martes, 24 de marzo de 2026

Isabel Coixet y el sufrimiento real

Jorge Baron Biza escribió una única novela sobre un suceso espeluznante.  Su padre desfiguró el rostro de su madre y él, el hijo,  la acompañó a ella en el proceso de recuperación y reconstrucción del rostro.  Este suceso real contiene multitud de implicaciones simbólicas.  Multitud de significados,  en sí,  y por la intervención del hijo.  Más  allá de preguntarse uno a sí  mismo qué soy yo,  nacido de ese padre que ha cometido ese acto horrible contra una persona,  mi madre, a la que supuestamente amó. La novela se titula El desierto y su semilla. No hubo otra novela; allí está todo.  Al poco de ser publicada,  el autor se suicidó. 


Este tipo de historias,  a mi modo de ver, este tipo de desgracias que le enfrentan a uno con los límites,  están en la órbita que la cineasta Isabel Coixet maneja en la ficción.  En problema es que en la ficción suelen verse las costuras,  el engranaje teledirigido a la representación del sufrimiento.  Pasa como con Tarantino y la violencia.  El americano convierte la violencia en un chiste,  un golpe gracioso.  La catalana convierte el sufrimiento en un artificio,  una elucubración. Generalmente ha sido así en sus películas.  Sin embargo,  en esta última,  titulada Tres adioses hay algo que me ha convencido.  La banda sonora no es especialmente molona.  La protagonista no baila ni dice chorradas queriendo aparentar trascendencia.  ¿Qué ha sido esta vez? ¿Quizá la historia original,  escrita por una persona que vivió de primera mano lo narrado?

Michela Murgia. Me apunto el nombre. 

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