En los libros de Galeano entra el aire. Se leen con descanso; como si no fuesen una cosa literaria.
Galeano no es un escritor perfecto. Ni falta que hace. Tampoco es un vitalista al uso. Y no me vale que se le compare con el alemán ése, Günter Grass. Galeano es otra cosa. Es como una pildorita que te quita los miedos. Su lucidez va de eso.
Como desnudarse y darse cuenta que importa muy poco que los demás vayan vestidos y se estén dando cuenta. Desnudarse parece fácil con Galeano. Luego habrá otros que escriban libros para
vestirse, para que el artificio sea perfecto, elegante, barroco o lo que sea. Galeano se me ocurre que escribe
para no escribir. Escribe
por defecto.
Galeano es un escritor uruguayo post-Onetti. (Onetti, otro uruguayo
imperfecto y glorioso.) Se le nota por esa cosa oscilante, que va de lo poético a lo coloquial. En ese sentido, sin la densidad del mexicano, lo de Galeano apunta también a Rulfo.
Pero Galeano prefiere muchas veces el texto breve. Compone muchas veces a trompicones, a golpecitos. Sin adentrarse en nada, sino andando en círculos. Como si fuese un diccionario. (Como un diccionario, Galeano quiere
saber. Nunca se contenta solamente con relatar.)
Yo prefiero compararlo muchas veces con David Markson. Pero por el lado contrario. Es decir, Galeano, como Markson, muchas veces se mueve por el lado de la anécdota culta y la cita. Pero no como el norteamericano, que parece recurrir a la cultura para vaciarla; esto es, para
acabarla. Galeano, al contrario, le da una nueva vida a las cosas de la cultura; muestra
ese otro lado que pertenece, muchas veces, a quienes perdieron en la Historia.
En cierto sentido, Galeano sería a Markson lo que Bolaño a Foster Wallace.