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jueves, 7 de noviembre de 2013




El libro nace del libro. Las palabras van tirando unas de otras. Digamos que en esa fase inicial lo único que tengo claro es el sueño del libro. Intuyo el efecto emocional que su lectura causaría en mí, en el supuesto de que existiese. Pero todavía no existe. Tengo, pues, que inventar la historia para que produzca ese determinado efecto, y no otro. Cuanto más me acerque a mi sueño, más cerca estaré de conseguir mi propósito y quedarme tranquilo.
Hay que desarrollar un oído finísimo, un oído de músico, para aprender a escuchar y respetar las necesidades de la escritura, que no siempre tienen que coincidir con las nuestras. Silencio. Si uno se calla y escucha con atención el tiempo suficiente, verá cómo el libro habla. Se dirige a nosotros en voz baja, llamándonos por nuestro nombre, y nos susurra algo al oído. La historia pide cosas y nosotros debemos dárselas. Es una relación de mutua dependencia. En todos los sentidos es una relación, como ya he insinuado, amorosa. Aprender qué es beneficioso y qué es perjudicial para lo que estamos narrando es, precisamente, el camino que nos conducirá a nuestro sueño de llegar a convertirnos en escritores.
Así pues, yo no parto de una historia definida, con personajes nítidos y una acción trazada con tiralíneas, sino del deseo de que haya una historia (subrayo esto). Escribir, para mí, es tener ganas de escribir. Ganas de que haya algo donde antes no había nada. Ganas de llenar un hueco. De cubrir un vacío. De salvar del olvido algo, algo pequeño, irrelevante, de poco peso, como el color del cielo una tarde, el traje arrugado de Sergio o un reflejo rojizo en la melena de Paula. Cualquier cosa. Soy muy visual (lo era ya antes de dedicarme a escribir; mi primera vocación fue la pintura), por lo que siempre necesito apoyarme en imágenes. Todo lo que he escrito hasta ahora, bueno o malo, está perforado por una mirada, la mía, y confío en que el temblor de esa mirada aporte intensidad a la prosa.

sábado, 29 de junio de 2013




Eloy Tizón dice en una entrevista
que nunca se llevaría un libro de Raymond Carver
a un hospital, para leerlo antes de ser operado
a vida o muerte.
Algo así creo haber entendido.
En cambio, sí se llevaría uno de John Cheever
para leer en esas circunstancias.
Tizón dice que Cheever, a pesar de su tristeza,
le ayudaría a superar la enfermedad.
Al contrario, Carver, la agravaría.
Creo que nunca había escuchado a un autor
célebre hablar en esos términos;
del sentido terapéutico de la lectura.

Yo, la verdad, invertiría esos dos nombres:
Carver me ayuda y Cheever me hunde.

miércoles, 26 de junio de 2013




Ahora que los escritores nocilla se extinguen o, por lo menos, parecen en decadencia, desplazados por el resurgimiento de los nuevos escritores llamados drama... Con esa vuelta a las estructuras narrativas tradicionales, de aires recios y estructuras serias... Ahora que las abstracciones pop de los nocilla se han vuelto anticuadas, con esa vacuidad de experimentos sin sustancia... Ahora que los escritores drama nos parecen igualmente gilipollas, pretendiendo haber inventado lo ya inventado, y sirviéndolo como algo nuevo (al igual que hicieron los anteriormente llamados nocilla)... Ahora que cuesta creer en la verdad de la literatura (como cuesta creer en cualquier verdad); y lo fácil es sentir el peso de las grandes verdades del pasado (pero las de verdad, las de los Flaubert, los Cervantes y los Faulkner, allí donde se sustenta la verdad de lo que fue literatura)...

Ahora uno lee a un tal Eloy Tizón y tiene la sensación de que la verdad de la literatura no ha muerto; de que no ha sido sepultada definitivamente por el peso terrible de todos estos autores muertos, anteriormente mencionados; y de que todavía vive, al margen del marketing de las empresas editoriales, discretamente, en silencio, en un segundo plano, lejos del ruido ambiental, trabajando la orfebrería del lenguaje, haciéndolo más preciso, más rico, más bello, como modelado por un viejo artesano. Ahora que los nocilla quieren ser drama y los drama pretenden ocupar el puesto de los nocilla, uno lee ese libro diminuto titulado Velocidad de los jardines y no entiende que no haya nadie que lo reclame para esos primeros puestos en el ranking de lo popularizable. Y eso que uno tan sólo ha leído ese librito discreto y un poco cursi; pero ya se impone la certeza de haber descubierto un gran autor, uno de esos escritores que parecen no tener escuela y dominan el lenguaje como nadie. Uno de ésos que te deslumbran sin que parezcan pretenderlo; en los que, todavía, uno cree reconocer hallazgos, aciertos, invenciones.

Un solo párrafo de Velocidad de los jardines vale lo que todo un libro drama o nocilla, con todo su ruido de modernidad vacía. Puede parecer una chorrada, pero leyendo a Tizón a uno le viene a la memoria la perversa habilidad para la metáfora de Vicente Aleixandre: esa misma elegancia discreta, la misma inteligencia formal. Tizón se declara nabokoviano, y sí, pero le falta el decantamiento del autor ruso por lo extraño y raro. Tizón inventa por el lado del lenguaje, no por el de la anécdota. A mí me parece mejor incluso que los afamados Marías, o Vila-Matas, o por lo menos de ese mismo nivel. A mí me parece que Tizón escribe como le hubiese gustado hacerlo a Marías, con altura pero sin engolamiento, con precisión pero sin necesidad de reiterarse. Tal vez me equivoque. Tizón hace una literatura de la ligereza, pero sin alardes, sin exhibicionismos; es decir, no como el shandy Vila-Matas. No creo que llegue a los niveles de prestigio y popularidad de estos dos; por lo que tiene de auténtico, de poco airado. A no ser que le pase como a Aleixandre y le den un premio Nobel y pase de manera inesperada a un primer plano. O puede que yo me haya equivocado y el resto de sus libros sea una mierda. Puede que Tizón sea un mediocre que una vez dio en el blanco. En cualquier caso, Velocidad de los jardines me parece un gran libro, de los que se guardan en la memoria.
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