Werner Herzog es un hombre del Romanticismo. Empezando por su aspecto. Esa jeta que se le ha ido haciendo, como de ser maligno, de vampiro despiadado.
En su cine pervive el espíritu romántico alemán. Herzog es un Caspar David Friedrich con una cámara cinematográfica. Un tipo que pretende enfrentarse a los límites naturales del hombre. Los confines, lo inaccesible, la locura, la diferencia, la deformidad. Uno intuye que a Werner Herzog no le interesa para nada la
normalidad. La cotidianidad le aburre soberanamente.
En
La cueva de los sueños olvidados no es distinto. En un primer momento, me extrañaba que Herzog hubiese centrado su atención en algo relacionado, intrínsecamente, con el mundo de la cultura (aun siendo prehistórica). No obstante, uno ve ese filme documental y no tarda en apreciar que a Herzog la cultura, en sí, es decir, esnobista, le da absolutamente igual. A Herzog le interesa, al contrario, y de nuevo, esa huida
romántica lejos del mundo civilizado, hacia los confines. Le interesa la lejanía, el desplazamiento. Herzog, inclusive, utiliza el cine como un medio para escapar, como una clase de
experiencia límite. El resultado, en cierto modo, es secundario.
¿Qué le puede atraer a Werner Herzog del mundo prehistórico? La inaccesibilidad, el
desconocimiento, probablemente. Yo creo que a Herzog no le atrae tanto el conocimiento como el
desconocimiento. En cada filme parece que quiera hacer
tabula rasa, desbrozar lo que en el hombre hay de cultural. Alcanzar el origen de sí mismo en lo recóndito. Porque Herzog es, fundamentalmente, un artista que utiliza el arte para explorase a sí mismo.