sábado, 13 de abril de 2013

Los liberales dicen que deberíamos acabar con la discriminación en los empleos. Yo digo que deberíamos acabar con los empleos. Los conservadores apoyan leyes del derecho-a-trabajar. Siguiendo al yerno descarriado de Karl Marx, Paul Lafargue, yo apoyo el derecho a ser flojo. Los izquierdistas favorecen el empleo total. Como los surrealistas — excepto que yo no bromeo — favorezco el desempleo total. Los trotskistas agitan por una revolución permanente. Yo agito por un festejo permanente. Pero si todos los ideólogos defienden el trabajo (y lo hacen) — y no solo porque planean hacer que otras personas hagan el suyo — son extrañamente renuentes a admitirlo. Hablan interminablemente acerca de salarios, horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad, rentabilidad. Hablarán alegremente sobre todo menos del trabajo en sí mismo. Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente comparten sus ideas sobre el trabajo, pese a su importancia en nuestras vidas. Discuten entre ellos sobre los detalles. Los sindicatos y los patronos concuerdan en que deberíamos vender el tiempo de nuestras vidas a cambio de la supervivencia, aunque regatean por el precio. Los marxistas piensan que deberíamos ser mandados por burócratas. Los anarco-capitalistas piensan que deberíamos ser mandados por empresarios. A los feministas no les importa cuál sea la forma de mandar, mientras sean mujeres quienes manden. Es claro que estos ideo-locos tienen serias diferencias acerca de cómo dividir el botín del poder. También es claro que ninguno de ellos tiene objeción alguna al poder en sí mismo, y todos ellos desean mantenernos trabajando.


miércoles, 10 de abril de 2013

Cuarentón bailando animoso
mientras el hijo infantil observa
perplejo. Penoso. No obstante,
uno encuentra por casualidad,
removiendo unos viejos discos,
un recopilatorio anticuado
de los Stone Roses
y no puede evitar ponerlo
en el reproductor, y
escucha aquella vieja
canción, Fools Gold,
y baila como antaño y
se da cuenta de que ya no sabe
bailar. En efecto, baila
como un viejo.
Como aquellos viejos
que bailaban desacompasados
en los márgenes de las discotecas
cuando uno las solía frecuentar.
Pero uno intenta bailar
mientras esa canción,
Fools Gold, le produce
un raro ardor.
Entonces deja de sonar
y el peso de los años cae sobre uno,
de súbito, como por arte de magia.
Recuerda que ni siquiera
le gustaban los Stone Roses.
Todo ha sido un espejismo,
un dejarse llevar.
Tarda medio segundo en
recuperar la compostura.
Todo ha acabado.
Todo acabó.
Está bien así.
El infante se ríe
y baila. El infante se pone
a bailar cuando uno ha dejado de bailar.
Como en una extraña concatenación.


lunes, 8 de abril de 2013

Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo
te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni
para los iniciados. Es para la niña que nadie
saca a bailar, es para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o poderosos.



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