace años aislado en Nuevo México,  lejos de los grandes centros artísticos de Los Ángeles o Nueva York. Estoy bien allí,  dice.  Beckett no hubiera sido más escueto...

martes, 24 de marzo de 2026

Isabel Coixet y el sufrimiento real

Jorge Baron Biza escribió una única novela sobre un suceso espeluznante.  Su padre desfiguró el rostro de su madre y él, el hijo,  la acompañó a ella en el proceso de recuperación y reconstrucción del rostro.  Este suceso real contiene multitud de implicaciones simbólicas.  Multitud de significados,  en sí,  y por la intervención del hijo.  Más  allá de preguntarse uno a sí  mismo qué soy yo,  nacido de ese padre que ha cometido ese acto horrible contra una persona,  mi madre, a la que supuestamente amó. La novela se titula El desierto y su semilla. No hubo otra novela; allí está todo.  Al poco de ser publicada,  el autor se suicidó. 


Este tipo de historias,  a mi modo de ver, este tipo de desgracias que le enfrentan a uno con los límites,  están en la órbita que la cineasta Isabel Coixet maneja en la ficción.  En problema es que en la ficción suelen verse las costuras,  el engranaje teledirigido a la representación del sufrimiento.  Pasa como con Tarantino y la violencia.  El americano convierte la violencia en un chiste,  un golpe gracioso.  La catalana convierte el sufrimiento en un artificio,  una elucubración. Generalmente ha sido así en sus películas.  Sin embargo,  en esta última,  titulada Tres adioses, hay algo que me ha convencido.  La banda sonora no es especialmente molona.  La protagonista no baila ni dice chorradas queriendo aparentar trascendencia.  ¿Qué ha sido esta vez? ¿Quizá la historia original,  escrita por una persona que vivió de primera mano lo narrado?

Michela Murgia. Me apunto el nombre. 

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