Antiguamente había una diferenciación entre las intenciones mercantiles y la integridad. Esto es, se entendía como poco íntegro declarar la necesidad de vender lo que uno hace (con una intención expresiva). Esta fórmula procedía, sin duda, del romanticismo.
Hay que entender el avance del mercado, que apenas deja un reducto para cualquier intención crítica. Fundamentalmente a partir de la consolidación de internet y las redes sociales como espacio cultural. Una cultura filtrada por las redes sociales se difunde anestesiada, desprovista de la antigua dicotomía. Ya no hay mercado versus arte. Quizá se haya visto demasiado el arte corromperse. Las aspiraciones de integridad se perciben como ingenuas, bajo capas de ironía. Las experiencias minoritarias se ven como un fracaso.
Para mí resulta curioso. Por un lado se han derribado las barreras que separaban al público de sus ídolos. Por otro lado se han potenciado las manipulaciones mercantiles; hasta el punto de que cualquier cosa que se difunde parece formar parte de una estrategia publicitaria.
Bad Bunny, Benito, vende hasta cuando duerme. A veces, parece liderar una revolución latina, enfrentándose al poder norteamericano en el feudo de la final de la Súper Bowl. Pero, también, se le ve codearse con naturalidad con la pléyade de multimillonarios del mundo del espectáculo invitados por el dueño de Amazon, en una fiesta a puerta cerrada en el Museo Metropolitano de Nueva York. Benito es así. Puede pasar de la intimidad de un vídeo que parece grabado en su cuarto de baño con un teléfono móvil al lujo más suntuoso, en un santiamén. Y todo parece formar parte del mismo proyecto.
Bad Bunny es al mismo tiempo Bob Marley y Michael Jackson. Es decir, el puertorriqueño se ve capaz de aunar el aliento redentor de Rubén Blades y la experimentación formal de, digamos, Aphex Twin. Tranquilamente.
En otra época el éxito popular y mercantil tensionaba al individuo, hasta el punto de necesitar sumergirse en adicciones y aditamentos. Benito ha integrado el disfraz en su naturaleza. Puede aparecer bajo cualquier apariencia. Bad Bunny es en estos momentos el perfecto producto capitalista, del capitalismo global. Puede serlo todo, puede significar cualquier cosa.
En sus conciertos, sin embargo, se apunta un resquicio de lo que, quizá, sea en un futuro su decadencia. Como todo espectáculo multitudinario en sus conciertos en directo hay una zona vip, para gente pudiente. No obstante, Bad Bunny ha tenido una ocurrencia warholiana. Ha integrado a los vip en el espectáculo. Construyendo una caseta donde exhibir a los personajes vip (futbolistas, actrices, influencers) disfrutando del espectáculo. El vip, antes oculto, cómodo, en un reservado que protegía su privacidad, ahora baila y disfruta a la vista del público. Hasta el punto de que parte del público prefiere presenciar a los vip bailando, haciendo recuento de celebridades, que disfrutar de un concierto incómodo, con Benito haciendo piruetas para llegar a todos los puntos de un escenario abierto.
Alguna vez he entendido en Andy Warhol esa fascinación por la celebridad como una debilidad, como parte de su decadencia. El camino de The Velvet Underground hasta Elizabeth Taylor acababa en Elizabeth Taylor. Quizá a Benito le esté ocurriendo lo mismo.
No sé si se puede ser del pueblo y de la élite al mismo tiempo. Popular y experimental. Revolucionario y capitalista. No sé si es posible aceptar sin problemas todas las contradicciones posibles. El inconveniente, quizá, es la falta de inconveniente. En los ídolos de antaño uno podía adivinar, como espectador, las tensiones que se producían en la persona. El peso de sus máscaras. Esas tensiones llenaban al personaje de significados.
¿Qué puede haber en una naturalidad sin límites sino la ausencia de significado? ¿Es Bad Bunny un misterio o solamente una broma? Me temo que, generacionalmente, yo no estoy capacitado para comprenderlo.










