lunes, 8 de abril de 2013
domingo, 7 de abril de 2013

Cuando en la tarde aparezco en los espejos
Cuando yo y la tarde queríamos unirnos
Tristemente nos despedimos
Tristemente nos hablamos en el espejo que disuelve las imágenes
Quién soy entonces
Quizás por un momento
De verdad soy yo que me encuentro
Quién soy yo sino nadie
Alguien que quisiera pasarse los días y los días
Como un solo domingo
Mirando los últimos reflejos del sol en los vidrios
Mirando a un anciano que da de comer a las palomas
Y a los evangélicos que predican el fin del mundo
Cuando en la tarde no soy nadie
Entonces las cosas me reconocen
Soy de nuevo pequeño
Soy quien debiera ser
Y la niebla borra la cara de los relojes en los campanarios.
sábado, 6 de abril de 2013


Ya no me quedan más dovlátovs. Los he leído todos. La maleta, El compromiso, La zona, Los nuestros y, ahora, La extranjera. Una pena. Publicó otras cosas, eso seguro. Pero no se traducen. Todos sus títulos traducidos son así de simples. La casa. La mesa. El árbol. Otros escritores cansan con sus florituras, con sus ansias de ensayar una escritura que destaque, que sea lustrosa y genere admiración. Son un misterio las motivaciones que tiene la gente a la hora de escribir cosas. Escribir es, generalmente, una forma de ostentación. A mí Dovlátov no me cansa. No me ha cansado hasta ahora. Supongo que si hubiera escrito mucho o sus libros fuesen muy extensos me hubiese aburrido. Hay una cierta humildad en Dovlátov. Una especie de timidez. Una timidez literaria. Dovlátov tiene una honestidad dolorosa. Dolorosa para él, por supuesto. Pero también para quien lo lee. Una ternura profunda, desarmante. Detrás de esa estampa de ogro que tenía. Ya no me quedan libros suyos. Destilaba su vida a través de ellos; como muchos otros hacen. Gota a gota. Entre la brevedad de Chéjov, su ruso más admirado, y el laconismo de escritores célebres norteamericanos como Hemingway, Carver o Bukowski. Escritura alcohólica. Porque hay una escritura que es alcohólica, cincelada por la experiencia de la borrachera. Con las resonancias de esa especie de pesimismo o desesperanza que corroe a los borrachos. Dovlátov es el más cabal, el menos exhibicionista.
Fue un traidor al bolchevismo, un expatriado. Se hartó de la burocracia socialista, de todas sus exigencias, de que no le dejasen vivir en paz. No obstante, tampoco en los Estados Unidos logró vivir tranquilo. Su misantropía viajó con él y con él se instaló en el famoso barrio neoyorquino de Brooklyn. La extranjera es su novela neoyorquina. La peor de las que yo he leído, probablemente. Pero es un libro de Dovlátov; ahí está ese tono cortante suyo, esa misma concisión de siempre.
Hay escritores que quieren ser como Ferran Adrià. Quieren hidrogenizar la carne de pollo. Quieren texturizar el salto de verduras. Dovlátov no es de ésos. Dovlátov te hace una tortilla de patatas de puta madre. Se sabe las complicaciones de hacer una buena tortilla de patatas.
Hay escritores que son caballos ganadores, pura sangre o lo que sea. Hay escritores que son perritos falderos. O hienas risueñas, traidoras, taimadas. O solitarios lobos. O sensuales gatos. Sergéi Dovlátov era una mula.
viernes, 5 de abril de 2013
Ella comienza a llamar mierdoso
todo lo tuyo. Tu ropa mierdosa,
tu coche mierdoso, tus discos mierdosos,
tus mierdosas revistas. Es un síntoma
evidente, muchacho. Todo esto ya cansa.
La tienes harta. Estás siendo expulsado
del paraiso. Llévate tus libros
a tu mierdoso estudio. Y con ese ansia
fagocitadora, llena tu estudio de ropa suya
de ese fondo de armario pasado de moda.
No hay premio. No hay nada. Queda esperar
el milagro de la resurrección.
La multiplicación de los panes
y los peces. El segundo hijo.
El recuerdo de la belleza
perdida. Si cabe, un nuevo verano.
todo lo tuyo. Tu ropa mierdosa,
tu coche mierdoso, tus discos mierdosos,
tus mierdosas revistas. Es un síntoma
evidente, muchacho. Todo esto ya cansa.
La tienes harta. Estás siendo expulsado
del paraiso. Llévate tus libros
a tu mierdoso estudio. Y con ese ansia
fagocitadora, llena tu estudio de ropa suya
de ese fondo de armario pasado de moda.
No hay premio. No hay nada. Queda esperar
el milagro de la resurrección.
La multiplicación de los panes
y los peces. El segundo hijo.
El recuerdo de la belleza
perdida. Si cabe, un nuevo verano.
jueves, 4 de abril de 2013
Acordarse de entonces,
de heridas que se saben de memoria,
abiertas como labios
que callan porque el tiempo se avergüenza
de su inútil lenguaje.
Pero ésta es la pregunta:
¿con qué antiguo dolor se va a pagar
lo poco que sabemos?
de heridas que se saben de memoria,
abiertas como labios
que callan porque el tiempo se avergüenza
de su inútil lenguaje.
Pero ésta es la pregunta:
¿con qué antiguo dolor se va a pagar
lo poco que sabemos?
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