El mundo es atroz. Dejamos pasar las atrocidades por delante nuestro. Como mucho, organizamos uno y otro aspavientos. ¿Qué puede hacerse? ¿Contemplarlo con pavor? Las atrocidades del mundo penetran en las grietas de lo cotidiano. Empañan la mirada de la gente. El fascismo es una marca de refrescos y un modelo de zapatillas deportivas. Son las salidas nocturnas. Los correos electrónicos. Lo llaman ahora plataformas televisivas. Reels en Instagram. Toda esa densa red de actitudes. De ironías sobre lo real. Va calando. Nos hace ver lo nunca visto como una novedad atrevida. Asentir sin quererlo. Hasta caer atrapado.
Qué pasa. No pasa nada. Uno sale a la palestra y declara que la educación no es un derecho. Por qué no. Porque vale dinero. Y ya está. Necesitamos Groenlandia. Por dónde lo cogemos. La Nueva Gaza de Trump es un proyecto tan descabellado que podría parecer una parodia. Se llevará a cabo y nos acostumbraremos a ello. Como nos acostumbramos a las películas de superhéroes y a los videojuegos. Al lento fragor de las benzodiazepinas y al sigilo de los automóviles eléctricos. Al diminuto teclado de los teléfonos móviles y a la imagen perdida de familiares nuestros en la pantallita del WhatsApp.
Qué se esta fraguando. Qué está aún por llegar. Qué nueva atrocidad será justificada de una manera aún más descabellada. Qué nuevos descaros serán interpretados delante nuestro, como un teatro vulgar, inmune al sufrimiento humano. Sin que sepamos cómo reaccionar.
El mundo es atroz y está gobernado por psicópatas. La violencia se ha instalado en nuestras casas. En el lenguaje que empleamos. En los horarios laborales. En la premura de unas próximas vacaciones. El signo es la violencia y nuestro destino el sometimiento.
A partir de entonces, no deseo nada más que una pizca de amabilidad como forma de resistencia en contra del mundo. Irme tranquilamente a la mierda.
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