Escritores que cantan, cantantes que escriben.
Proliferan los cantantes que escriben. La industria editorial los reclama. Buenos músicos a los que se persigue y se les encarga su novela o sus memórias para que, de esa manera, se produzca una especie de trasferencia de la música pop a la literatura, aprovechando el tirón que tienen con sus fans. Que un tipo escriba buenos textos para sus canciones no significa que sepa escribir una buena novela. Antonio Luque cuenta que se le ofreció escribir su novela mucho antes de atisbar el resultado.
Bob Dylan siempre se dice que es un firme candidato a Premio Nobel de literatura. Sus memorias son de puta madre, pero su novela, Tarántula, es infumable. Su prestigio le empuja a aventurarse en territorios
experimentales ya muy trillados, enroscando el contenido hasta hacerlo ininteligible, como si la ininteligibilidad fuese su objetivo. Como si alguien le hubiese dicho: Hazlo raro y retorcido y te dirán que es bueno. No repitió la experiencia, que yo sepa.
Antonio Luque dice, no sin sorna, que prefiere ser recordado como un escritor que canta. Su novela,
Exitus, está llena de esos chascarrillos suyos, silepsis, aliteraciones y otros juegos ingeniosos con el lenguaje. En corto, resultan graciosos; pero en una novela relativamente larga como la suya todos estos juegos entorpecen la lectura. Cansan, agotan. Y resultan ilógicos en un texto de corte realista. Digamos que no pega bien la textura del lenguaje con las cualidades narrativas del texto. Yo no he podido acabar de leer esa novela.
No conozco la novela de Lou Reed; tal vez aún no la haya escrito. La novela de Tom Waits la escribieron otros: los Bukowski o Carver.
Yo a veces he discutido con mi madre sobre la importancia de los libros frente a las películas. Mi madre dice siempre que los libros son mejores porque cuentan más cosas, cabe más en ellos.
Tiburón es mejor en libro que en el cine, dice ella. Mi madre me hizo leer el libro y me gustó. Pero yo le dije que aunque el libro sea mejor la película, en ese caso concreto, es mucho más importante.
Los cantantes son mucho más importantes.
Nick Cave sabe escribir novelas. Sabe mantener el pulso en un texto de largo recorrido. Me gustó leer
La muerte de Bunny Munro. Encuentro ciertas concomitancias con la literatura de Cormac McCarthy. Sin embargo, como es evidente, Cave no alcanza a McCarthy. El escritor, McCarthy, tiene en su medio mucha más riqueza, más matices, más recursos. En el caso de Nick Cave se cumple de nuevo la regla: el cantante es mucho más importante que el escritor. A pesar de que, como decía mi madre, en la novela se cuenten más cosas que en una canción.
Algo parecido sucede con Steve Earle, otro cantante que se pone a escribir
a la manera de Cormac McCarthy. Recuerdo que leí una entrevista en la que el cantante, al verse comparado con McCarthy, se puso a criticar los finales pesimistas del escritor. Pues eso: Steve Earle escritor es un Cormac McCarthy con finales felices.
Bruce Springsteen no se ha atrevido con los libros, que yo sepa. El cantante es más importante.
Johnny Cash escribe áspero, como canta. Pero sus memorias,
Man in Black, no impactan como la presencia del cantante y su voz.
Leí en alguna parte que le han pagado muchos millones a Keith Richards por firmar sus memorias. Yo creo que el guitarrista ni siquiera habrá escrito ese libro titulado escuetamente
Vida.
El mejor, de entre todos los cantantes-escritores, tal vez sea Leonard Cohen. Tal vez sea el único que se acerque a la fórmula del escritor de oficio que circunstancialmente se pone a cantar. A pesar de que esa circunstancia le de fama e importancia y acabe siendo un oficio. De hecho, creo que Cohen comenzó como poeta e hizo un primer disco sublime sin apenas saber tocar una guitarra acústica. Absolutamente recomendables, a mi modo de ver, todos sus poemarios y una novelita libertina titulada
El juego favorito.
El indie-rock es una especie de intelectualización del rock. Una forma de elevarlo de estatus, de convertirlo en alta cultura, elitista, para iniciados. No es raro que sus estrellas pretendan rubricar su posición gracias al medio literario. Bill Callahan, Michael Paul Hinson y Willy Vlautin escriben sus novelas. Yo no he leído ninguna.
Los últimos, los más recientes que yo me he encontrado en las librerías: el francés Dominique Ané y el norteamericano Dean Wareham. Ambos, autores de
Regresar y
Postales negras, respectivamente. Yo creo que estos dos son ejemplos más que dignos de cantantes que, en un momento dado, se inmiscuyen en un territorio que no es el suyo; sin falsas pretensiones y sin obviar su realidad de cantantes, de estrellas de la canción popular. Como el Dylan de
Crónicas, Ané y Wareham se limitan a sumergirse en sus recuerdos y a tratar de escribir con honestidad sobre lo que ellos conocen bien, sin coartadas de falsa pompa literaria. En los límites de ese territorio acotado por su propia biografía y el contexto de la música popular ganan enteros. Se hacen únicos, imprescindibles.