
Yo siempre he querido encontrar un esquema válido, un reduccionismo, un espacio donde moverme a gusto. Como Rothko o Morandi, con sus interminables series de cuadros casi iguales. Ahora parece que se propicia lo contrario. Un poquito de cada cosa, sin continuidad. Arreglar grifos sin saber de fontanería. Hablar o escribir de lo que no se conoce, como si se hubiese estudiado a fondo. Lo significativo es el fraude. Hace no mucho, yo hablaba con un amigo sobre arte. Emití mi habitual perorata pesimista: Nada de lo que se hace ahora es significativo; nada añade nada a un discurso ya finiquitado. Tampoco los pintores o artistas que me gustan, Tuymans, Sasnal. Todos ellos son nostálgicos del arte. Rastreadores de rutas ya establecidas. Probablemente tengan razón los tecnócratas. Tal vez el patrimonio de lo nuevo cambió de manos hace ya mucho tiempo; de los artistas y escritores a los científicos e ingenieros. El mundo actual se configura en los ámbitos de la ciencia y la tecnología. Sin que ya nada pueda hacerse desde el arte o la literatura. Excepto una protesta muda. Una especie de nostalgia del hombre.
Mi amigo, mucho más agudo que yo, me dijo que el arte actual sí merece la pena ser observado. En el arte, dijo, se produce un fraude similar al que se produce en otros ámbitos, como la política y la economía. La calavera de Damien Hirst es como los bonos de Lehman Brothers. En efecto, el mundo del arte merece la pena ser observado desde fuera, con SARCASMO.
Arnaldur Indridason adapta su literatura al esquema de la novela negra clásica. Sus novelas comienzan todas con el hallazgo de un cadáver. El inspector Erlendur Sveinsson es un tipo desencantado. Pero no como el cínico Sam Spade. Sveinsson no sabe distanciarse, vive permanentemente deprimido; perseguido por problemas tan mundanos como una hija drogadicta que lo busca de vez en cuando para aliviarse el mono. Sveinsson es un tipo normal aplastado por el mundo. El cadáver, en cada caso, es un enigma que se resuelve en el pasado. El muerto es, en cierto sentido, arqueología social. Indridason dibuja siempre un paisaje ambientado en el pasado más o menos reciente de su país.
Indridason escribe con gusto, parsimonia y sequedad. Yo creo que Arnaldur Indridason hace con la novelística de Chandler o Hammett lo mismo que Aki Kaurismäki con el cine de John Ford o Howard Hawks. En las novelas de Indridason, como en las pelis de Kaurismäki, el hieratismo es modernidad.
En un país como Islandia en el que, al parecer, apenas hay asesinatos, los escasos homicidios que se cometen en las novelas de Indridason son como el extremo de un hilo del que tirar hasta llegar a, digamos, la descripción de una sitiación en la Historia. De lo particular a lo general. De una tragedia particular a la denuncia social. Sin aspavientos, sin pirotécnia efectista, sin tarantinismo. Sencillo y efectivo.