Las Manifestaciones contra Wert y su ley adquieren
ya tintes de cotidianidad. Uno se desplaza
hacia el centro de la ciudad. Nada indica que haya
una jornada de huelga
de un colectivo, a priori, bastante numeroso.
Nos sobrevuela un helicóptero; pero no por nosotros
sino porque, al parecer, se juega un partido de alto riesgo
contra un equipo inglés o alemán. Un grupo de gente
muy ruidoso, allí a lo lejos.
Van de verde, son los nuestros.
Nos acercamos. Están borrachos, exhibiendo
jarras de cerveza y asaltando una gasolinera
para abastecerse de más bebida. La policía los custodia.
Cinco o seis furgonetas y decenas de tipos armados
contra uno o dos centenares de hinchas hiperexcitados, vociferantes.
En el viejo cauce del río hay gente que hace
footing,
como siempre. Ya comenzamos a cruzarnos con la gente de verde,
la que se manifiesta con nosotros. "En defensa
de la enseñanza pública". Por las calles del centro,
los atascos de rigor en el tránsito de coches.
Hay gente que vuelve del trabajo. Ventanillas bajadas,
protesta al agente de turno. "Pero si yo vivo ahí,
a dos manzanas", dice un tipo desde su flamante Mercedes.
Nadie sabía nada. Las Manifiestaciones contra Wert,
como digo, se han normalizado.
Forman parte de nuestra cotidianidad.
Una señora pasea en chandal, respira de manera acompasada,
se dirige a un gimnasio o al río
miestras observa distraída a la gente de verde.
"Es lo que pasa con un gobierno facha",
grita el grupo de Comisiones Obreras.
Un hincha inglés o alemán,
perdidamente borracho,
totalmente desorientado,
se dirige a uno de los policías que custodian las esquinas
para preguntarle dónde está el campo del fútbol.
"Hacia allí", dice el poli
señalando el norte.
"Oh, thank you",
dice el hincha, abrazándose a una farola.