miércoles, 30 de enero de 2013




Es un lugar al sur, un lugar donde
la cal
amotinada desafia el mirar.
Donde viviste. Donde a veces en sueños
vives aún. El nombre empapado de agua
te escurre de la boca.
Por caminos de cabras descendías
a la playa, el mar batía

en aquellas piedras, en estas sílabas.
Los ojos se perdían ahogados
en el fulgor
del último o del primer día.

Era la perfección.

martes, 29 de enero de 2013







Viendo Bestias del sur salvaje, la película
de Benh Zeitlin, me acuerdo, curiosamente, de Bon Iver.
Yo soy más de tristezas, de oscuridades.
La luminosidad de Bon Iver me aturde un poco.
Me siento descolocado. De otro tiempo.
Bon Iver es el éxtasis. Misticismo folk,
a punto de caer en la cursilería más absoluta.
Algo parecido sucede en Bestias del sur salvaje.
Hay una mística de la euforia que, por lo visto,
te inmuniza frente al ridículo. La tristeza arriesga menos.
En lo triste hay una cierta elegancia.
La tristeza es cobarde.
Huecos. Sequedades. No otra cosa.


domingo, 27 de enero de 2013



El serial televisivo Treme explica muy bien la situación de abandono de determinados barrios en la ciudad de Nueva Orleans, que sufrieron con especial intensidad las consecuencias del huracán Katrina. La singularidad de esos lugares, su riqueza cultural a pesar de la pobreza, su folclore, casi indigenista, tribal. Tras la desgracia, como todos sabemos, la conservadora sociedad norteamericana les da la espalda, como si no se reconociese en ellos, como si esos lugares fuesen una especie de burbuja tercermundista dentro del primer mundo norteamericano.

Lo que en Treme se concreta, lo que en el serial se explicita, en la película Bestias del sur salvaje, de Benh Zeitlin, se universaliza. De algún modo, lo que allí ocurrió se erige en símbolo de lo que en estos momentos está ocurriendo en todo occidente. El mundo se está polarizando. Los muy ricos se atrincheran; las clases medias se extinguen, poco a poco; y cada vez hay más gente en la indigencia. Benh Zeitlin construye una fábula en torno a esto. Un dique separa la zona rica (de la que solamente se pueden ver las torres de unas fábricas) de la Bañera, un islote en el que han sido confinados los pobres (verdadero trasunto del barrio de Treme, pero en clave apocalíptica). La pobreza en la Bañera funciona como en Treme; paradójicamente, hay música, hay folclore, hay alegría. Y hay orgullo; el orgullo que da saberse singulares, tener una identidad.

La película lleva todo esto a un territorio abstracto, simbólico. Hay una amenaza natural a punto de concretarse que lo arrasará todo. El hombre pobre, el indigente, no desea abandonar su confinamiento para ponerse a salvo. La belleza natural del lugar en el que vive no es parangonable. Se produce una especie de proceso de incivilización. El hombre pobre, el indigente, vuelve a un estado primitivo, salvaje, en el que la supervivencia pasa por recuperar la magia y el mito.


viernes, 25 de enero de 2013



Santiago Sierra resulta muy atractivo formalmente.

El blanco y negro y la simplicidad minimalista.

Pero es conceptual. Hace un arte reivindicativo. O político.

(Aunque todo el arte es político.)

(Pero no todo el arte es reivindicativo.)

Yo estoy de acuerdo con las tesis de Santiago Sierra.

Lo que no me gusta son sus métodos. No sé: obligar a la gente a hacer cosas por dinero, para protestar por lo jodido que es hacer cosas por dinero.

Tiene una nueva obra.

Una procesión de Merceces negros portando enormes retratos realistas de mandatarios españoles del revés.

En una entrevista se le pregunta por qué no aparece Francisco Franco, el dictador. Santiago Sierra contesta que porque lo de Franco es muy evidente. Los mandatarios que aparecen en su obra son supuestamente democráticos; no obstante, son igualmente unos hijos de puta.

Creo que, tal y como están las cosas, pocos habrá que no secunden la opinión de que los mandatarios de la democracia son una puta estafa. Unos hijos de puta a quienes lo único que les interesa es alcanzar el poder y manternerse siendo influyentes y poderosos; sin que les importe una mierda la gente, la vida de la gente a la que manipulan como auténticos depravados.

No es poco evidente la nueva tesis de Santiago Sierra. No obstante, mola que se atreva a pasearla por las calles.

Hace un tiempo, Santiago Sierra rechazó un premio nacional. Al igual que el escritor Javier Marias. (Son artistas íntegros.)

¿Quién financia las cosas de Santiago Sierra? ¿Se trata de un artista absolutamente independiente?

¿Es irrelevante su estilo de vida? ¿Vende caro?






Un cocodrilo sintético
parece que habla por los codos.
Mientras tanto,
Kung Fu Panda hace ejercicios
espirituales, en inglés.
La madre le pone los dibujos en
lengua extranjera.
Para que aprenda el niño.
(Un pragmatismo muy de ahora;
que a mí no me parece del todo
bien. Al fin y al cabo,
¿cómo va a disfrutar
de algo que no acaba de entender?,
¿dónde establecer la barrera
que separa el ocio de la obligación
de aprender cosas concretas?)
La cena. A cenar. Absorto, con la mirada
puesta en una pantalla
y sin hablarnos.
¿Un poco de ketchup?


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