sábado, 5 de enero de 2013




El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.

viernes, 4 de enero de 2013




Leer es poner una pantalla entre uno y los acontecimientos. Poner distancia, como se suele decir. Escribir es rubricar esa pantalla, afianzarla. Animado por Ebbinghaus, Javier Morant ha intentado escribir. Luego, ha eliminado todo lo escrito. Decenas de comienzos. Mi nombre es Javier Morant y vivo en una ciudad desierta... (¿Desea eliminar este documento? Aceptar.) Una mañana, una muchacha entró en el cuarto de baño y se encontró el cadaver de una amiga de la infancia... ¿Qué gilipolleces digo? ¿Para qué montar un numerito como éste? (¿Desea eliminar este documento? Aceptar.) El niño se bebía su baso de leche matutino, entonces el padre, enternecido, acariciaba su carita con fruición... ¿Qué significa eso de "acariciar con fruición"? Yo nunca he hecho eso, piensa Javier Morant. Lo que escriba no puede estar tan alejado de mi vida; no me sirve. No puede servirme un enmascaramiento demasiado complicado, piensa. Vuelve a intentarlo: En la tele, los anuncios dan la medida del deseo presente y futuro; la mujer se acerca al hombre y se acarician con fruición... Y dale con la puta "fruición". (¿Desea eliminar este documento? Aceptar, aceptar y aceptar.) A la mierda con todo. Le basta con la pantalla que supone la lectura. La lectura es honesta. La escritura es mentirosa. La escritura es siempre un intento de autoafianzarse a costa de deformar la realidad, al prójimo y deformarse a uno mismo. Construir un embuste y creérselo, a ver si cuela en un (posible) lector. No es para él (al fin y al cabo, un observador distanciado de la realidad; alguien que nunca ha querido intervenir en ella y, mucho menos, deformarla). Cuando lee, en efecto, Javier Morant juega a desenmascarar al escritor, descifrar sus imposturas. Javier Morant desmenuza el barroquismo de un verso, o de una prosa, jugando a descubrir al autor. (El autor, casi siempre, juega a vestirse con la escritura. Hay autores que, sin embargo, se desnudan. Cuando Javier Morant no es capaz de desvestir a un autor que, en efecto, se ha desnudado, se produce en él una especie de revelación. Una clase de epifanía. Como cuando un astrólogo descubre una nueva estrella.) Sucede muy pocas veces. Lo normal es que la lectura sea una actividad monótona, aburrida, exploratoria pero no febril, en la que nada se manifiesta sino la voluntad del autor de enmascararse, autoadornarse y cubrirse de retórica tediosa y desesperante: La mañana era angosta y nuestro héroe acariciaba con fruición el lomito de su perro... (¿Desea eliminar este documento? Aceptar.)

En la lectura de Proust, uno siempre espera encontrarse con la clase de epifanías anteriormente mencionadas. No siempre sucede. Proust requiere paciencia. Decenas y más decenas de páginas en las que el lenguaje es solamente una floritura. Un adorno alrededor de la contaminada mirada del autor. Un deambular sin rumbo aparente. Hasta que sucede. Entonces, todo cobra sentido. La espera ha merecido la pena. Y, como un drogadicto, Javier Morant sigue leyendo hasta la madrugada en busca de una nueva revelación; otra idea u otra frase, algo que despeje sus dudas y ponga en orden su vida, con todos sus elementos dispares: Silvia Serrat y Domingo, la autoescuela, Ebbinghaus, Marta, su puta madre. ¿Por qué todo ha de tener un equilibrio tan difícil?

A veces, Javier Morant se siente al borde de la locura; por eso busca desesperadamente la claridad en sus lecturas. Sus lecturas son como un rezo. Repetirse mentalmente las verdades de otro, para ver si iluminan algo. Leer se parece a mirar sin ser visto.

miércoles, 2 de enero de 2013




Yo no tengo mi lista
de lo mejor del año.
Y lo lamento.
Admiro esas listas.
Siempre que leo una de esas listas,
la tengo muy en cuenta.
Lo más difícil es encaramar
algo o a alguien
a lo alto de una de esas listas.
Lo mejor. El mejor del año.
Yo sí tengo a mi mejor
del año. Qué digo del año,
del siglo.
Tengo a mi mejor del siglo.
Compré el libro este año, pero
de saldo.
El libro fue publicado en el dos mil uno.
El autor, brasileño, murió
en mil novecientos ocho.
Mulato, epiléptico y tartamudo.
Autodidacta y académico.
El título: Memorias póstumas de Blas Cubas.
El autor, Joaquim Maria Machado de Assis.
El mejor del año. Bendita ignorancia,
la mía.

lunes, 31 de diciembre de 2012

(Flor de espino albar)





Ahora lee un libro de Jordi Bonells. Lo ha encontrado en su desordenada biblioteca. Hay lectores que dicen ser selectivos. A menudo, uno se encuentra con alguien que dice dirigir sus lecturas. Los que dicen dirigir sus lecturas son un poco como los que dicen dirigir sus carreras profesionales. Hay quien piensa que controla su vida. Eso es imposible. Al menos, de ese modo suele opinar Ebbinghaus. El libro de Bonells ha llegado a sus manos casi por azar. Javier Morant buscaba algo, otro libro, otro librito pop, para no tener que leer siempre a Proust. Esto es una excusa barata. Se pasa el tiempo leyendo cosas que no tienen nada que ver con Proust. Y luego habla de Proust como si fuera su escritor favorito. Pobre idiota, Javier Morant. Es un presuntuoso. Buscaba un libro de Arnaldur Indridason, cualquiera de sus libros. Javier Morant los tiene todos. Es muy fan del islandés. No obstante, se encontró con una novelita corta de Jordi Bonells. A Javier Morant le cae fenomenal Jordi Bonells. Por su condición de expatriado. Y porque ya no escribe en castellano. Se ha hablado mucho de Vladimir Nabokov, de la genialidad de cambiar de lengua a mitad de su carrera literaria, o de Joseph Conrad, polaco, que escribía en inglés. Samuel Beckett también cambió de idioma; según se dice, el tipo creía tener demasiada habilidad con el idioma inglés, de manera que se puso a escribir en francés para amarrar su estilo, para hacerlo un poco más tosco, menos fluido. De todos ellos se ha hablado mucho. Pero ahí está Jordi Bonells, que lo mismo escribe una novela en castellano o en francés, y que, al parecer, es mucho más conocido en Francia que en España. Un buen escritor ninguneado en el mundillo literario español. Un exiliano, un afrancesado.

Se ha hablado de la fragilidad de Jordi Bonells. Tal vez por ello, Javier Morant lo ha elegido. Ha elegido leerlo cuando se lo ha encontrado en su biblioteca. Porque Javier Morant tiene una suficientemente extensa biblioteca, en la que descansan multitud de títulos que todavía no ha leído. Javier Morant suele comprar muchos libros. No obstante, nunca los lee de inmediato. Los libros necesitan un tiempo de maduración en la biblioteca.

Domingo y Javier Morant salen a pasear. Se nota revuelo en las calles. Parece que la gente quiera celebrar algo. A saber. Hace frío. Domingo siempre tiene frío. Corre, suda y se constipa. No aprende. Los niños no aprenden. Javier Morant escribe un mensaje en su teléfono, para Silvia Serrat: Estamos en el supermercado y te echamos de menos. Enviar.

domingo, 30 de diciembre de 2012




La lectura de poemarios y novelas ha pasado de ser un entretenimiento banal a algo mucho más relevante. El encuentro con una, digamos, realidad paralela, anticipatoria y supersticiosa. En efecto, los libros, para Javier Morant, tienen cualidades totémicas, producen, de alguna manera, experiencias mágicas. Cada lectura, cada buena lectura, es como una puerta abierta a una nueva forma de percibir las cosas. Supone una ayuda para soportar la experiencia cotidiana. Una ayuda mayor inclusive que la terapia del psicólogo. Marcel Proust y la parsimonia en la desesperación, Vladimir Nabokov y la belleza en la malignidad, Rodrigo Rey Rosa y la severidad en el desconcierto, Bret Easton Ellis y el exibicionismo escéptico. Una vez acabado de leer, Javier Morant guarda el libro ceremoniosamente, cogiéndolo con ambas manos, como si lo acunase y, propinándole las últimas caricias, lo deposita en su lugar en una estantería (que al fin y al cabo es una especie de nicho en el que el libro descansará, dejará de hablar o hablará de otra manera, con una voz reiterativa y soterrada, como si fuera un eco de ultratumba). El libro ya está dentro de uno, una vez leído. Hay libros que se releen, pero son una minoría. La mayor parte de lo que uno lee nunca vuelve a actualizarse, se interioriza y envejece dentro. De manera que, en el interior de uno, el libro se nutre de prejuicios posteriores (valga la contradicción; tal vez habría que llamarlos postjuicios); esto es, el libro cambia, evoluciona, es desplazado por otros libros y va muriendo poco a poco, hasta que se olvida. Javier Morant recuerda pocos libros de los muchos que ha leído. Si le da por revisar su biblioteca se da cuenta de que apenas le queda un recuerdo vago de cada uno de ellos, un recuerdo hecho de sensaciones, más que de juicios certeros. Los poemarios y las novelas, las buenas novelas, fundamentalmente, le dejan a uno un poso emocional, muchas veces arbitrario y, casi siempre, equivocado. Y, sin embargo, de ese tipo de emociones se alimenta uno (como complemento de las otras, las cotidianas, las que suscitan las personas reales). Cada lectura emprende su particular batalla contra el olvido. Pocas la ganan. Y no siempre vencen las lecturas más histéricas. A veces, hay voces que son mansas en apariencia y, sin embargo, por alguna extraña razón, generan un eco mucho más duradero. La prosa de Marcel Proust pertenece a este género, sin duda. Proust parece haber ahogado el grito, parece haberlo sepultado debajo de toneladas de fruslerías. No obstante, el aullido se revela con la conveniente claridad en el poso que, aunque resulte siempre engañoso y lleno de postreros prejuicios, tiene que ser suficiente.

Si hay alguien, en la historia de la cultura, que retoma el espíritu de Marcel Proust es, quizá, el pintor norteamericano Andy Warhol. En Warhol, Javier Morant cree haber descubierto un temperamento similar al de Proust. La misma mirada laxa o indolente, circundando el paisaje de una época. El mismo gusto por las escenas triviales. La preferencia por enfocar el plano superficial de las cosas, amagando significados más hondos. La misma tristeza resignada, afectada de banalidad, infinita en sus argumentos. Uno se imagina a Andy Warhol con la misma fragilidad que ha enfermado a Proust.

Javier Morant ha decidido entrar en un local liberal que hay cerca de la autoescuela en la que trabaja. Necesita traicionar de alguna manera a Silvia Serrat. Quiere pensar que es él quien se está distanciando y que comienza a poner tierra de por medio. El local se llama Tarot y abre justo cuando finaliza la jornada de trabajo de Javier Morant. Puede decirle a Silvia Serrat que he tenido que reunirse con su tío, o ha tenido que acompañarlo a algún sitio. Un amigo le ha hablado a Javier Morant de este tipo de locales. Ese amigo al parecer los frecuenta. Javier Morant entra sensiblemente cohibido. Le recibe una mujer rubia platino, no muy guapa y entrada en carnes, vestida con un body y unas mallas, toda de negro, muy ceñida. La sonrisa de esa mujer le resulta ligeramente desagradable. La mujer le conduce a una sala en la que deberá sentarse junto a una barra de bar. No hay nadie en la sala, excepto un camarero, tras la barra. Pide una Coca-Cola Zero. Tendrás que esperar a que llegue la gente, dice la mujer. Media hora. Tres cuartos de hora. Entran dos parejas. La rubia platino las sienta en unas butacas que Javier Morant tiene a su espalda. Necesitaría beber alcohol para matar el nerviosismo. Pero se reprime. Bah, volverá otro día que esto esté más concurrido, piensa. Al salir, mira de reojo a las mujeres que conversan animadamente con sus parejas. No son gran cosa, piensa Javier Morant. Calcula su edad. Más de cuarenta y cinco, seguro. A la salida, la rubia platino le interroga: ¿Todo bien, caballero? Claro, dice Javier Morant, es que tengo un poco de prisa. Ya en la calle se siente liberado de la presión de tener que hacer algo. La puta Coca-Cola le ha costado quince euros. ¿Todo bien, caballero?, ¿todo bien, caballero?... repite, mentalmente, la maldita pregunta de la rubia platino, mientras se aleja caminando. Es que tengo un poco de prisa, ja. Soy imbécil, no tengo remedio. La mirada curiosa de la gente con la que se cruza le indica a Javier Morant que ha debido estar hablando solo, en voz alta.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Javier Morant se ha tomado unos días de vacaciones. La autoescuela en la que trabaja no funciona como debería. Su tío lo achaca a la crisis económica. Existe una especie de círculo vicioso: pocas matrículas, poco dinero entrante y, por consiguiente, poca capacidad de reinvertir el dinero mejorando las instalaciones y renovando los coches. La oficina parece tercermundista, con ordenadores que apenas funcionan. El jefe, un familiar cercano de Javier Morant (hermano de su padre y, por tanto, su tío), ha tenido que despedir a una de las secretarias. Anteriormente había dos: una trabajaba de cara al público y la otra en un despacho interior, ocupada en tareas administrativas. Ahora, la segunda se ocupa de todo: de las cuentas de la empresa, de atender a la gente, de las matrículas, de todo. Ya solamente quedan tres profesores, de los siete que llegaron a trabajar. Javier Morant, asustado, se metió de súbito en el despacho de su tío y le preguntó si pensaba despedirle, si era así le gustaría saberlo anticipadamente. No, Javier, le dijo su tío, serás el último en salir de esta casa. Tú y yo aguantaremos hasta el final; al fin y al cabo, dijo, somos familia. Pero, prosiguió, si encuentras algo mejor, no dudes en largarte; pues, lo más probable es que tengamos que cerrar.

Aprovecha las vacaciones para comprarse algo de ropa. Se compra unos pantalones que no se prueba y, al llegar a casa, se da cuenta de que no le vienen bien. Son su talla, una cuarenta y ocho. Pero, al parecer, las tallas cambian con las modas; de manera que los pantalones ahora son más pequeños; demasiado ajustados y con la cintura tan baja que deja al descubierto eso que popularmente se conoce como la raja del culo. Ya no tiene cuerpo para esa clase de ropa. A Javier Morant le está sucediendo algo que no creía que le sucedería nunca: las nuevas modas ya no son un estímulo sino un engorro. Se siente ridículo con ellas.

Vuelve al centro de la ciudad, a cambiar los pantalones. Camina alegremente por las calles y, de pronto, cree reconocer a Silvia Serrat sentada en un café, con alguien. Se fija un poco más. La otra persona es la amiga de toda la vida de su mujer, es decir, Marta. De modo que Silvia Serrat y Marta se ven por la mañana en un día laborable, como éste. Duda un instante: si acercarse y saludarlas, disimulando su terrible excitación, o esconderse y vigilarlas a distancia, a ver si las pilla en alguna actitud que confirme sus sospechas. Se sienta en una terraza al otro lado de la calle, desde la que ve sus dos cabezas. Aunque antes se ha acercado lo máximo posible, aun a riesgo de ser descubierto, intentado averiguar si, como parece en la distancia, tienen las manos entrelazadas, extendidas por encima de la mesa. No lo puede ver con claridad; hay objetos en la mesa que le impiden ver ese detalle, las manos juntas, tal vez acariciándose, sintiendo el cosquilleo de sus pieles tersas de mujeres de mediana edad cuidadosas con su cuerpo y todavía hermosas. Sentado en aquella terraza (en pleno invierno, pelado de frío), Javier Morant tiene a la vista las dos cabezas parlanchinas, que se sonríen y gesticulan, para él mudas, a través del cristal y el barullo de la calle. Espera un rato, se toma algo y, cuando ellas salen, Javier Morant paga al camarero con premura y las sigue. Ellas dos caminan como dos amigas, sin que nada indique la clase de sentimientos que las une. Parecen, en efecto, un par de inocentes amigas de toda la vida, un par de mujeres de mediana edad que se conocen desde niñas y se citan para desayunar porque ambas trabajan cerca del centro de la ciudad. Por qué no desaynar juntas, por qué no verse por la mañana en un día laborable como éste; y por qué decírselo a sus mariditos. Por qué Silvia Serrat nunca le ha dicho, al llegar a casa por la tarde, que hoy ha visto a su amiga Marta y que, inclusive, ha desayunado o tomado café con ella. Por qué ocultarlo.

Las dos amigas llegan a la altura del lugar en el que Marta ha dejado aparcado su coche. Javier Morant se detiene en seco. Parece uno de esos detectives ridículos que aparecen en las comedias malas de detectives; le falta extender el periódico para que no se le vea la cara. Se ríe de sí mismo. Al menos aún le queda un poco de sentido del humor. Las dos amigas se despiden con un par de besos en las mejillas. Una despedida fría, sin pasión. Seguramente, no se atreven a mostrarla en público, piensa Javier Morant. Marta sube al coche y desaparece. Silvia Serrat sigue caminando, probablemente en dirección a su oficina. Pero eso a Javier Morant ya no le interesa. Ya se lo conoce. Javier Morant se queda parado en la calle, frente al escaparate de una zapatería, agotado como después de un coito. Se queda inmóvil, paralizado durante dos o tres minutos. Por su cabeza circulan imágenes inconexas; de su vida con Silvia Serrat, de Domingo, de su relación con Marta y su marido, de cuando Marta se lo presentó, siendo adolescentes, del nacimiento de sus hijos, de toda esa cara A de su vida, oficial, burguesa, confortable, aceptada, visible. No sabemos nada, piensa Javier Morant, y se aleja, desconcertado, de aquel lugar.


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