martes, 10 de enero de 2017







Me gustan las mujeres tímidas. Las señoras huidizas, misteriosas, como gatas. Siempre me han parecido atractivas. No todas. Algunas. La timidez digamos que intensifica su atractivo.

Sin embargo, nunca he tenido una relación que se pueda considerar relación con una señora tímida. A mí me han tocado siempre alegres y expansivas. Lo que supone una bendición; porque las personas tímidas, como yo, generalmente defraudan.

No esconde nada alguien tímido; excepto un punto de vista cerrado, un poco más limitado que el resto, y una capacidad superdotada para las neurosis.

Hay que asumirlo.

Fleur Jaeggy y Marisa Madieri son escritoras tímidas. Coinciden en la lengua literaria, el italiano, y que ambas son, o han sido (Madieri ha muerto), las esposas de intelectuales italianos proteicos e importantes como Roberto Calasso y Claudio Magris, respectivamente.

Desde la distancia que confiere una afición bastante simple a la literatura, bastante precaria, Jaeggy-Calasso y Madieri-Magris son binomios similares. Yo las prefiero a ellas, escritoras gatas, delicadas, esquivas; aunque entiendo que la talla intelectual de sus famosos maridos les proporciona a ellas personalidad y encanto. Esto es, en cierto sentido Jaeggy y Madieri son satélites de los planetas Calasso y Magris. Es de suponer que lo han asumido así y se benefician de ello. Calasso y Magris juegan el papel de grandes intelectuales todoterreno, de saber enciclopédico y vastísima erudición; mientras sus mujeres ejercen una escritura del detalle, la intimidad y el extravío. Puede sonar machista, y lo es; pero yo creo que es así.

Recuerdo un cuento de Jaeggy en el que narra un encuentro en Nueva York con el neurólogo Oliver Sacks. Calasso está presente. El encuentro sucede en un restaurante en el que hay una pecera. Calasso y Sacks conversan sobre alguna cosa que no aparece en el cuento. La narradora, Jaeggy, se evade de la conversación e imagina una conversación paralela con uno de los peces que aguarda en la pecera del restaurante, a punto de ser capturado para servir de comida.

Es fácil imaginar una conversación erudita entre Sacks y Calasso. Una conversación plagada de citas y de nombres y de cultura. Y a la gata Jaeggy burlándose de la erudición de sus dos acompañantes y observando obsesivamente la boquita del pez abriéndose y cerrándose como si hablara.

Jaeggy estaba allí y no en otro sitio, de cualquier modo.

martes, 3 de enero de 2017




Creo que cultivo tensiones
como flores
en un bosque al que
nadie va.

Cada herida es perfecta,
se cierra en un diminuto
imperceptible brote,
que causa dolor.

El dolor es como una flor, como aquélla,
como ésta,
como aquélla,
como ésta.
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