(Observaciones de S., la mujer)
Tanto tremendismo es destructivo. Anda por la casa como un fantasma. Se tumba en el sofá y se pone a ver cualquier mierda de programa televisivo como si estuviera hipnotizado. Ay, José Moro, quién te viera y quién te ve. Se ha comprado en las rebajas un suéter con una capucha que siempre lleva sobre la cabeza, como un fantasma. La puta capucha y la barba marxista le dan un aspecto realmente fantasmal. Me estoy dando cuenta de que todo lo que estoy escribiendo evoca la figura del fantasma. Mi marido es un fantasma, un especto lúgubre y desastrado. Dice que está deprimido, que está pasando por una mala época. Yo le digo que hay que procurar ser felices, que todavía nos quedan muchos años. Y él va y dice que tal vez no, que probablemente muera mucho antes de lo esperado. ¿De lo esperado?, le digo. Yo ya no espero nada de ti. Me has decepcionado soberanamente. Si pudiera te tiraría de casa o haría marcha atrás. Me deprimes, le digo. Tal vez tú estés deprimido, pero de lo que no tienes derecho es de amargarnos la vida a mí y al niño, que al fin y al cabo no somos culpables de nada. El libro ése que está leyendo, ese libro gordo, de Petete, ja, dice que tiene parte de culpa. Es como un imán destructivo, dice. Está maldito, te arrastra al fondo de algo, lo que sea. Vierte pensamientos absurdos y paranoicos. Pues déjalo, le recomiendo en serio. No puedo, dice. Ayer yo llegué tarde a casa. Los jueves trabajo hasta tarde. El comedor estaba totalmente desordenado, como si hubiese habido una guerra. El niño, D., estaba solo y la televisión encendida con esos dibujos horribles a todo volumen, Bob Esponja, creo que se llaman. Los dibujos favoritos del hijo pero también de padre. A veces pienso que lo son del hijo por culpa del padre, de tanto que se los pone. Se los ha comprado en dvd, inclusive, y los guarda en un estante como si fuesen de oro o una obra de arte importante. Junto a sus catálogos de pintores, Velázquez, Vermeer, Corot, están los dvd de Bob Esponja. Vaya ridiculez. A mí este tío me sedujo una vez porque lo creía un intelectual, alguien con una inteligencia e interesado por las cosas importantes de la vida. Creía que José Moro era una persona consecuente, admirable. Y, cada vez más, se va revelando su lado ridículo, agigantado hasta límites por ahora imposibles de calcular. Llegué como digo tarde a casa y José no estaba con su hijo; parecía que no hubiera nadie más en la casa. Pensé: ¿será capaz de haberlo dejado solo y haberse largado, el puto tarado ése? Tardé un rato en darme cuenta de que el niño estaba solo porque el papá se había suicidado. Vaya suicidio chapucero. No era ni siquiera un intento de suicidio sino una parodia, absolutamente idiota. Se había atado un cordel al cuello, del que colgaba el susodicho libro gordo de Petete, ja, ¿cómo se titula?, ah, Contraluz, había metido el libraco ése en una bolsa de plástico y había atado la bolsa con el cordel y el cordel al cuello, y estaba, el gilipollas, metido en la bañera con el agua hasta los topes, como si el puto libro pudiese arrastrarlo hacia el fondo. Vamos, José, le dije, que ya eres mayorcito. Abrió los ojos, me miró, impasible, distante, y dijo: No puedo más, S., no puedo más...


¿Quien es el pobre esclavo que te lee a Pynchon, eh? (Cf.- peli 'El lector' y comentario desganado como siempre tuyo en mi blog))
ResponderSuprimirgracias por el comentario
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