
Mi relación con las obras maestras es cada vez más difusa, indeterminada. No logro concretar las obras maestras; no sé hacerlas mías. Me enfrento a ellas como quien se aproxima a un paisaje helado, sin vida.
Esta es una relación recurrente. Y un empeño que, sin remediarlo, me está costando la vida. En efecto. Quiero, quisiera, aproximarme a todas las obras maestras; a todos esos lugares de los que se dice que son hitos de la historia, con mayúscula. Pero no tengo tiempo, simplemente. Y, por otra parte, cada vez soy más consciente de ello, ni siquiera me siento capaz de aprehenderlas; de extraer de ellas todo lo buenamente extraíble. Con lo cual, tengo la sensación, terrible, ya lo he dicho, de estar perdiendo el tiempo.
Mis escasos ratos libres los empleo tratando de discernir algo de lo que supuestos genios quisieron legarnos; como si sus axiomas fuesen eternos, metafísicamente eternos.
Así, tardé varios años en deambular aburridamente por la gran obra maestra de Julio Cortázar, Rayuela. Aburridamente maravillado de cómo se puede prologar un discurso que circula encriptado en el subconsciente de quien lo escribe; en esa oscuridad moderna de antes que llamaron "surrealismo". Preguntándome a veces por qué soy capaz de perder el tiempo en esta obra literaria si no me permito ni medio minuto delante de una imagen de Wifredo Lam, o Max Ernst, cuando estoy de visita en un museo.
Leí la primera parte y abandoné el libro, perplejo. Meses después acometí la parte ambientada en sudamérica y volví a dejarlo. No hace mucho, me puse a leer la tercera parte, la que el mismo autor califica como "prescindible" y, curiosamente, me enganchó mucho más que las dos primeras. Por qué. Pues porque las dos primeras, como digo, se preocupan por describir el ambiente abigarrado y melancólico del subconsciente. Son sendos paisajes literarios; con ese discurso hermético de la modernidad que no ofrece gran cosa, que es tacaño con el lector, no invita a nada, no explica nada. Similar a la abstracción.
La tercera parte, al contrario, es un ensayo abierto con constantes referencias a las dos primeras, a menudo explicativo. Cierra y da coherencia al libro. Funciona como un contrapunto postmoderno; como metaliteratura antes de que nadie hablara de la metaliteratura; como Velázquez pintándose a sí mismo en Las Meninas o Federico Fellini filmándose a sí mismo en Roma.
Más tarde Mario Levrero invirtió este orden en La novela luminosa: primero destripó y luego encriptó.
Me ha gustado reconciliarme con Rayuela. En este caso, al menos, guardar una cierta constancia, mantener el empeño, creo que ha merecido la pena.