martes, 12 de febrero de 2013




En vano nos agarramos a las telarañas flotantes
y al alambre de púas.
En vano apoyamos el talón en la tierra
para no dejarnos arrastrar con tanto ímpetu
hacia las tinieblas, que son más negras
que la más negra noche
y carecen ya de corona de estrellas.

Y cada día encontramos a alguien
que involuntariamente nos pregunta
sin abrir siquiera la boca:
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Y qué viene después?

Bailan y danzan aún un poco más
y respiran el aire perfumado,
¡aunque sea con el dogal al cuello!

domingo, 10 de febrero de 2013




Werner Herzog es un hombre del Romanticismo. Empezando por su aspecto. Esa jeta que se le ha ido haciendo, como de ser maligno, de vampiro despiadado.

En su cine pervive el espíritu romántico alemán. Herzog es un Caspar David Friedrich con una cámara cinematográfica. Un tipo que pretende enfrentarse a los límites naturales del hombre. Los confines, lo inaccesible, la locura, la diferencia, la deformidad. Uno intuye que a Werner Herzog no le interesa para nada la normalidad. La cotidianidad le aburre soberanamente.

En La cueva de los sueños olvidados no es distinto. En un primer momento, me extrañaba que Herzog hubiese centrado su atención en algo relacionado, intrínsecamente, con el mundo de la cultura (aun siendo prehistórica). No obstante, uno ve ese filme documental y no tarda en apreciar que a Herzog la cultura, en sí, es decir, esnobista, le da absolutamente igual. A Herzog le interesa, al contrario, y de nuevo, esa huida romántica lejos del mundo civilizado, hacia los confines. Le interesa la lejanía, el desplazamiento. Herzog, inclusive, utiliza el cine como un medio para escapar, como una clase de experiencia límite. El resultado, en cierto modo, es secundario.

¿Qué le puede atraer a Werner Herzog del mundo prehistórico? La inaccesibilidad, el desconocimiento, probablemente. Yo creo que a Herzog no le atrae tanto el conocimiento como el desconocimiento. En cada filme parece que quiera hacer tabula rasa, desbrozar lo que en el hombre hay de cultural. Alcanzar el origen de sí mismo en lo recóndito. Porque Herzog es, fundamentalmente, un artista que utiliza el arte para explorase a sí mismo.






viernes, 8 de febrero de 2013




Trato de hacer un poco de ejercicio físico
semanalmente.
Salir a correr
o algo por el estilo, lo mismo da.
Los padres de un amigo de mi hijo se mantienen
joviales y en forma gracias al deporte.
El papá del amigo de mi hijo
es triatleta.
Me toca el orgullo.
Salgo a correr.
Parezco un marsupial
arrastrándose por las calles.
Segregarás endorfinas,
dice el padre del amigo de mi hijo.
Las endorfinas son narcóticas, añade, risueño.

Yo fui un obseso del deporte
en otro tiempo.
Me he pasado al bando contrario.
Se me ocurren mil cosas que hacer
en lugar de ponerme a correr o lo que sea.
Detesto hacer deporte.




La luz cada vez más dura,
más impura. La luz que vacía
y ciega, convertida en locura
y aluminio, acá
donde en el opulento barullo
del mercado, la ciudad
escupe al rostro su Orgullo
y su Desmesura.



jueves, 7 de febrero de 2013




Nuestras vidas se deslizan
como los dedos sobre el papel de lija;
días, semanas, años, siglos,
y había épocas en que pasábamos llorando
largos años.

Hoy todavía camino alrededor de la columna
donde con tanta frecuencia esperé
y escuché, cómo murmura el agua
de las fauces apocalípticas,
sorprendido cada vez
por la amorosa coquetería del agua,
que estallaba en la superficie de la fuente
mientras caía la sombra de la columna en tu rostro.

Esta era la hora de la Rosa.
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