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martes, 2 de mayo de 2017






De las ruinas de Uncle Tupelo Jeff Tweedy se llevó el brillo y formó Wilco. En la medida de lo posible Wilco pretende colocarse en el centro de la diana, equidistante de cualquiera de los parámetros de la música popular.

Jay Farrar siguió en la senda de la música tradicional americana. Asentado en eso que algunos llaman las raíces.

La fórmula de Wilco se agota. Es imposible, en un momento determinado, contentar a todos.

Wilco hizo músculo cargado de esteroides en el cambio de milenio, más o menos. Era deslumbrante. Pintaba de modo inmejorable; lo hacía todo bien. Inclusive, parecía tener vida interior. Tweedy es el frontman ideal. Ni muy guapo ni demasiado feo. El desaliño perfecto, la desgana justa, la astenia calculada con tiralíneas.

En su momento, no hice mucho caso de Son Volt. Dentro del tradicionalismo norteamericano había muchas más opciones, mucho más excéntricas. Todos los alias de Will Oldham. Lambchop. Vic Chesnutt. Farrar parecía demasiado anclado en el rock americano de los ochenta.

Puede que siga ahí. En el inmovilismo de la canción rock, pop, country, blues, o lo que sea. A mí hay ahora una tonada que me vuelve loco, como hacía mucho tiempo que no me sucedía. Se titula Back Against The Wall.

Echo de menos ser joven.

lunes, 5 de agosto de 2013





Qué habrá sido de The High Llamas.
Uno sigue el recorrido de un grupo
musical durante un tiempo,
compra sus discos, dos, tres,
cuatro, los que sean, subido
al carro de una moda.
Luego, ese grupo otrora
importante desaparece,
ya no sale en las revistas
de tendencias, alguna reseña,
a lo sumo, que dice que hace lo mismo,
no ha cambiado, apenas ha evolucionado,
como si fuera una lacra
(Bob Dylan lleva décadas haciendo
lo mismo). No es justo el silencio
en torno a ese grupo musical
que hace lo mismo. Era, es,
demasiado bueno.
Pero uno ha elegido
otras cosas
para serles fiel.
Aquel grupo irónico
en la melodía
desaparece,
se queda
atrás.

Hasta que algo lo reivindica.
Una escucha nueva, una cosa actual.
Un exotismo de ahora, igualmente irónico,
hawaiano o lo que sea. Está en la base
de mi discurso: yo solamente admito
lo que soy capaz de reconocer.
En efecto, ese tal Sean Nicholas
Savage parece un cruce de
Brian Ferry y The High Llamas.
Y tal vez me equivoque,
pero me han entrado unas
ganas terribles
de volver a
escuchar
a The High
Llamas.

sábado, 22 de junio de 2013



Etnicismo y misantropía,
los Dead Can Dance descubrieron
hace años, tal vez siglos,
una región inhospita
donde reinar.
Ahí siguen:
en la aristocracia
de lo obsoleto,
en la metafísica
del anacronismo.
La muerte puede bailar:
pregonando
la resurrección
de aquello que cayó en desuso.
La clásica y el rock gótico,
el folclore y lo orquestal.
Todo cabe siempre que sea decadente,
de otro tiempo, oscuro, espectral.


domingo, 21 de abril de 2013



Leo libros porque no creo en las religiones. Leo porque no creo en nada. Busco algo en los libros. Una especie de consuelo, algo tangible, firme. Alguna consistencia. Leo libros porque la realidad me decepciona. La mayor parte de la gente que conozco no me interesa. Por eso mismo leo libros. Algunos libros destilan lo mejor de quienes los escribieron. Son sustancia pura. Contienen el alma. El lenguaje es el alma.

Hace ya bastante tiempo que no experimento esta especie de misticismo en la lectura de un libro. No recuerdo exactamente cuándo leí por vez primera En el camino, de Kerouac. Yo era muy joven, sin duda. Creo recordar que lo leí por azar. Mis padres tenían una edición de bolsillo en uno de los estantes de un mueble de la casa. No creo que mis padres lo hubiesen leído. Nunca se lo pregunté. Lo tendrían con otros libros para llenar el espacio de la estantería.

Cogería ese libro, lo hojearía y seguramente pensé que me podría interesar. Yo entonces era lector de Bukowski. Durante algún tiempo para mí solamente existía Bukowski. Bukowski es un misántropo. Si te lo crees, sólo existe él. Los misántropos lo son porque no son capaces de seducir de otra manera. Creen que serán capaces de seducir en la distancia. En la que proporciona la literatura, por ejemplo. Kerouac era otra cosa. Me gustó En el camino. Pero no me apartó de la senda Bukowski. Y ahora creo entender por qué. En En el camino, el narrador se sitúa siempre en un segundo plano. El libro de Kerouac es el de un observador, alguien que admira algo, una escena, un paisaje, una persona. El narrador de Kerouac se supedita siempre a eso otro que observa y admira. Bukowski nunca se supedita a nada. Bukowski, con su literatura, con ese arma que supone la literatura, siempre trata de aniquilar al otro. Para ensalzarse, para seducir. Por ello, creo haberlo entendido, el lector adolescente es más vulnerable a Bukowski que a Kerouac. Kerouac tiene una carga más compleja; grupal, es decir, social.

El tercer vértice de mis lecturas adolescentes fue Henry Miller. Miller pertenece a una generación anterior. En Miller encuentro el germen de Kerouac y, también, el de Bukowski. Miller, curiosamente, es un escritor expansivo sin ser grupal. Su cosmogonía enlaza muy bien con la de Jack Kerouac. Inclusive, su orientalismo. Sin embargo, el ego de Miller se parece más al de Bukowski.

Yo de Bukowski pasé a Miller y a Celine. Leí por esa época En el camino. Pero no volví a Kerouac hasta años más tarde. Consumí de seguido toda la prosa de Bukowski. Prácticamente todo lo editado por Miller y Celine en castellano, por aquella época. Pero, por alguna razón, no seguí con Kerouac hasta mucho tiempo después, cuando me encontré con una edición de Big Sur.

Big Sur me hizo volver a valorar aquella lectura adolescente, aquel escritor; del mismo modo que encontrarme con algunos de los desgarradores poemas de Charles Bukowski me hizo pensar que aquel misántropo, al fin y al cabo, no debía ser tan mal escritor. Miller y Celine no me han vuelto a interesar.

Lo de Kerouac excede lo literario. Por ello el papel de Walter Salles no ha debido ser fácil, al aceptar la adapatación de la novela En el camino. Uno va a ver esa película y resulta imposible desprenderse de todo el bagaje de imágenes y literatura vertidas en torno a los beatniks. Creo que soy incapaz de juzgar esa película. En cualquier caso, la magnitud del mito creo que merece una lectura diferente. Creo que el cine debería añadir algo.

De cualquier modo, al volverme a enfrentar con esa historia, para mí importante, al menos anteriormente, me he dado cuenta de que, de alguna manera, allí empezó todo. Kerouac y su grupo de amigos son el inicio de la cultura juvenil. A partir de ellos, todo el mundo ha ido haciendo más o menos lo mismo hasta que se ha normalizado. Cambia el aspecto de la gente, las modas, la música, los itinerarios; sin embargo, se sucede una y otra vez el mismo desenfreno, el mismo spleen adolescente.

Con los beatniks, el negocio estaba servido; alguien debió de verlo. Probablemente, eso fue lo que destrozó a Jack Kerouac.

Se me ocurre decir que, al fin y al cabo, el misántropo Charles Bukowski no fue tan susceptible de ser manipulado. Su desprecio le hizo fuerte.

De todas mis lecturas adolescentes tal vez En el camino fuese la de calado más profundo. La obra literaria más duradera, probablemente; mucho más que los Trópicos millerianos, por supuesto. A pesar de que Henry Miller nos propone una especie de vitalismo mucho más adulto; un vitalismo perenne, jovial, taoísta.

Yo creo que la obra de Jack Kerouac tiene mayor calado gracias a sus virtudes de observador. Al lector adolescente le gustan los egos desmesurados tal vez porque necesita reafirmar el suyo propio. Kerouac me gustó menos que los Bukowski, Celine o Miller, siendo solamente un lector adolescente, porque no trasluce un ego despreciativo que me ayudase a ensalzar el mío propio. Kerouac ejerce de observador fascinado de su amigo Neal Cassady. Ese paso atrás, ese desfase que tiene con la vida es lo que le proporciona, a mi modo de ver, una mayor profundidad.


miércoles, 10 de abril de 2013

Cuarentón bailando animoso
mientras el hijo infantil observa
perplejo. Penoso. No obstante,
uno encuentra por casualidad,
removiendo unos viejos discos,
un recopilatorio anticuado
de los Stone Roses
y no puede evitar ponerlo
en el reproductor, y
escucha aquella vieja
canción, Fools Gold,
y baila como antaño y
se da cuenta de que ya no sabe
bailar. En efecto, baila
como un viejo.
Como aquellos viejos
que bailaban desacompasados
en los márgenes de las discotecas
cuando uno las solía frecuentar.
Pero uno intenta bailar
mientras esa canción,
Fools Gold, le produce
un raro ardor.
Entonces deja de sonar
y el peso de los años cae sobre uno,
de súbito, como por arte de magia.
Recuerda que ni siquiera
le gustaban los Stone Roses.
Todo ha sido un espejismo,
un dejarse llevar.
Tarda medio segundo en
recuperar la compostura.
Todo ha acabado.
Todo acabó.
Está bien así.
El infante se ríe
y baila. El infante se pone
a bailar cuando uno ha dejado de bailar.
Como en una extraña concatenación.


domingo, 3 de marzo de 2013



Vieja tonadilla de REM.
Hay algo en el cantante, Michael Stipe,
que roza la ridiculez más absoluta.
Recuerdo que me costó acostumbrarme a esa voz
gritona y nasal. Lo que hace de REM
un grupo perdurable, a mi modo de ver,
es esa lírica lindante con lo ridículo,
esa clase de excentricidad pastoral.
En las viejas canciones de REM
hay una cierta inconsciencia.
Esa falta de temor a caer
en la ridiculez
les distancia
de lo simplemente correcto.

jueves, 1 de noviembre de 2012






En Valencia hay una muestra de Andy Warhol.
Tal vez por ello el otro día cogí este disco,
Songs for Drella.
Es muy bueno. Puede que lo último realmente bueno
perpetrado por sus dos autores, Lou Reed
y John Cale.
Se decía que el disco es más de Reed.
No lo sé.
Se nota el aliento melódico,
la suavidad de Cale.
Tanto como la aspereza de Lou Reed.
Compré ese disco de saldo
en una tienda que ya no existe.
Hay elegía y distinción.
Recuperar esta música me envejece,
soy consciente.
Esas cosas oscuras de antes
son mi nuevo patrón reaccionario.

jueves, 6 de septiembre de 2012




¿Te acuerdas de los Psychedelic Furs?, dijo.
No, no me acuerdo.
Es decir, sí. Recuerdo
que no me gustaban mucho.
Pon alguna canción, a ver.

En efecto, tienen el aroma de aquella época nuestra.
Esa especie de tristeza o lo que sea.

domingo, 20 de mayo de 2012

Cenar con ella
a solas
en un sitio cualquiera.
¿Cómo se llamaba
aquel pequeño restaurante
en Ruzafa?
No lo recuerdo.
Estamos jodidos.
Nos resulta irreal
que el mundo siga
funcionando en sentido lúdico
bajo estas circunstancias.
Gente en las calles,
saliendo, cenando en los bares,
como nosotros. Parece
una especie de orgía
terminal. Vivimos
soportando el estrangulamiento
al que nos someten los de arriba
con medidas de gobierno que llaman,
eufemísticamente, de austeridad.
Soportamos un ataque absolutamente dirigido
en nuestra contra y, sin embargo,
continuamos saliendo, haciendo como que
nos divertimos. Si nos vieran
podrían decir que no es para tanto.
Parece que no nos importe y
que toda esa gente que circula
alegremente por las calles de Ruzafa
goce de una especial inconsciencia.
Una tregua. La renuncia a abandonar
un estilo de vida. ¡No somos
alemanes, hostia!
Entramos en un sitio
en donde suena una vieja canción
de Echo & the Bunnymen:
"Bring on the Dancing Horses".
No es preciso que nos pongamos a bailar,
le digo a ella. (Se ha puesto a brincar
como una loca y me hace sentir un poco
incómodo.) Pero si no hay nadie, dice.
En efecto, nadie hay a nuestro alrededor.


lunes, 7 de mayo de 2012

Fuimos a un cine.
Nuevas tecnologías
ya disponibles
en cada una de las salas.
Nos despedimos
de las antiguas
proyecciones
analógicas,
reza un anuncio.
Encuentro
un viejo disco
de The Blue
Aeroplanes.
El mejor grupo,
en su día, escribien-
do canciones de
cinco minutos.
No debes preocuparte,
serás amado,
dice el cantante.
Da la sensación de que
ya nadie escucha a
The Blue Aeroplanes.
Pongo el disco
en el coche.
Mejor quita esa música,
dice S., mi mujer.
El niño duerme.
Claro, le digo, perdona.
Por un instante yo he viajado
en el tiempo.
Las mejores canciones
de... Que callen
para siempre.
El cine analógico
ha muerto.


lunes, 30 de abril de 2012



Pensé
que Shaun Ryder
se convertiría
en una especie de
Tom Waits.
Es decir,
sería
capaz de
rentabilizar
sus excesos
más allá
de los cuarenta.
Aún estoy
esperando:
Shaun Ryder,
el resurgimiento.
No obstante,
el tipo
ya anda quizá
demasiado perjudicado.
Lo de Waits
debe ser
milagroso.
Ryder era sólo
un hedonista;
en cambio,
Waits
es
un poeta.
Tal vez
eso
que acabo
de decir, por muy idiota
que parezca,
lo explique todo.
El poeta
trasciende
siempre
los excesos
y
las circunstancias.


martes, 24 de abril de 2012



Yo he encontrado
de saldo
un disco de The House of Love.
Me ha costado dos euros
y medio. Cuando he llegado a casa
he buscado en YouTube
vídeos de este conjunto musical.
En uno de ellos, alguien ha comentado
algo en inglés: I miss
my youth.

El disco que yo he comprado tiene
ya más de veinte años. Fue
uno de los primeros
que aquirí, en vinilo,
con esa excitación
que se siente
cuando se es adolescente.

Alguien se ha puesto
nostálgico
de la misma manera que yo
y lo ha escrito, en inglés.
I miss my youth.
Algo tiene esta música
que ha quedado
grabado
en el disco duro
de la memoria.
Me está haciendo sentir
de otra época,
ahora
que la vuelvo
a escuchar.



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