martes, 28 de febrero de 2012



La novela de Pynchon se titula, exactamente, Against the Day, Contra el día. El traductor, un tal Vicente Campos, se ha sacado de la manga Contraluz. En algún blog yo he leído que el propio Pynchon está de acuerdo con el título en español; e, inclusive, hay quien dice que Thomas Pynchon sugirió Contraluz como posible traducción, pues en algunos pasajes del libro se hace alusión al efecto lumínico a contraluz. A mí me gustan los dos títulos. El original, Contra el día, resulta más exacto en cuanto a los propósitos del libro. Para Pynchon el día, o lo diurno, representa la normalidad o la cotidianidad, el orden lógico de los acontecimientos; es decir, la lógica de la vida convencional, el trabajo y las relaciones laborales, las actividades productivas y ordinarias. En su novela todo funciona contra lo anteriormente descrito; fundamentalmente contra la normalidad y la lógica diurna. Como ya he dicho otras veces, en la novela de Pynchon a mi modo de ver hay una fuga constante, continua e hiperbólica, lejos de cualquier idea de cotidianidad. Se manifiesta de acuerdo con un manierismo total, sin tregua. En cierto modo, el manierismo de Thomas Pynchon, por su búsqueda constante del extrañamiento, significa una continuidad del periodo moderno. Su postmodernismo radical es tal vez la única salida viable de la idea de originalidad. Otros, como Jonathan Franzen o Richard Ford, más apegados a alguna clase de realismo, asumen modelos añejos y por tanto suponen un corte, preciso, con el periodo moderno. Thomas Pynchon, al igual que William Gaddis y David Foster Wallace, todavía es tildado de renovador de la narrativa. Al contrario que los anteriormente citados, Franzen y Ford, por poner dos ejemplos evidentes, que se alejan por tanto de la idea de originalidad e, instalados en la tradición, proponen una literatura de calidad y sin aspavientos. El título Contraluz a mí me gusta porque ilustra esa especie de dificultad o molestia que uno experimenta leyendo la novela. Me recuerda, ya lo he dicho, a Cegador, de Mircea Cărtărescu. Pero uno desconfía ya de si el título de Cărtărescu es suyo o cosa del traductor.

2 comentarios:

  1. Estás obsesionado con este escritor, acabará contigo respecto al resto de la literatura. Por lo menos si te obsesionas con Dostoyevski siempre puedes confundir Valencia con San Pertersburgo.

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  2. Son las pequeñas diabluras de los traductores.
    Recuerdo que en una edición española de “Nostromo”, en medio de una batalla un personaje le dispara a otro antes de recibir un balazo en la cabeza él mismo; en otra edición, el fulano le dispara al otro antes de pegarse un tiro en la cabeza a sí mismo (tal vez abrumado por el remordimiento).

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