martes, 19 de julio de 2011

Un dibujo, una pintura, en definitiva son un esquema. Como una foto. Un ídolo, un tótem. (Emblema protector, simbólico. Ejemplo de conducta o actitud.) Igual que una canción, o un libro. Se me ocurre que para que todo esto funcione, para que se active su mágia, se ha de hacer tangible. La materialización del ídolo es un requisito indispensable. De ese modo se hace concreto. De lo contrario no deja de ser fantasmal, aterrador, un espectro alienante. Pues bien, yo creo que con las imágenes televisivas pasa eso: nunca dejan de ser alienantes. Son como fantasmas que se nos aparecen en nuestras casas, en el interior de nuestros hogares, para arruinarnos el día, el año, la vida. Es posible que el ser humano nunca haya dejado de ser, digamos, totémico (es decir, aspirante a tótem, a ser uno, a tener uno, a ser protegido por uno). El aparente raciocinio de las tecnologías nos despista. Estamos en realidad perdidos en una total y oscura irracionalidad. La razón es un espejismo. Sus imágenes, como digo, son solamente fantasmas.
lunes, 18 de julio de 2011

La manera más sencilla que había para que un samurái acabara siendo rōnin era a través del nacimiento. El hijo o hija de un rōnin también era rōnin, siempre que no renunciara a su estatus. A menudo el rōnin por nacimiento soñaba con demostrar su valía para poder jurar lealtad con un clan, convirtiéndose así en un verdadero y auténtico samurái. Aunque esto ocurriera de vez en cuando, era algo infrecuente, reservado a los más talentosos, pues pocos daimyō estaban dispuestos a sentar un precedente permitiendo que un rōnin entrara en su clan. Más a menudo los rōnin eran enviados en ciertas misiones con la promesa de la admisión, para luego negársela basándose en algún tecnicismo.
jueves, 14 de julio de 2011
miércoles, 13 de julio de 2011
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