miércoles, 29 de febrero de 2012



Yo he leído cuatrocientas cincuenta páginas de la novela Contraluz. Creo que debo parar. Lo dejaré por un tiempo. S., mi mujer, dice que tal vez me esté obsesionando demasiado con el puto Thomas Pynchon. Ya puedo decirle que no, que de eso nada y que yo no soy obsesivo con escritores que no me conciernen, es decir, que no me interpelan de manera directa y efectiva. La lectura de Contraluz es divertida, rocambolesca y genera una intriga, digamos, como la generaría el proceso de fabricación de un objeto de arquitectura desmesurada y curvilínea. No es despreciable en absoluto, no querría confundirme afirmando lo contrario; en Contraluz hay mucho conocimiento, ya lo he dicho, contiene una gran erudición y denota un espíritu juguetón muy divertido. Tal vez lo que ha dejado de seducirme sea su falta de integridad. Ya sé: resulta ingenuo hablar de integridad refiriéndose a Thomas Pynchon. No creo que a un escritor como él le preocupe la integridad. Es sintomática, en ese sentido, la estrategia de la no exposición de su persona a los medios. Su ocultamiento forma parte del distanciamiento al que anteriormente me he referido. Su persona, su vida, su cotidianidad, andan ocultas en algún lugar de, supuestamente, la Costa Oeste norteamericana, en alguna población californiana. Sus libros tienen una existencia aparte, separada de él. A mí siempre me ha interesado este fenómeno; la relación de un artista con su obra, el grado de implicación o distanciamiento. Contrarios al paradigma Thomas Pynchon hay escritores que, desde Michel de Montaigne, articulan sus literaturas alrededor de sus existencias personales, como un producto indisociable de sus vidas. Se me ocurren muchos, más allá del reciente fenómeno de la autoficción (que de reciente tiene poco): desde el ingenioso y también barroco Giacomo Casanova, pasando por nuestro amable y cercano Josep Pla o el refinado y decadente Marcel Proust. Todos ellos propietarios de literaturas deudoras, directamente, de su experiencia vital. En cierto modo, Thomas Pynchon representa el modelo contrario en su expresión más sofisticada. Pynchon es en cierto modo un escritor anónimo; pues su nombre nada dice de él, el nombre es solamente un vocablo asociado a la autoría de una serie de libros, como si fuera una marca comercial. Un nombre sin rostro que, al ser premiado, envía un cómico a recoger el premio en su representación. ¿No sería lícito sospechar que ese adolescente que aparece fotografiado en las cuatro o cinco imágenes conocidas del escritor pueda ser en realidad un personaje-señuelo, al igual que el cómico que recoge el premio? ¿Ese tipo sonriente, de prominente dentadura y cara un poco de idiota, es él, Thomas Pynchon? Creo haber leído que de los pocos datos biográficos que se conocen (ex marine, graduado en Cornell y ex redactor de manuales técnicos para la marca Boeing) ninguno es comprobable, es decir, el nombre de Thomas Pynchon no figura en los archivos del ejercito norteamericano, tampoco en los de la universidad de Cornell ni en los de la compañía Boeing, como si no hubiera existido o él mismo se hubiera preocupado de eliminar todo rastro. También se dice que fue alumno en Cornell de Vladimir Nabokov; pero Nabokov, interrogado sobre Pynchon, admite no recordarlo en sus clases. Tiene gracia este juego de ocultamiento. ¿Es entonces Thomas Pynchon el tipo envejecido que aparece en un par de fotos publicadas en algunos archivos de internet? ¿Es ése el auténtico Pynchon? Como ya he dicho anteriormente yo no veo parecido con el joven de prominente dentadura y cara un poco de idiota. En el caso de ser la misma persona, probablemente unos cuarenta años separan las imágenes de uno y de otro. Yo creo que no es posible sacar conclusiones a partir de esas imágenes. Thomas Pynchon definitivamente está en otra parte.


¿Estoy demasiado obsesionado con el escritor Thomas Pynchon y la obsesión me nublará para enfrentarme a cualquier otra literatura? Tengo que defenderme de eso. Yo he dicho muchas veces que me importa un comino Thomas Pynchon y su literatura postmoderna. Escribo sobre este escritor precisamente porque no le doy importancia. No podría escribir sobre Contraluz si verdaderamente me importara. Cualquiera sabe que a mí me obsesionan muy pocos escritores y son los de siempre, los que a todo el mundo obsesionan; Cervantes, Flaubert, Faulkner, Kafka, Beckett, Bernhard, todos ésos. Esto es, yo estoy en realidad obsesionado por, digamos, la modernidad de las cosas; no me interesa para nada la postmodernidad. Me interesa sobre todo detectar en una literatura la sensación de que el escritor se enfrenta a lo desconocido; no importa que posteriormente se haya convertido en modelo literario y haya sido superada su modernidad; en mi opinión existe un sentimiento intrínseco de modernidad en digamos el pánico de quien se enfrenta a algo por vez primera; y esto queda retratado en el texto, de alguna manera permanece en su sustancia literaria y es común, como digo, a todos los escritores anteriormente nombrados (Cervantes, Flaubert, todos ésos) y algunos más. En Thomas Pynchon, como en cualquier literatura postmoderna, yo no percibo en absoluto ese sentimiento. Da la sensación como digo de que la postmodernidad camina sobre un territorio abonado, es decir, sobre seguro, sin que se perciba verdaderamente el peligro de lo desconocido, esto es, con la única coartada asumible del distanciamiento irónico, la broma y el juego. La postmodernidad lo convierte efectivamente todo en un juego, un juego apartado de la vida y desde el que el escritor, esto es, el artista, nunca se verá afectado, es decir, nunca se sentirá amenazado (me refiero a una amenaza real, cercana, cotidiana y unida a la existencia). Me importa poco que David Foster Wallace, paradigma de lo postmoderno, se haya suicidado. Bien es cierto que Foster Wallace, Pynchon y Gaddis, por citar tres de los más reconocidos, han enfocado la postmodernidad desde una perspectiva que, al menos aparentemente, representa una cierta continuidad con el periodo moderno, ya lo he dicho. No obstante no creo que su implicación con el hecho literario fuese lo que llevó a Foster Wallace al suicidio; a mi modo de ver ese tipo era un neurasténico. Su neurastenia efectivamente puede detectarse en sus novelas y cuentos; pero no como implicación real de la literatura en la existencia sino como, digamos, problema nervioso. Foster Wallace, como Thomas Pynchon y los demás postmodernos, era un incrédulo. Los modernos, al contrario y a mi modo de ver, son todos unos crédulos. La cuestión, tal vez, es si el momento actual nos permite volver a ser crédulos de alguna cosa; o estamos condenados al cinismo perpetuo de la incredulidad.


martes, 28 de febrero de 2012



La novela de Pynchon se titula, exactamente, Against the Day, Contra el día. El traductor, un tal Vicente Campos, se ha sacado de la manga Contraluz. En algún blog yo he leído que el propio Pynchon está de acuerdo con el título en español; e, inclusive, hay quien dice que Thomas Pynchon sugirió Contraluz como posible traducción, pues en algunos pasajes del libro se hace alusión al efecto lumínico a contraluz. A mí me gustan los dos títulos. El original, Contra el día, resulta más exacto en cuanto a los propósitos del libro. Para Pynchon el día, o lo diurno, representa la normalidad o la cotidianidad, el orden lógico de los acontecimientos; es decir, la lógica de la vida convencional, el trabajo y las relaciones laborales, las actividades productivas y ordinarias. En su novela todo funciona contra lo anteriormente descrito; fundamentalmente contra la normalidad y la lógica diurna. Como ya he dicho otras veces, en la novela de Pynchon a mi modo de ver hay una fuga constante, continua e hiperbólica, lejos de cualquier idea de cotidianidad. Se manifiesta de acuerdo con un manierismo total, sin tregua. En cierto modo, el manierismo de Thomas Pynchon, por su búsqueda constante del extrañamiento, significa una continuidad del periodo moderno. Su postmodernismo radical es tal vez la única salida viable de la idea de originalidad. Otros, como Jonathan Franzen o Richard Ford, más apegados a alguna clase de realismo, asumen modelos añejos y por tanto suponen un corte, preciso, con el periodo moderno. Thomas Pynchon, al igual que William Gaddis y David Foster Wallace, todavía es tildado de renovador de la narrativa. Al contrario que los anteriormente citados, Franzen y Ford, por poner dos ejemplos evidentes, que se alejan por tanto de la idea de originalidad e, instalados en la tradición, proponen una literatura de calidad y sin aspavientos. El título Contraluz a mí me gusta porque ilustra esa especie de dificultad o molestia que uno experimenta leyendo la novela. Me recuerda, ya lo he dicho, a Cegador, de Mircea Cărtărescu. Pero uno desconfía ya de si el título de Cărtărescu es suyo o cosa del traductor.

lunes, 27 de febrero de 2012



En una Manifestación, entre la muchedumbre, me hago invisible. La gente silba y grita. Soy como un punto intermitente en una masa de gente. Me incomoda sentirme así, bulto, masa. Tanto hermanamiento se me hace raro. Compartimos todos un instante, una causa; luego podemos seguir siendo enemigos.

La invisibilidad me produce unos dolores intensos. Son como una artrosis. Podredumbre interior. El esqueleto sufre con la invisibilidad. Para ser un hombre invisible estupendo hace falta ser blando como una oruga. Por otra parte, resulta mucho más fácil hacerse invisible por las tardes, sin las tensiones del trabajo. La invisibilidad es una forma de ser mezquino; pero es una forma de ser mezquino que me corresponde. Es bueno que haya un ocio nocturno, al margen del día.

De la lectura atropellada de Contraluz lo que más me interesa es configurar el retrato de Thomas Pynchon. Vuelvo a buscarlo en internet. Siempre aparecen esos dos: el joven Pynchon, sonriente, ingenuo, parece un cómico norteamericano; el viejo, armado de un risa recelosa, como admitiendo haber sido desenmascarado. Yo a Thomas Pynchon me lo imagino grueso, al estilo Orson Wells. Pero un Orson Wells ingrávido, etéreo.


La postmodernidad es un territorio estancado en el que cualquier cosa se regurgita digerida a veces igual, con un mimetismo casi absoluto, y otras veces como una nueva versión, perversa y autoconsciente. En cierto modo eso es todo lo que nos queda; pastiche a tutiplén. Llegado a este punto, asumido el pastiche cultural, las formas se dispersan (no existirá ya nunca jamás consenso en cuanto a lo formal) y cada cual que campe a sus anchas. Es lo que hay; tal vez ya no pueda haber otra cosa. En un diario, en el suplemento cultural, este fin de semana se señala, como síntoma (postmoderno al fin y al cabo), la desaparición de la figura del intelectual moderno. El intelectual ya no es visible; no existen guías culturales precisamente por esa falta de consenso en lo formal. Hay como es evidente una crisis de modelos culturales; sustituidos por esos misteriosos y ocultos submodelos o infraguías, llamados blogueros o twitteros, que brotan espontáneamente en internet y se miden a sí mismos y su importancia de acuerdo con el número de seguidores que marcan los contadores automáticos instalados en la web.

Yo siempre he pensado que hay algo mezquino en esto de la postmodernidad; un ingrediente cobarde, poco atrevido y conservador. Da la sensación de que la postmodernidad es una coartada del capitalismo; una excusa para desactivar cualquier conciencia (cultural) que guarde, todavía, algún sentido crítico y sea un poco incómoda para el desarrollo de la gran maquinaria capitalista. La postmodernidad representa en cierto sentido el final de la cultura; el momento en que la cultura ya no mira hacia adelante, de cara a las utopías, sino hacia atrás, volviendo a lo ya dicho o hecho, para reordenarlo con ironía, como juego. Esto es en definitiva Thomas Pynchon, uno de los más grandes del postmodernismo sin lugar a dudas.

Contraluz es juego postmoderno y es reescritura; leyendo esa novela interminable uno no tiene otro remedio que aceptar sus trampas. A mí a veces me recuerda las películas de Quentin Tarantino. Thomas Pynchon tiene mucho de Tarantino en algunos aspectos; y, quizá, a su vez, en la estrategia de fondo. Al fin y al cabo, Pynchon, al igual que Tarantino, lo que hace es regurgitar literatura popular y denostada; elevándola, pervirtiéndola y cargándola de juego irónico, de broma y absurdo. Tal vez el esquema de Quentin Tarantino sea mucho más sistemático; dedicando cada uno de sus filmes a la reescritura de, en concreto, uno de los viejos y denostados subgéneros. Thomas Pynchon produce, al contrario, toda una amalgama postmoderna compuesta de western y literatura juvenil, de folletín decimonónico y literatura fantástica, todo a un mismo tiempo.

A menudo resulta inevitable, entre bostezo y bostezo, apearse de esa especie de carrusel literario que propone Thomas Pynchon y decir, ya basta de gilipolleces, dejo la puta novela, no acepto ni una tontería más. Como en las películas de Tarantino, en la novela de Pynchon no es posible encontrar nada que apele a la cotidianidad del lector-espectador, nada a lo que asirse; todo es juego y es barullo, todo diversión y risa, parodia, sarcasmo, caricatura. ¿Qué se propone como conclusión el escritor? ¿Para qué esa fuga sin fin, absolutamente excéntrica y anti-realista?


viernes, 24 de febrero de 2012

(Observaciones de S., la mujer)

Tanto tremendismo es destructivo. Anda por la casa como un fantasma. Se tumba en el sofá y se pone a ver cualquier mierda de programa televisivo como si estuviera hipnotizado. Ay, José Moro, quién te viera y quién te ve. Se ha comprado en las rebajas un suéter con una capucha que siempre lleva sobre la cabeza, como un fantasma. La puta capucha y la barba marxista le dan un aspecto realmente fantasmal. Me estoy dando cuenta de que todo lo que estoy escribiendo evoca la figura del fantasma. Mi marido es un fantasma, un especto lúgubre y desastrado. Dice que está deprimido, que está pasando por una mala época. Yo le digo que hay que procurar ser felices, que todavía nos quedan muchos años. Y él va y dice que tal vez no, que probablemente muera mucho antes de lo esperado. ¿De lo esperado?, le digo. Yo ya no espero nada de ti. Me has decepcionado soberanamente. Si pudiera te tiraría de casa o haría marcha atrás. Me deprimes, le digo. Tal vez tú estés deprimido, pero de lo que no tienes derecho es de amargarnos la vida a mí y al niño, que al fin y al cabo no somos culpables de nada. El libro ése que está leyendo, ese libro gordo, de Petete, ja, dice que tiene parte de culpa. Es como un imán destructivo, dice. Está maldito, te arrastra al fondo de algo, lo que sea. Vierte pensamientos absurdos y paranoicos. Pues déjalo, le recomiendo en serio. No puedo, dice. Ayer yo llegué tarde a casa. Los jueves trabajo hasta tarde. El comedor estaba totalmente desordenado, como si hubiese habido una guerra. El niño, D., estaba solo y la televisión encendida con esos dibujos horribles a todo volumen, Bob Esponja, creo que se llaman. Los dibujos favoritos del hijo pero también de padre. A veces pienso que lo son del hijo por culpa del padre, de tanto que se los pone. Se los ha comprado en dvd, inclusive, y los guarda en un estante como si fuesen de oro o una obra de arte importante. Junto a sus catálogos de pintores, Velázquez, Vermeer, Corot, están los dvd de Bob Esponja. Vaya ridiculez. A mí este tío me sedujo una vez porque lo creía un intelectual, alguien con una inteligencia e interesado por las cosas importantes de la vida. Creía que José Moro era una persona consecuente, admirable. Y, cada vez más, se va revelando su lado ridículo, agigantado hasta límites por ahora imposibles de calcular. Llegué como digo tarde a casa y José no estaba con su hijo; parecía que no hubiera nadie más en la casa. Pensé: ¿será capaz de haberlo dejado solo y haberse largado, el puto tarado ése? Tardé un rato en darme cuenta de que el niño estaba solo porque el papá se había suicidado. Vaya suicidio chapucero. No era ni siquiera un intento de suicidio sino una parodia, absolutamente idiota. Se había atado un cordel al cuello, del que colgaba el susodicho libro gordo de Petete, ja, ¿cómo se titula?, ah, Contraluz, había metido el libraco ése en una bolsa de plástico y había atado la bolsa con el cordel y el cordel al cuello, y estaba, el gilipollas, metido en la bañera con el agua hasta los topes, como si el puto libro pudiese arrastrarlo hacia el fondo. Vamos, José, le dije, que ya eres mayorcito. Abrió los ojos, me miró, impasible, distante, y dijo: No puedo más, S., no puedo más...


jueves, 23 de febrero de 2012

Estilo es placer. Pongamos que puede afirmarse una cosa así. Si algo se trasluce en Contraluz es que Thomas Pynchon tiene un gran estilo. Tal vez varios estilos. O uno muy complejo, cargado de referencias y recursos literarios. Un estilo voluble y fastuoso. Si estuviésemos hablando de un deportista, Thomas Pynchon no sería exactamente un buen especialista; es decir, no sería un buen velocista, no un buen fondista, no exclusivamente un buen saltador, ni un buen pertiguista, sino un compedio de todos ellos. Thomas Pynchon sería, digamos, como un musculado y poderoso decatleta. En el vaivén de su novela yo estoy ahora de nuevo en una parte dedicada al minero anarquista, muerto por un par de asesinos a sueldo que se enrollan con la hija díscola del minero mientras los hermanos de ella prometen venganza. Estoy en una parte sucia del relato, en la que la hija del minero se lo hace con los dos asesinos de su padre al mismo tiempo, por el culo y por la boca; y dice gustarle el sabor de la mezcla de su mierda y sus fluidos. Thomas Pynchon como digo contiene muchas escrituras; a veces su prosa es de un barroquismo elitista, llena de cultismos y frases enrevesadas, y al rato desciende al submundo de lo sórdido, con descripciones mundanas de lo más burdo. Esta concepción de un estilo total es lo que le diferencia de otros postmodernos seguidores suyos, como el anteriormente citado Jim Dodge. La fastuosidad de Pynchon es apabullante. Los demás, incapaces de alcanzar el todopoderoso estilo pynchoniano, se conforman con imitar su imaginario.

El imaginario. Yo creo que Contraluz pretende ser una novela global. Tiene un comienzo en los Estados Unidos pero se desplaza hacia otras geografías (con la excusa del aerostáto de los Chicos del Azar; pero no sólo en los fragmentos del relato dedicados a ellos). Si tuviera tiempo y ganas me dedicaría a tratar de comprobar la infinidad de datos (históricos, científicos) que surgen en la novela. La erudición del escritor me parece absolutamente extraordinaria, inabarcable. En ese caso, ¿qué significado tiene la novela Contraluz? ¿Qué sentido tiene la imagen distorsionada de una época, de todo un periodo histórico? En algunos pasajes, Pynchon parece desvelar sus intenciones. Al igual que sucede con la doble refracción producida por el espato de Islandia, Thomas Pynchon parece querer contarnos la Historia según su reflejo retorcido y anamórfico. Habla de sueño. ¿Cómo sueña alguien terriblemente erudito? ¿Qué distorsiones produce su soñador e ilustrado cerebro?


miércoles, 22 de febrero de 2012



Uno acaba siendo absorbido por el libro. La novela de Thomas Pynchon tiene un raro atractivo; ejerce una fuerza en espiral, como un rizo ridículo a veces y a veces macabro. Contraluz es un magma literario extrañísimo que, como en Solaris, la película de Andrei Tarkovsky, atrae y repele a la vez, es sanador y malsano al mismo tiempo, es abarcable, comprensible e infinito, inabordable.

Deseo estar muerto. Es lo que le digo, cada día, a mi mujer. De un tiempo a esta parte lo que más quiero es desaparecer sin dejar huella. No debe de ser agradable que yo le diga que ni tan siquiera querría que ella y nuestro hijo me recordasen. Nada, ni rastro. Como diría mi psicoanalista, si lo tuviera, el deseo de invisibilidad es deseo de muerte. Tal vez al otro lado, en la isla de los muertos, alguna oscura ventana permita verlo todo sin ser visto. Desde allí mi no-ser espiaría el mundo, con una visión nocturna y estéril de las cosas. Desaparezcamos juntos, le digo. Entonces ella me mira raro, como si me odiase, y pronuncia, con saña: Estás loco, no tienes remedio. Lo único que yo quiero, dice ella, es que no le contagies tu locura a tu hijo, que también es el mío. Que no se te parezca es todo mi deseo.

Los Chicos del Maíz, del Coro o del Azar, los que sean, viajan con su globo aerostático a Murano, en Venecia. Los avatares de estos Chicos son a menudo incomprensibles. Uno se aburre y se pierde; la imaginación deambula por el libro, de modo superficial, como un turista. Uno se detiene en lo que le interesa. Yo tengo que decir que mi imaginación es muy débil y necesito que me lo den masticado; si no, tiendo a dispersarme y pienso en mis cosas, que me interesan más que cualquier libro. En ese sentido la lectura de Contraluz funciona como un paradigma de la lectura en sí; esto es, del hecho mismo de leer. Leer me gusta poco; preferiría, tal vez, que me contasen las cosas de otra manera.

Por otro lado, no entiendo la lógica del libro (me estoy refiriendo ahora a, concretamente, Contraluz) o tal vez debería decir que no comprendo las intenciones del escritor, Thomas Pynchon. En el texto hay una huida constante del sentido. Se disuelve y se reestructura continuamente. Se comporta como cuando uno pretende atrapar un cúmulo de arena y se le escapa por entre los dedos. La novela de Pynchon genera inseguridad; y ello engancha y agota a la vez.

Se habla de anamorfosis y de la restitución de las anamorfosis mediante el paso de las imágenes anamórficas a través de determinado juego de espejos (cóncavos o convexos, dependiendo de la deformación). Dice Thomas Pynchon en su libro que al igual que puede deformarse lo que parece normal, puede retornarse a la normalidad lo deforme. Lo mismo sucede con la invisibilidad. Thomas Pynchon dice que el espato de Islandia permite, y ésta es una de las claves de la novela, hacer visibles determinadas partes de los objetos que normalmente no se pueden ver. Habla de realidades paralelas y de la posibilidad de, al mismo tiempo, invertir el proceso; es decir, invisibilizar determinadas partes para obtener un nuevo aspecto de las cosas.


martes, 21 de febrero de 2012



La Guerra Civil Española tiene interpretación en términos revolucionarios. Fue una guerra simbólica y por ello atrajo la atención internacional como lo hizo. En cierto modo, en la pugna se debatía la posibilidad de una revolución a la española frente al fascismo; fue el pulso de estas dos grandes fuerzas. Nadie sabe lo que hubiera ocurrido si hubiera triunfado la izquierda. Probablemente el territorio español hubiese caído bajo el influjo poderoso del estalinismo y no hubiese sido posible determinar el aspecto de una revolución a la española, nuestra, de aquí.

Pero lo importante es que aquí se produjo ese debate y no en otro lugar. Hubo esa inquietud. Hay un savia española de vanguardias y de ideas. Hay un impulso nuestro, de aquí.

Algo similar (salvando la distancia histórica y de importancia en cuanto a las consecuencias) ha ocurrido recientemente con el rollo ése de los Indignados. Yo creo que indefinido en sí mismo, tal vez; no obstante sintomático, inquietante, como aviso de la presencia de algo, un malestar, una indocilidad, un resentimiento social. Que haya sucedido aquí, como preludio, y se haya contagiado en el extrajero es motivo de orgullo. No somos tan tontos ni tan provincianos, joder. Nos imitan.

A pequeña escala, como cosa nacional, la Valencia de la que tanto se burlan los forasteros, por provinciana y conservadora, por la especulación inmobiliaria y la corrupción, por feudo del PP, por la desmesura de la obra pública y monumental, esa misma Valencia está dando ejemplo siendo avanzadilla en las protestas estudiantiles. Tal vez los jóvenes valencianos no sean tan tontos, ni tan provincianos, como lo fuimos nosotros, los no tan jóvenes. A ver qué pasa.





lunes, 20 de febrero de 2012



Estoy absolutamente enganchado a una de las subtramas de Contraluz, de Thomas Pynchon. Porque Contraluz es a ratos, también, un western. Un western anarquista. Centrado en el asesinato de un minero terrorista llamado Webb Traverse y la posterior venganza por parte de sus hijos. De esta subtrama podría extraerse un libro independiente, un western político y sangriento, una novela histórica, de intriga detectivesca. No obstante sería demasiado poco para un escritor como Thomas Pynchon. Contraluz intercala lo dicho con las aventuras juveniles de los Chicos del Azar a bordo del Inconvenience, la historia de un fotógrafo apenas comenzada a estas alturas del libro (doscientas ochenta páginas, más o menos), la de un magnate y su familia, videntes, prostitutas, gnomos y cientos de cosas más. Yo no sé cómo ha podido escribirse todo esto tan intrincado y barroco; suspendido como por arte de magia en el bebedizo platónico de la imaginación. Como artefacto musculoso y formalista resulta fascinante, lleno de piruetas sorprendentes. Guarda un equilibrio poderoso, proteico, cargado de una grasa espesa en la que zambullirse y quedar saciado como en una bacanal. Es la novela de un atleta; un campeón dispuesto a romper plusmarcas mundiales. Pero admite por supuesto una mirada distanciada y descreída. Si uno da uno paso atrás, y con la mirada limpia de interferencias, la novela de Pynchon es como una de esas mujeres que se maquillan en exceso, de colores fuertes, y se llenan de abalorios hasta el punto de parecer ridículas. Su maximalismo es la interferencia por la interferencia; como un complicado juego de espejos deformantes.

Los Chicos del Azar son protagonistas de una serie de historias novelescas de corte fantástico que Pynchon cita irónicamente, como si se tratara de una ficción dentro de la ficción. De manera que en ningún momento se aclara si lo que se cuenta de los Chicos del Azar pertenece a otro plano, el de lo ficticio dentro de lo ficticio, o actúa al mismo nivel que el resto de la novela. En cualquier caso, en la subtrama de los Chicos imperan las fantasías más aberrantes y oníricas, siendo las otras subtramas (por ahora y a mi modo de ver) de corte más realista.

Para desarmar a Thomas Pynchon hay un subrayado en mi cuaderno organizador que dice: agenda de lectura. Pynchon ha debido sobornar a los locos y a geniales como African Combine, por ejemplo; en un microcosmos presenciado a una escala macro o algo parecido. Esto es, Pynchon, al fin y al cabo, envenena poco. En mi agenda invisible hay un apartado que dedico a las tareas equivocadas. S. me mira como si fuera un perro. No es tanta la tragedia si uno es invisible. Al comprobar un dolor la mandíbula se cierra y el cuello parece desinstalarse cuando no le toca, como cambiando de canal y haciendo ruiditos raros. Tengo los nudillos de la mano derecha dentro de los de la izquierda; la derecha a medio invisibilizar, la izquierda compacta y sólida como el granito. Esto es un poco el caos de vivir. Detesto defraudar la inevitabilidad del ocio nocturno. Pero es que no soporto el dolor; es extraño en mí y tal vez no debiera haber empezado.

sábado, 18 de febrero de 2012

(Observaciones de S., la mujer)

Te casas con alguien que crees que conoces y sin embargo acabas decepcionándote una y otra vez. Pobre idiota. José Moro, el gran profesional, el buen tipo, el amigo de juergas de sus amigos, el gracioso, el tímido, el ser correcto, el que calla por no hablar... A todo eso yo añadiría: el desastre, la persona descuidada, que se ha hecho una imagen de sí misma como que pasa de todo, una pose muy cómoda, sin duda, pero para él, no para los que vivimos a su alrededor... Una aguanta y aguanta hasta que dice Basta; entonces él, como un gilipollas, se pone a hacer cosas, cuando ya es demasiado tarde, siempre igual, siempre parece darse cuenta cuando ya no importa. No es que sea la alegría de la huerta, no, ni mucho menos. Vale que lo estemos pasando mal, que es una mala época para los dos. No obstante, ¿tengo que ser yo la que cargue con todo? También yo podría hacerme la dormida y la aburrida del mundo e ir siempre por ahí con esa cara de muerto con la que va él todo el puto día. Una vez más digo que eso es muy cómodo; pero no para mí, pues me veo obligada a cargar dos veces con el mismo peso, a asumir mi carga y la suya, la del mártir gilipollas que tengo al lado, el deprimido crónico. Ahora, ja, es que me hace gracia, por no llorar, ahora va y dice que se ha vuelto invisible, o que puede hacerse invisible, o no sé qué. Por las noches se pone a leer un libro enorme, como un ladrillo, de tapas oscuras, que dice que es de un escritor grandilocuente y aburrido que dice que se llama Thomas Pynchon pero nadie conoce a ciencia cierta su rostro ni donde vive ni nada; un escritor que es como si no existiera si no fuera porque va dejando libros enormes y aburridos como notas de un naufragio. Si le preguntas: Pero, ¿te gusta el libro y te está entreteniendo?; José Moro contesta, huraño: Qué va, es una mierda grandilocuente y vacía. Siempre está con lo mismo, con el mismo rollo de la grandilocuencia, como si fuera una plaga que solamente él fuese capaz de detectar. Y digo yo: si no te gusta el puto libro, si tan aburrido y grandilocuente es, ¿por qué lo lees? De nuevo resulta muy fácil esa visión negativa de las cosas, esa pose de hombre oscuro y profundo, que no para de repetir siempre las mismas cuatro cosas como si fueran verdaderas y no subjetivas, como si las hubiese comprobado científicamente o algo, y no fuesen sino el pretexto perfecto para hacer de las suyas, mejor dicho para no hacer de las suyas, es decir, para quedarse parado y lastrar mi vida y la de todos los demás. José Moro, el peso muerto, el mueble, el ser apático y aburrido, él sí que es aburrido, ja, me parto de la risa solamente de pensarlo. El otro día, por ejemplo; me voy a acostar y estaba en su habitual postura de lectura, en la cama, sobre mi almohadón, que su peso de marsupial está deformando, el libro de ese tal Thomas Pynchon sobre las rodillas y la cabeza ladeada, un reguero de baba le caía por la espesa barba (porque es que ahora lleva barba, una barba que él llama mi barba marxista, ja, me voy a callar porque si hablo, ay si hablo), se había dormido, el hijoputa, y unas gotitas de saliva se le escurrían de su barba marxista y caían sobre ese libro enorme y, según dice él, grandilocuente. Lo miré y pensé: ¿por qué me he tenido que casar con este gilipollas? Juro que intentaba recordar el porqué, pero no había manera. No recordaba nada de lo que me gustaba de él. Lo veía en esa pose acurrucada, envejecida y cobarde, y nada excitante o heroico había en él. Me pareció un tipo triste y derrotado; y de eso solamente él tiene la culpa, siempre con la queja en la boca, el desprecio por todo y por todos y las ganas que dice que tiene de morirse. Cuando me metí en la cama se despertó y dijo: ¿Me ves? ¿Cómo que si te veo?, dije yo. Claro que te veo, no eres precisamente pequeño. Como para no verte. ¿Cuánto pesas ya, cien quilos? Se quedó callado, como afligido, me dio pena, últimamente es el único sentimiento que suscita en mí, una pena pegajosa, repelente. Le pregunté: ¿Por qué no tendría que verte? Soy invisible, dijo, puedo hacerme invisible. Mira, lo hubiese machacado, a palos. Me contó no sé qué teoría de un escritor de culto llamado Jim Dodge, que por supuesto para él es un completo idiota, y no sé cuántos acerca de la consecución del poder de la invisibilidad y la piedra filosofal. Pensé que se había vuelto loco; luego me di cuenta de que estaba bromeando, era de nuevo una de sus bromas, que para mí tienen cada vez menos gracia. Cariño, le dije, puedo verte, desgraciadamente para mí te veo.


viernes, 17 de febrero de 2012



He comprado todos los libros de Thomas Pynchon, he ido a comprar cantidades ingentes de comida, como si estuviésemos en guerra o algo parecido (El mundo se acaba, dice mi mujer), he comprado también herramientas y juegos de mesa, para entretenernos sin tener que salir de casa, me he comprado toda la ropa que he creído más adecuada para llevar a cabo con éxito la técnica chamánica de la invisibilidad, he comprado a su vez varios discos de mi grupo favorito, los Rolling Stones, y alguno de su cantante, Mick Jagger, en solitario, me ha dado por comprarle flores a mi mujer, docenas de rosas rojas, como en una celebración, y maquillaje, pero para mí, quiero probarlo por si es o no efectivo para enmascarar la invisibilidad; de alguna manera este comportamiento compulsivo revela algo, no sé el qué, pero algo; quizá estoy atrapado como una mosca o tal vez me esté volviendo loco: hola, me llamo José Moro y vivo en otra época, ah, se me olvidaba, me he aficionado recientemente a comer croissants. Nunca antes me habían gustado. No soporto el hojaldre. Odio el hojaldre. Me parece burgués y aburrido. Todo es tedio.

En Contraluz hay un detective (no recuerdo el nombre; tendría que tomar apuntes para recordarlo y no me da la gana hacerlo) que se ocupa de perseguir anarquistas. Desconozco si es o no realista esa obsesión norteamericana por combatir el anarquismo. Da la sensación de que sí fue una preocupación norteamericana y tal vez mundial a principios del siglo pasado. Recuerdo una novela de Aleksandar Hemon que trata el tema del anarquismo en los Estados Unidos a principios del siglo XX. Se titula El proyecto Lázaro, creo. Asesinatos y marginalidad como consecuencia del miedo que provoca el anarquismo. Cuando la clase burguesa se establece y se asienta en una sociedad nueva como la norteamericana en aquella época uno de sus principales enemigos, al igual que el hombre salvaje (el indígena norteamericano), es el anarquista. Yo creo que el anarquista encarna la esencia del Hombre Rebelde. El anarquista se opone al Sistema, desde sus cimientos. El detective de Contraluz es enviado a Denver para combatir el anarquismo, comienza entonces a investigarlo y en el punto en que yo he dejado por ahora la lectura se está enamorando del anarquismo; es decir, comienza a odiar a aquellos para los que trabaja, los burgueses y oligarcas que empiezan a acumular el poder en los Estados Unidos. En este punto Contraluz ha mutado en novela política. La historia de la seducción que ejerce el anarquismo en alguien que comienza a descubrirlo.

Cuando dejo Contraluz, porque me aburro, siempre me aburro, convirtiendo el aburrimiento casi en un estilo de vida, cojo Rayuela, de Julio Cortázar, ya lo he dicho anteriormente. Rayuela es la novela de un artista. Un artista pagado de sí mismo y contento de ser un artista y vivir como un artista. En Rayuela se pasan el tiempo escuchando jazz. Parece más un tratado de jazz que una novela. Tal vez por ello para mí es un coñazo de novela; porque desconozco la mayor parte de las referencias que aparecen en ella, no soy para nada un erudito del jazz ni lo pretendo. En Rayuela hay jazz, indolencia de artista y azar. El tema del azar o la casualidad me da lo mismo; nunca me ha interesado; me aburre, como el hojaldre. El azar y el hojaldre son lo mismo.

Novedades en torno a la técnica de la invisibilidad. Soy capaz de hacer invisible todo lo que llevo encima: ropa, bolsas, complementos de moda, lo que sea. Hasta un libro o una revista que lleve en la mano. Hoy por ejemplo yo he entrado en el trabajo completamente invisible. Tenemos que fichar al entrar, de modo que he fichado sin que nadie se diese cuenta. Se ha oído el clic y alguien se ha girado y ha comentado algo, pero no me ha visto. Nunca me ven.


jueves, 16 de febrero de 2012


Ayer entré de nuevo en una batalla conmigo mismo. La invisibilidad me arrastra y de hecho me hace sufrir. Ya he dicho que me pongo a exhalar sudores y pedos y tengo náuseas todo el tiempo. No es posible encontrar un equilibrio; no al menos para mí. Una estrecha membrana se rompe en el interior y entonces me dedico frenéticamente a algo; sea lo que sea. A menudo entro en una dinámica de compras compulsivas. Otras veces hago ejercicio físico hasta límites poco saludables. No lo sé. Intenté traspasar una pared; no obstante me dio miedo. ¿Y si me quedo atrapado? Una vez más es el miedo lo que me limita. El miedo de las personas mediocres, de los que nunca consiguen llegar a nada. Los invisibles.

La lectura de Contraluz resulta desconcertante. Supongo que ése es el efecto que pretende conseguir Thomas Pynchon. Su monumentalidad es desigual, como una masa fluctuante. Thomas Pynchon ha querido meter todas las novelas en una. Todos los géneros novelísticos. Todo en una parodia gigantesca, maximalista y desquiciada. Es imposible no perderse en el interior de esa ficción. Habría que tomar apuntes o tener una memoria especialmente dotada para estas cosas. De dónde viene cada personaje. A veces, los nombres parecen surgidos de la nada; se introducen en la trama como si supiéramos de ellos, cuando no sabemos nada. Otras veces, un personaje que parece importante desaparece y vuelve a aparecer cien páginas después, cuando ya lo habíamos olvidado. En Contraluz Thomas Pynchon yo creo que ha querido representar no una historia sino un MUNDO. Un mundo deforme, barroco y en descomposición. Con leyes fantásticas y como un reflejo deformante del mundo real, de la Historia. Ésa es, a mi modo de ver, la gran metáfora del espato de Islandia. La ficción como espejo deformante de la realidad; retorcida hasta llegar al límite de lo ininteligible.

Recuerdo una entrevista a Juan Carlos Onetti en la que el autor uruguayo dice que a menudo se pone a escribir sin saber muy bien lo que quiere contar. Luego revisa lo escrito y lo elimina o lo deja, según le de. (Nada nuevo; desde el surrealismo esta técnica informalista se ha llamado automatismo.) Yo creo que Pynchon a menudo, como Onetti, no sabe hacia dónde va el relato. Mucho más que Onetti (el uruguayo no tenía en absoluto un espíritu maximalista), Thomas Pynchon juega a mutar, es decir, a que la narración fluctúe, muchas veces creo yo movida por alguna clase de juego para provocar un evidente automatismo o lo que sea. A veces parece que se trate inclusive de otro escritor. La prosa limpia y correctísima, elegante, se torna sucia, farragosa y complicada. A la perfecta definición de los perfiles de un personaje le sigue el difuminado total del entorno, como de bruma y pesadilla. Ayer, por ejemplo, en torno a la página número doscientos, el narrador, sea quien sea, entró en una de esas zonas oscuras e indeterminadas y el relato parecía enfangado e incapaz de avanzar. Parecía en efecto un relato de terror, borroso e impreciso. Contaba la captura de un objeto que a veces era inerte, como de piedra, y otras veces tenía un par de ojos y una mirada terrible, escrutadora y fatal. Ya no sabría decir en cuántos géneros parece haberse sumergido la novela. Hay un trasfondo histórico evidente. Pasa por una trama detectivesca. La novela a veces parece científica. Otras veces es una saga familiar, con sus intrigas paternofiliales. Relato juvenil, de aventuras. Cuento fantástico, medieval. Abstracción. Surrealismo. Su puta madre.

Me acuerdo de Cegador, de Mircea Cărtărescu. No obstante el rumano constriñe el relato. Es decir, en Cegador (título que parece emparentarse con Contraluz) hay una fuga surrealista y fantástica a partir de la cotidianidad de un único personaje. Cegador tiene una estructura mucho más sencilla. En la novela de Cărtărescu la voluntad postmoderna es limitada y, digamos, de interior. Contraluz, al contrario, pretende ser el espejo deformado del mundo exterior.




miércoles, 15 de febrero de 2012



Estoy en el trabajo. Me he hecho invisible. Yo he querido probar por primera vez en el trabajo la técnica de la invisibilidad ideada por el simpático Jim Dodge. Todavía no la domino, como es evidente. Puedo permanecer invisible unos pocos minutos sin ningún problema. Una vez transcurridos, me pongo a exhalar grandes cantidades de sudor y me entra un terrible dolor de vientre y flatulencias. Por todo ello cuando noto que comienzo a sudar he de invertir el proceso de invisibilidad. Imagino que salgo de un espejo o algo por el estilo. Por alguna causa que yo desconozco, vuelvo a ser visible.

Resulta cómodo ser invisible, aunque sea por unos minutos. Siendo invisible uno prueba el misterio de la no existencia; es decir, la insignificancia total. Jim Dodge dice que sumido en ese estado uno puede llegar a atravesar las paredes. He de probarlo algún día. No obstante todavía no me he atrevido.

Qué ocurre, sumido en el estado de invisibilidad, con todo aquello que hay dentro de mi cuerpo y no pertenece esencialmente a él, como por ejemplo los alimentos aún no digeridos o los excrementos. Esto es algo que no me había preocupado hasta ahora. No obstante no me gustaría descubrir, en un momento dado, que yo desaparezco pero puede verse, como flotando en el aire, un bolo alimenticio no digerido o un excremento no evacuado.
He estado a punto de abandonar la lectura de Contraluz. No lo he hecho porque me ha parecido que es demasiado pronto; creo que debo esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. He llegado eso sí a la conclusión definitiva de que ese tipo de literatura no me gusta y me aburre. Me paso el tiempo dormitando, mientras recorro con la mirada párrafos y páginas; en esa posición ridícula en la que leo, en la cama, con un gran almohadón sobre el que apoyo la espalda, ligeramente encorvado. Dormito, ya digo, y de vez en cuando me pregunto mentalmente, para no despertar a nadie, ¿y todo esto para qué? En efecto Contraluz, ya a estas alturas, me parece un gigantesco ejercicio de fuegos artificiales. No obstante ayer me sobresaltó y me irritó llegar a un pasaje de la novela en el que el dirigible, o lo que sea, Inconvenience se da una vuelta por el mundo, buscando las antípodas de no sé qué región de los Estados Unidos, y llega a un archipiélago de islas, cómo no, invisibles. Se adentra el puto dirigible en una zona brumosa y por allí se mete en el interior del planeta Tierra (rollo Julio Verne); pero eso no es todo, llega a un lugar habitado por gnomos y se aproxima a los gnomos y los gnomos están guerreando. De manera que los Chicos del Azar se plantean si deben o no intervenir en la guerra de los gnomos. Y, la verdad, lo he leído pero no me acuerdo de si los Chicos del Azar intervienen o no en esa guerra. Para entonces yo ya estaba pensado en abandonar el puto libraco, que además pesa lo suyo y no es nada cómodo de leer, y menos de noche y medio dormido. A veces se me cae de las manos.

Mis padres le han regalado a D., mi hijo, la colección completa de la serie de dibujos animados David el gnomo, que ha ido saliendo semanalmente en un conocido diario provincial. A S., mi mujer, le parece que esa serie refuerza los valores ecologistas en el niño, o algo parecido, y es mucho más educativa que otras series actuales, en que la violencia es espectáculo, como las japonesas, por ejemplo, que por otro lado para el infante son mucho más atractivas. Me da igual. D. ya tiene más de tres años y ya está empezando a comer y cenar con nosotros. Lo hemos bajado definitivamente de la trona y lo sentamos a la mesa y, como en cualquier familia normal, la televisión encendida nos dicta y nos recuerda que la banalidad se ha instalado en nuestras vidas para no marcharse jamás.

Mis padres creen que me han hecho una gracia regalándonos la serie completa de David el gnomo, para que la vea mi hijo. Ellos dicen que David el gnomo pertenece a mi infancia, que yo veía esa serie cuando era niño. No es así. Soy demasiado mayor para esa serie. Nací demasiado pronto para David el gnomo; de manera que cuando la emitieron por televisión, lo recuerdo perfectamente, yo ya era todo un preadolescente al que no le interesaban en absoluto esas cosas. Era efectivamente mi hermano, cinco años más pequeño, el que veía esa serie. Tal vez por ello se equivocan mis padres. Porque efectivamente sí veía la serie uno de sus hijos; sin embargo no era yo, lo puedo asegurar, a pesar de que es a mí al que le han regalado todos los putos capítulos para que los vea con mi hijo, como si fuera algo que me hiciera ilusión.

Mi hijo en las cenas no puede conformarse con ver el programa televisivo que estén viendo sus padres, no. Lo hemos acostumbrado a comer y cenar viendo sus dibujos animados y es lo que tiene que seguir haciendo. El niño es lo primero; es lo que dice siempre mi mujer. De manera que me paso las cenas viendo el puto David el gnomo. David el gnomo arriba y abajo. Subido a una cabra o recolectando moras, lo que sea. Estoy aprendiendo a dormitar también mientras ceno. Me duermo de aburrimiento en el trabajo, me duermo en casa y me duermo mientras leo. Es lo único a lo que aspiro. Dormir en paz y para siempre. Todo encaja como en una conflagración.

Contraluz es un reflejo hiperbólico y grandilocuente del absurdo cotidiano. En Contraluz hay gnomos, como en las cenas. Los gnomos de Contraluz guerrean; los de las cenas son amables, yo diría que estúpidamente amables, como una canción new age o un villancico.

Tal vez no he abandonado todavía la lectura porque la aparición de los gnomos la hace coherente con el absurdo de la vida. Es decir, la coincidencia de los gnomos en la novela y en las cenas hace que la lectura y la vida tengan una continuidad; ambas igualmente absurdas y aburridas.

Aparece un mineral, el espato de Islandia, que produce una doble refracción. Pynchon lo utiliza evidentemente como metáfora de la novela. El espato deforma la realidad, la hiperboliza, como la novela. Debo decir que yo he estado leyendo un buen rato "espanto" en lugar de "espato"; de modo que para mí esa piedra tenía desde el principio un doble simbolismo. Me gustaba que fuese así. El "espanto" de Islandia.


martes, 14 de febrero de 2012





La literatura es un ocultamiento. Si Thomas Pynchon es, como hay quien lo dice, un payaso; sus libros son sus payasadas. Nada aparentemente trasciende; sin embargo, al igual que en las gracias de un payaso, en los textos de Pynchon hay una rémora de tristeza que empaña su lectura. La lectura de Contraluz es una experiencia anarcoide y descabellada; no obstante todo al final apunta a Thomas Pynchon y tiene un sentimiento total que es como un grito desesperado, histérico y convulso.

Alguien tan preocupado por la desaparición es lógico que se oculte; que no conceda entrevistas y no aparezca en televisión. El efecto, sin embargo, es que provoca en el lector el deseo casi obsesivo de averiguar cosas sobre él, el raro y oculto escritor. ¿Es entonces Thomas Pynchon ese personaje que aparece en algunas fotos en internet, siempre sonriente y con el cabello rapado o semirapado, con una crestita al estilo Tintín, no obstante moreno y con un poco de cara de idiota? ¿Es él en verdad, o difundir esas fotografías ha sido otra de sus humoradas?

El artista conceptual Christo como todos sabemos se dedica desde hace años a cubrir objetos con enormes telas, ocultándolos de ese modo y provocando así en el espectador el deseo de descubrirlos; a pesar de que generalmente se trata de objetos o monumentos de sobra conocidos por todos. Al ocultarlos se produce en su entorno un aura de misterio que les insufla un carácter nuevo, una peculiaridad especial o una paradoja de la que anteriormente estaban exentos. Algo parecido ocurre con Thomas Pynchon. En Thomas Pynchon se potencia el efecto Salinger. (De Jerome David Salinger se conoce mucho más; a pesar de que, en un momento dado, se empeñe en desaparecer.) El ocultamiento de Pynchon yo creo que se debe a su especial carácter esquivo y huidizo; pero a su vez se corresponde con una estrategia muy concreta, como la obra conceptual de Christo y Jeanne-Claude.



Leyendo Contraluz me viene a la memoria William Burroughs, no sé por qué. El estilo elegante e impersonal de Pynchon en nada se parece a la escritura sincopada de Burroughs; no obstante hay algo que los emparenta en la estética o si se quiere en la imaginación, febril en ambos casos, y de un modo que resulta en los dos muy norteamericano. A los escritores sudamericanos del llamado Boom se les calificó como realistas mágicos. En el caso de los norteamericanos Burroughs, Dodge, Pynchon e inclusive Foster Wallace, yo creo que se podría hablar de surrealismo o realismo mágico norteamericano.

Avanzo en la lectura muy lentamente. He de decir que Contraluz es una novela mucho más entretenida de lo que me esperaba. Llevo unas ciento cincuenta páginas; lo que en cualquier otro libro sería aproximarse al final o a la mitad en éste solamente significa comenzar a tomar contacto con algunos de los personajes. Hay un detective abandonado por su mujer que acepta un traslado, un dinamitero de ideas anarquistas que pretende atentar contra el ferrocarril, su hijo, un ingeniero que rompe con su padre para aceptar un proyecto de formación en la universidad de Yale para incorporarse a trabajar en el ferrocarril, o eso creo haber entendido; y un grupo de chicos, llamados los Chicos del Azar, que sobrevuelan toda la escena en un dirigible llamado Inconvenience.

Leo poco. Me aburre leer. A menudo es casi una obligación. Como me aburro leo varios libros a la vez, ya digo que muy lentamente. En estos momentos llevo a medias Rayuela, de Julio Cortázar, que empecé hace ya bastantes meses, y El rey pálido, de David Foster Wallace, que me parece un tocho tan insufrible al menos como Contraluz o Rayuela. La existencia cotidiana es insoportable. Es justo que la lectura se nutra de cotidianidad y se haga igualmente insufrible; como un castigo paralelo a la existencia o algo así, del que uno huye perfeccionando técnicas infracientíficas como la de hacerse invisible y observar sin ser observado, espiar a los vecinos y a los compañeros de trabajo; sacando conclusiones erróneas, siempre erróneas, acerca de la propia mujer y el propio hijo, espiados igualmente según esta técnica ancestral y chamánica de la invisibilidad o lo que sea.

Yo creo que lo que en el fondo vertebra el relato pynchoniano es el sentido del humor; pero no se trata como cabría esperar de un sentido del humor especialmente sofisticado, ni nada parecido, sino de un humor de trazo grueso, hasta cierto punto clásico, de corte como ya he dicho antes surrealista, imaginativo, febril, cercano a Los hermanos Marx o, inclusive, a Los Morancos. (Groucho Marx creo que saldrá más adelante en la novela, no sé si como personaje importante o como mero figurante.) No obstante me da la sensación de que son las humoradas pynchonianas las que van trenzando el relato; son esas paridas y ese cachondeo de fondo lo que dirige la trama, lo que la dispersa definitivamente llevándola hasta el absurdo. No cuesta imaginarse a Thomas Pynchon, sea quien sea, tenga el rostro que tenga, reírse mientras avanza en la escritura.

Aparece un perro que lee a Henry James y aparece un hombre que conversa con un relámpago; y más tarde ese mismo relámpago parlante se despide del hombre con quien ha conversado para adentrarse definitivamente en una tormenta y de ese modo perder su individualidad y, efectivamente, su voz parlante. En todo momento y muchas veces de manera disparatada se hace referencia al tema de la desaparición y al tema de la invisibilidad; es decir, de un modo siempre cachondo y antitrágico Thomas Pynchon se refiere siempre al tema de la muerte. Como no puede ser de otra manera.

domingo, 12 de febrero de 2012



A Thomas Pynchon le interesa el tema de la invisibilidad. Es de prever en un personaje esquivo como él. Al menos en Contraluz, y ya desde el comienzo de la voluptuosa novela, Pynchon fantasea en torno a ese tema. Cómo pasar desapercibido. Cómo hacerse efectivamente invisible; detonar algo en el tejido social y desaparecer. Leyendo a Pynchon uno llega a pensar que todavía es posible hacer estallar cosas en el tejido social. Contraluz es una de esas cosas retorcidas con apariencia de entretenimiento.

Jim Dogge habla de la invisibilidad en su pynchoniana novela Stone Junction. De hecho en la de Dodge el tema de la invisibilidad es central, superimportante y funciona a un nivel, digamos, simbólico. La desaparición en Dodge se corresponde con, evidentemente, la muerte y es a su vez la disolución del yo. El individuo dodgiano se trasforma en algo superpoderoso negándose; esto es, haciéndose invisible. Daniel, el personaje de Jim Dodge, tal vez un alter ego del autor, es capaz de observar sin ser observado. Algo a lo que jugaba el mismísimo Robert Walser de modo realista, o expresionista, lo que sea.

Dodge habla de una técnica, chamánica, pynchoniana, para lograr la invisibilidad; algo así como imaginarse atravesando un espejo. Todo muy de Alicia en el país de las maravillas. El problema, dice Dodge, es que no es posible permanecer invisible más de veinte minutos o media hora, sin que en verdad peligre la vuelta a un estado normal. (La puta normalidad; siempre igual.) Robert Walser se hizo el invisible de por vida, sin que nada le reportase convertirse en una nadería.

Yo lo he conseguido cinco o diez minutos. La primera vez fue en la cama, leyendo como es normal al genial Jim Dodge. Seguí las instrucciones que aparecen en su libro y, vaya, funcionó. Mi mujer inclusive se asustó un poco; a pesar de que más tarde confesó que instantáneamente le alivió pensar que se había librado definitivamente de mí.

Leyendo a Thomas Pynchon no dejo de pensar en quién narices es él, el raro y esquivo escritor. Su estilo en cierto sentido resulta impersonal; a pesar de los numerosos tics postmodernos, que bien podrían formar parte de una especie de estrategia colectiva. Siguiendo una ficticia teoría conspiratoria Thomas Pynchon podrían ser muchos; un consorcio de negros escribiendo al unísono retorcidas tramas, como los guionistas de algunos seriales televisivos. (Contraluz se da un aire a Perdidos, tal vez.)

Si no encuentro un asidero, temo que me perderé en el interior de esta novela monumental; al igual que Daniel, el héroe dodgiano, se pierde dentro de un diamante y desaparece para siempre.

(David Foster Wallace, autor de características pynchonianas, también con tendencia a la monumentalidad, sin embargo exhibe un estilo mucho menos impersonal; de hecho Forster Wallace escribe como un neurasténico, hiperveloz y desasosegado. Tal vez Foster Wallace no tenía el carácter apropiado para acometer empresas pynchonianas. En Contraluz, al contrario, a Pynchon se le ve bien, fenomenal; hace avanzar la historia con paso firme, tranquilo y contundente.)

sábado, 11 de febrero de 2012


La fusión del alma oriental y occidental produce híbridos muy singulares. A menudo los japoneses, o chinos, nos parecen ridículos imitando estilos occidentales. Actitudes displicentes, como de rockeros desganados, con el punto de mira en la cultura anglosajona. Punks de ojos rasgados.

Osamu Dazai es un japonés existencialista; de cuando Japón comenzaba a expandirse con la mirada puesta en la cultura europea. Dazai no hubiese sido el escritor que fue si no se hubiese empapado de literatura europea, existencialista, nihilista y enferma. Probablemente su formación occidental fue fatal para el pobre Osamu. Un oriental siempre va más allá. De manera que Osamu y su novia se suicidaron arrojándose a un río. Osamu aún no había cumplido los cuarenta. No obstante ya había bebido mucho.

Son cosas de los abismos culturales. Uno ve a Sid Vicious desmoronarse en un escenario y resulta creíble. En cambio, un japonés haciendo el punkarra vomitando en una cuneta resulta simpático y gracioso.

Dazai escribe ordenado. Con esa simplicidad como de sushi que tienen los japoneses; donde las cosas se parten en trozos muy pequeños y se juntan, sin mezclarse, de una forma ceremoniosa y ortogonal. Ese modo de ser se contradice con el nihilismo occidental, a mi modo de ver, en esencia visceral y descreído; es decir, profundamente desordenado. Yo creo que un occidental se abandona al pesimismo de una manera que un oriental no alcanza. Del mismo modo que el alma japonesa es kamikaze por naturaleza; algo a lo que el individualismo occidental no llega.

Yo creo que toda la cultura occidental es una gran herida en el alma humana. Es una pena que haya orientales que deseen contagiarse, contaminando así su ordenada simplicidad.

viernes, 10 de febrero de 2012

(Chicago)


Hay un par de personajes retratados circulando en internet que figuran como el supuesto Thomas Pynchon. (El aura de misterio vende. ¿Son o no son Thomas Pynchon?) Pynchon adolescente: gran dentadura, cabello rapado, sonrisa eterna. Pynchon viejo: cabello lacio, mirada irónica y sabia, sonrisa generosa, amplia y consecuente. Ha ganado con el cambio. Es mucho más guapo de viejo, si es que se trata de la misma persona.

Emprendo la lectura de la monumental Contraluz. Más de mil páginas. Debería estar leyendo otras cosas. Acabar todo Montaigne, por ejemplo, o todo Proust; Montaigne y Proust son más lo que a mí me gusta. Individualismo clásico. El yo indagador, reflexivo, opinador. A mí Thomas Pynchon me importa una mierda. Tal vez por ello le doy prioridad; para hacerme daño y aburrirme. Contraluz comienza como una novela de aventuras, rollo Julio Verne; una serie de personajes navegando en una especie de dirigible, o algo parecido. Llevo treinta o cuarenta páginas y ya me pongo a bostezar. Leo con el piloto automático. Pienso en mis cosas, dispersándome, sin prestar atención a lo que Pynchon pretende contar. Contraluz es una lectura masoquista. Su escritura debió ser, para el propio Pynchon, sea quien sea, un ejercicio de cómo estirar un relato, bifurcándolo, disolviéndolo y dispersándolo. Debe ser muy complicado, tratándose de una obra de ficción; lo que yo me pregunto es para qué. Barroquismo puro, porque sí. Cosas de la postmodernidad. Mezcla de géneros, multiplicación de referencias y tramas, hipérbole, lo que sea.

Jim Dodge dice que Thomas Pynchon en absoluto se esconde. Todo el mundo sabe dónde vive, según Jim Dodge. Jim Dodge dice haber coincidido varias veces con Thomas Pynchon. Thomas Pynchon ha elogiado ampliamente una famosa novela (pynchoniana) de Jim Dodge, titulada Stone Junction. Stone Junction es una idiotez de novela. Probablemente, la novela más idiota que yo he leído. Stone Junction es tan idiota que uno piensa que no puede serlo; tiene que encerrar un significado simbólico importante, o algo parecido. Leí Stone Junction con la misma voluntad de contradecirme con la que estoy empezando a leer Contraluz. Ambas novelas a mi modo de ver se parecen. Contraluz es más desmesurada y mucho más barroca; Stone Junction es más idiota, más, vaya, psicodélica. No obstante son como hermanas, o primas hermanas. En cierto sentido Stone Junction es como una canción de Flaming Lips. Es decir, una fantasía pop, un cuento de hadas psicodélico. Stone Junction ya no es ni postmoderna. No creo que Jim Dodge sea consciente de la pavada que se ha inventado. Yo creo que Jim Dodge es a Thomas Pynchon lo que Daniel Johnson a Flaming Lips. Esto es, lo que falla es la autoconsciencia.

El mejor momento del día es cuando, ya entrada la noche, después de cenar y habiendo acostado al niño, me pongo a leer. Es un momento tan bueno que pretendo cagarlo con una lectura que no me interesa, que me aburre soberanamente y me importa una mierda.



jueves, 9 de febrero de 2012

Contar una vida. Suena banal. Manido. Lleno de lugares comunes. Y sin embargo, bien hecho, bien cocinado, pocas veces es tan efectivo. Uno acaba Stoner y sale de esa lectura ligeramente conmocionado. Hay varios libros más en la mesilla de noche; varias obras maestras, Julio Cortazar, Thomas Pynchon, Osamu Dazai, su puta madre. No es posible seguir leyendo. El libro de John Williams continúa bailoteando en el interior, haciendo su estropicio; sigue un buen rato entonando su canción triste, adulta y seria. Que se vayan a la mierda postmodernos y existencialistas; John Williams se ha elevado por encima de todos ellos con una narrativa escueta y poética, sin aspavientos, sostenida por un clasicismo severo y efectivo, justo y, ya lo he dicho, serio. Cuenta una vida, con su vulgaridad y su futilidad. Aminora cuando quiere o lo cree necesario; y acelera otras veces, a su antojo. Primero el principio y luego el final, respetando el orden de los acontecimientos. Y uno recorre la vida de ese tal William Stoner maravillado de que haya alguien con un conocimiento tan minucioso del sufrimiento silencioso y ordinario; nada de heroicidades, ni de grandes ideas o luchas profundas; la existencia gris cayendo a plomo, royendo poco a poco, atacando al hombre hasta dejarlo exhausto. Una vida llena de lugares comunes; como la de cualquiera. Compromisos, decepciones, aspiraciones, amistad, amor, paternidad, enemistad, decrepitud, muerte. Los avatares de una vida a menudo suceden con una trivial ligereza; dejando la sensación de una insignificancia total. Todos sabemos que esas cosas pasan. Que una hija decepcionada precipita un embarazo para huir de su casa; que un compañero ambicioso te hace la vida imposible en el peor momento; que los amores apasionados pasan y dejan un reguero de tristeza que provoca enfermedades; que a veces nos aferramos al trabajo porque la rutina es mejor que nada, mejor que sentir un vacío profundo e insustancial; que lo más probable es que al llegar al final de nuestra vida no podamos dejar de preguntarnos ¿qué esparabas?, sin hallar respuesta; que los hijos nunca dejan de ser grandes desconocidos, porque no puede ser de otra manera, y su sufrimiento llegado el momento nos afecta de forma distante, como una historia pasada; que no es posible tener más que uno o dos amigos, de los buenos, con los que compartimos los buenos momentos, y que siempre los recordaremos, hasta el final. Hay pocas narraciones que integren bien los lugares comunes de las vidas corrientes. Sin épica; eludiendo en todo momento la grandilocuencia, subrayando en cada momento ese ¿qué esparabas? final. Supongo que habría que remitirse a los grandes narradores realistas clásicos; Dickens, Zola, que yo he leído muy poco. En el cine conozco esa emoción viendo algunas películas de Jean Renoir, o John Ford (Escrito bajo el sol, por ejemplo, cuenta la vida de un guionista de cine con ese mismo grado de emoción); me acuerdo de una película de Zhang Yimou, titulada en español precisamente Vivir, que me produjo sensaciones similares. El desasosiego producido por la enorme futilidad de todos nosotros. Suena ridículo. Tal vez yo sea un ingenuo; pero tardaré en encontrar en un libro emociones similares, tan palpables.

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