domingo, 11 de enero de 2026

Tolkien y el mundo natural

Hace tiempo rechacé un libro porque hacía mención a El señor de los anillos. De la aversión que el mundo literario de Tolkien me generaba.  Toda esa fantasía de seres simpatiquetes, con orejitas puntiagudas,  magos fumando en pipa y mandangas.  En aquel libro un editor leía a su madre enferma las novelas que, según él,  conformaban el Club de lectura del final de tu vida.  Entre esos últimos libros figuraban numerosos clásicos indiscutibles,  del llamado canon occidental,  y El señor de los anillos.  ¿Cómo podía pertenecer a esa selección de lecturas terminales semejante bodrio infantil?


En general he rechazado siempre la fantasía.  La imaginación,  quizá.  Desconfiando de todo aquello que me alejase de un análisis más o menos idiota de lo cotidiano.  


No obstante,  y a pesar de ello, siempre he sentido cierto apego por un subgénero de la fantasía,  que es el que se refiere a las fantasías generadas por lo tecnológico; es decir, la ciencia ficción.  Philip K. Dick sí,  Tolkien no.  


En la ciencia ficción hay a veces paranoias producidas muy consecuentemente por el capitalismo; otras veces, hay sublimación de lo que el mercado capitalista,  tecnológico por definición,  viene a traer.  Con el tiempo he aprendido a despreciar toda esa fascinación que producen las utopías del mundo tecnológico. 


Ha tenido que venir el pequeño V, con sus ansias lectoras de fantasías literarias,  para hacerme ver que quizá las elucubraciones de Tolkien no son en ningún modo despreciables.  Ya tuve un aviso de lo idiota que puedo llegar a ser cuando me enfrenté a la incursión en el género fantástico de una escritora realista,  Ana María Matute en Olvidado rey Gudú. O cuando,  a través de la ciencia ficción,  pude comprobar cómo Ursula K. Le Guin la trascendió en obras fundamentales como Los desposeídos o La mano izquierda de la oscuridad. 


No me he enfrentado aún a El señor de los anillos.  Le he regalado a V una edición de lujo,  con reproducciones de dibujos del propio Tolkien.  Sí he visto la trilogía cinematográfica de Peter Jackson.  La historia comienza con un grupo multirracial (hobbits, elfos, enanos) poniéndose de acuerdo para destruir una herramienta que permite concentrar y acaparar el poder del mundo.  La idea no puede ser más inspiradora.  


Al parecer,  Tolkien era católico y tradicionalista.  (En un país anglicano.  Nunca he percibido el orgullo de la religión católica como cuando viajé a Irlanda.) Como su amigo Chesterton,  que parecía insistir en la fe católica como una forma de polemizar y hacer la contraria. 


V también es aficionado a la mitología griega y romana.  No obstante,  el imaginario de Tolkien mira a la tradición nórdica,  según parece.  Los mitos grecolatinos intentan explicar el cosmos,  los elementos,  el origen de las cosas. El imaginario de Tolkien, en su reinterpretación de figuras nórdicas,  se pliega en una especie de microcosmos,  que no interpreta sino que convive con el mundo natural.  Los figurantes de Tolkien son una emanación de la naturaleza.  Y su imaginario inventa formas de organización social totalmente dependientes e integradas en el mundo natural. En ese sentido,  creo que su ficción es profundamente valiosa.


Las películas de Peter Jackson caen a menudo en la pirotecnia del último cine hollywoodiense. Supongo que la inversión económica que requieren exige una equiparación con franquicias cinematográfica y blokbusters del estilo de Star Wars o Harry Potter.  A mí la serie de Peter Jackson me gusta por comparación con Star Wars.  Hay una encarnación del mal que combatir,  igualmente,  pero el trayecto pedestre de Frodo a través de la floresta de bosques y montañas me parece mucho más agradable.  


Hay quien ha llegado a interpretar que Tolkien,  en el fondo, está queriendo hablar de sucesos y avatares de la primera Gran Guerra.  No lo sé.  Mi incultura es aquí una traba para dilucidarlo.  


No obstante,  los que leen el libro dicen que la obra literaria contiene mucha menos acción que las películas.  El libro, al parecer,  es fundamentalmente descriptivo.  Lo que supone un dato a su favor. 


Libro y películas se oponen al horror y a la ambición territorial.  Un tema que en estos momentos,  desgraciadamente,  está muy de actualidad.  Puede parecer maniqueo.  Pero ya llevamos mucho tiempo en que las ficciones más populares (series en plataformas televisivas,  blookbusters), por no parecer maniqueas, caen en ambigüedades verdaderamente perniciosas,  convenciendo al personal de que ser un asesino puede resultar simpático o medrar para hacer fortuna es un acto poético. No está mal, de vez en cuando, tener claro de qué lado está la luz y de qué lado la sombra, dónde puede uno encontrar el bien y dónde encontrar el mal,  la concordia y el horror.  Quizá así nadie se permita defender un genocidio sin que se le caiga la cara de vergüenza. O los delirios de grandeza de un dirigente de un país invasor como si se tratara de las gracietas de un clown en un espectáculo circense. Como si nada de ello tuviese una trascendencia moral. 

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