sábado, 18 de febrero de 2012

(Observaciones de S., la mujer)

Te casas con alguien que crees que conoces y sin embargo acabas decepcionándote una y otra vez. Pobre idiota. José Moro, el gran profesional, el buen tipo, el amigo de juergas de sus amigos, el gracioso, el tímido, el ser correcto, el que calla por no hablar... A todo eso yo añadiría: el desastre, la persona descuidada, que se ha hecho una imagen de sí misma como que pasa de todo, una pose muy cómoda, sin duda, pero para él, no para los que vivimos a su alrededor... Una aguanta y aguanta hasta que dice Basta; entonces él, como un gilipollas, se pone a hacer cosas, cuando ya es demasiado tarde, siempre igual, siempre parece darse cuenta cuando ya no importa. No es que sea la alegría de la huerta, no, ni mucho menos. Vale que lo estemos pasando mal, que es una mala época para los dos. No obstante, ¿tengo que ser yo la que cargue con todo? También yo podría hacerme la dormida y la aburrida del mundo e ir siempre por ahí con esa cara de muerto con la que va él todo el puto día. Una vez más digo que eso es muy cómodo; pero no para mí, pues me veo obligada a cargar dos veces con el mismo peso, a asumir mi carga y la suya, la del mártir gilipollas que tengo al lado, el deprimido crónico. Ahora, ja, es que me hace gracia, por no llorar, ahora va y dice que se ha vuelto invisible, o que puede hacerse invisible, o no sé qué. Por las noches se pone a leer un libro enorme, como un ladrillo, de tapas oscuras, que dice que es de un escritor grandilocuente y aburrido que dice que se llama Thomas Pynchon pero nadie conoce a ciencia cierta su rostro ni donde vive ni nada; un escritor que es como si no existiera si no fuera porque va dejando libros enormes y aburridos como notas de un naufragio. Si le preguntas: Pero, ¿te gusta el libro y te está entreteniendo?; José Moro contesta, huraño: Qué va, es una mierda grandilocuente y vacía. Siempre está con lo mismo, con el mismo rollo de la grandilocuencia, como si fuera una plaga que solamente él fuese capaz de detectar. Y digo yo: si no te gusta el puto libro, si tan aburrido y grandilocuente es, ¿por qué lo lees? De nuevo resulta muy fácil esa visión negativa de las cosas, esa pose de hombre oscuro y profundo, que no para de repetir siempre las mismas cuatro cosas como si fueran verdaderas y no subjetivas, como si las hubiese comprobado científicamente o algo, y no fuesen sino el pretexto perfecto para hacer de las suyas, mejor dicho para no hacer de las suyas, es decir, para quedarse parado y lastrar mi vida y la de todos los demás. José Moro, el peso muerto, el mueble, el ser apático y aburrido, él sí que es aburrido, ja, me parto de la risa solamente de pensarlo. El otro día, por ejemplo; me voy a acostar y estaba en su habitual postura de lectura, en la cama, sobre mi almohadón, que su peso de marsupial está deformando, el libro de ese tal Thomas Pynchon sobre las rodillas y la cabeza ladeada, un reguero de baba le caía por la espesa barba (porque es que ahora lleva barba, una barba que él llama mi barba marxista, ja, me voy a callar porque si hablo, ay si hablo), se había dormido, el hijoputa, y unas gotitas de saliva se le escurrían de su barba marxista y caían sobre ese libro enorme y, según dice él, grandilocuente. Lo miré y pensé: ¿por qué me he tenido que casar con este gilipollas? Juro que intentaba recordar el porqué, pero no había manera. No recordaba nada de lo que me gustaba de él. Lo veía en esa pose acurrucada, envejecida y cobarde, y nada excitante o heroico había en él. Me pareció un tipo triste y derrotado; y de eso solamente él tiene la culpa, siempre con la queja en la boca, el desprecio por todo y por todos y las ganas que dice que tiene de morirse. Cuando me metí en la cama se despertó y dijo: ¿Me ves? ¿Cómo que si te veo?, dije yo. Claro que te veo, no eres precisamente pequeño. Como para no verte. ¿Cuánto pesas ya, cien quilos? Se quedó callado, como afligido, me dio pena, últimamente es el único sentimiento que suscita en mí, una pena pegajosa, repelente. Le pregunté: ¿Por qué no tendría que verte? Soy invisible, dijo, puedo hacerme invisible. Mira, lo hubiese machacado, a palos. Me contó no sé qué teoría de un escritor de culto llamado Jim Dodge, que por supuesto para él es un completo idiota, y no sé cuántos acerca de la consecución del poder de la invisibilidad y la piedra filosofal. Pensé que se había vuelto loco; luego me di cuenta de que estaba bromeando, era de nuevo una de sus bromas, que para mí tienen cada vez menos gracia. Cariño, le dije, puedo verte, desgraciadamente para mí te veo.


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