Javier Morant está a punto de romper su relación con Ebbinghaus. Han llegado a un punto en el que no parecen avanzar en la terapia. Un punto de, digamos, estancamiento. El problema de Javier Morant, según Ebbinghaus, es que, de alguna manera, ha equivocado su planteamiento vital. Javier Morant debería haber sido otra persona, debería tener otro lugar de residencia, una mujer que no es la suya, un hijo diferente a Domingo, otro trabajo, un nuevo aspecto, nuevas prioridades. El problema es que Javier Morant hay cosas que no está dispuesto a cambiar. Ya es para él demasiado tarde. Ha llegado el momento de asumir los propios errores, cargar con ellos. Lo que Ebbinghaus le propone es, por decirlo de alguna manera, aligerar la carga, escapar de al menos alguna de las tensiones que soportan su actual existencia. Obviar sus trabas. No es posible. No puede renunciar a su entorno. (Inclusive, opina que si huyera se encontraría con nuevas angustias; en efecto, Javier Morant cree que Ebbinghaus no ha acabado de comprender su problema: la angustia le viene de fábrica, está en él y la lleva allá donde vaya, como parte de su manera de enfrentarse a las cosas.) Ebbinghaus le recomienda que trate de encontrar algo que desvíe la tensión. La gente tiene aficiones,
hobbies, que cumplen esta función: liberar la angustia de la cotidianidad. Los
hobbies son placebos que tratan de desviar la atención. Suponen fantasías que nos hacen creer que nuestra vida no es tan soporífera como parece. Ebbinghaus no es capaz de marcar la conveniencia de uno u otro
hobby. Cualquiera puede ser válido. Cada uno busca el suyo, de acuerdo con sus intereses y su personalidad. Hacerse motero, por ejemplo, plantearse acabar una maratón, comer hamburguesas hasta atiborrarse, salir al monte todos los fines de semana, ir en bici, jugar al pádel, coleccionar sellos. Cualquier cosa que nos haga creer que nuestra vida es mucho más interesante de lo que es en realidad. Cualquier cosa que nos distraiga del envejecimiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Cualquier cosa que nos haga olvidar nuestras limitaciones, en definitiva. El problema de Javier Morant, como el de cualquier neurótico, es la no aceptación de la realidad. Hay abismos a los que es preciso enfrentarse; de lo contrario uno se deja vencer por las frustraciones. Los miedos le invaden, todo hiere, se sobredimensiona lo insignificante. Uno desea llegar al final, acabar, que todo acabe, pues supone un sufrimiento insoportable.
Pero, ¿cómo combatir la banalidad del
hobby, su absoluta insustancialidad? En definitiva, el
hobby es una actividad que no afecta directamente a nuestro planteamiento vital. El
hobby es solamente entretenimiento, nada más. ¿Cómo puede
solucionar nada? Es posible que la gente se entregue a un
hobby como si fuera el
leitmotiv de su vida. Javier Morant no es capaz. Tiene alma de misionero. Necesita
dar su vida por algo. Entregarla a tiempo completo. Apasionarse. No admite entretenimientos de fin de semana.
No existe el placebo si el sujeto no se deja engañar, piensa Javier Morant frente al discurso de Ebbinghaus. (Sin embargo, Javier Morant calla, no opina en voz alta.) La consciencia invalida el placebo. No puedo inventarme un
hobby para autoengañarme. Sería como si un hiponotizador quisiese autohipnotizarse. Esto es imposible, piensa Javier Morant. La consulta de Ebbinghaus huele a comida. Es la una y media. Probablemente Javier Morant sea el último paciente de la mañana. Alguien le ha debido traer un bocadillo de algo. ¿Carne? ¿Tortilla? Javier Morant no es capaz de diferenciar el olor. Ebbinghaus, de pronto, y tras mirar su reloj de muñeca, se levanta y le tiende la mano. Nos vemos la semana que viene, le dice, y piensa sobre lo que hemos estado hablando. Tienes que encontrar algo. Pero tienes que encontrarlo tú.
Ya fuera de la consulta, se adentra por los pasillos del edificio y espera el ascensor. De pronto, se da cuenta de que sí tiene un
hobby, uno relevante, que de verdad le importa. La lectura. Leer, en efecto, le apasiona a veces. Aunque a veces le aburre. En efecto, Javier Morant busca en la lectura una clase de evasión. Algo que, tal y como plantea Ebbinghaus, suponga una manera de
elevarse por encima del aburrimiento de lo cotidiano. La lectura no es un
hobby activo, vitalista. Tal vez no sea válido, según el planteamiento de Ebbinghaus. Es raro que Ebbinghaus no haya hecho alusión a la afición de Javier Morant a la lectura; pues han hablado de ello en anteriores ocasiones. No obstante, hace ya varias sesiones que Ebbinghaus no anota nada en su cuaderno. Se limita a conversar, como si se tratase de un amigo. Y no lo es. Tal vez por ello ya va siendo hora de replantearse su relación. Podría intentarlo con un nuevo psicólogo.
Conduce hasta casa. En el catálogo de sus miedos está adquiriendo protagonismo el riesgo a sufrir un accidente de tráfico. Nunca había tenido ese miedo. Se tiene por un excelente conductor. Se gana la vida gracias a ello. No obstante, cada vez se siente más inseguro. Como si creyese estar perdiendo reflejos, destreza. En una amplia avenida de tres carriles, al ser rebasado por un automóvil, últimamente se ha sorprendido dando un volantazo para separarse, a punto de salirse del carril y contactar con otro automóvil. ¿Qué pasará si este miedo se acrecienta y es incapaz de desempeñar su trabajo?
¿Es Marcel Proust solamente un
hobby? ¿Leer
En busca del tiempo perdido es como hacer senderismo, como jugar al tenis, como montar en bicicleta? Javier Morant comenzó la lectura de Proust pensando en las dotes curativas de este autor. Esa cosa francesa que tanto tiene que ver con la vida, con el
deseo de vivirla. Y, sin embargo, Marcel Proust parece haberle transmitido una especie de fragilidad, una clase de hipersensibilidad cuyo efecto ha sido incrementar el miedo, intensificarlo. Como si cualquier detalle de su insignificante vida tuviera resonancias que le alertasen del peligro y la imposibilidad. Pero, ¿qué imposibilidad?